Por qué votaré por el candidato/a que proponga reformar el sistema político. Por Mario Waissbluth

Ex-Ante

Si queremos retomar el rumbo ascendente que tuvimos del 90 al 2005, en lo social, económico y en la disminución de la insatisfacción, por lejos lo primero, segundo y tercero es arreglar el sistema político. A partir de ese momento, habrá que esperar más de una década para que el país se enderece. En lo personal votaré por cualquier candidato/a que proponga reformar el sistema político pues la experiencia nos ha demostrado, ya por cinco veces desde 2005, que da igual el color político y las promesas de la coalición de turno… casi nada se logra.


Problemas malignos. Bachelet I, Piñera I, Bachelet II, Piñera II, Boric I … y de acuerdo a los recientes resultados electorales, lo más probable – salvo algún imprevisto de gran magnitud – es que la próxima presidenta sea Evelyn I.  ¿Tiene esto alguna explicación estructural, o ha sido el simple fruto de las coyunturas electorales? Me atrevo a aventurar una explicación.

  • Antes, conviene definir lo que en la jerga de políticas públicas se ha dado en llamar problema “maligno o perverso”, en inglés  “wicked”.  (El adjetivo “maligno” denota gran dificultad en su resolución, no maldad diabólica).
  • Son problemas que rara vez se pueden arreglar definitivamente, y de alta complejidad social. Además, debido a las complejas interdependencias, el esfuerzo por resolver un aspecto del problema puede hacer surgir otros problemas.

Los problemas malignos de Chile. Tenemos una temible lista de problemas sociales malignos que, o se vinieron encima de Chile en los últimos 20 años, o a lo menos se recrudecieron en este período: 1) violencia intrafamiliar severa en al menos 25% de los hogares; 2) epidemias de obesidad y de deterioro de la salud mental infanto-juvenil; 3) delincuencia creciente, especialmente juvenil, con la consecuente percepción de inseguridad; 4) fuerte penetración del crimen organizado y los narcos; 5) anomia colectiva, entendida como la pérdida de normas y valores – cívicos, jurídicos o incluso religiosos – lo que lleva a muchas  personas a sentir inseguridad, insatisfacción y poca confianza en el futuro del país.

Problemas no malignos. A estos cinco problemas, que por cierto interactúan intensamente entre sí de tal modo que se incrementa su perversidad, se agregan otros cinco “no malignos”, que en principio se podrían arreglar más rápido, si es que hubiera (sueño del pibe) suficiente liderazgo, recursos, eficacia gubernamental y parlamentaria: 6) mala calidad de la salud y educación pública; 7) cárceles como escuelas del crimen; 8) inmigración descontrolada; 9) pésima atención a los menores vulnerados e infractores; 10) decreciente crecimiento económico, de exportaciones, inversión privada, productividad y capacidad de generación de empleo decente. Obviamente, estos problemas “no malignos” empeoran o al menos dificultan el abordaje de los “malignos” y viceversa.

  • Aclaración necesaria: no todo está mal en Chile, sobre todo gracias al período dorado 1990-2005 en el que el ingreso per capita aumentó más de cuatro veces en términos reales, y la pobreza disminuyó nada menos que de 60% a 8%. No se conoce otro país en el mundo con estos logros en 25 años.  Estos y otros indicadores nos llevaron al primer sitial en América Latina, aunque lo hemos ido perdiendo lentamente a partir del 2005 – 2010. Tenemos una curiosa y paradojal combinación de excelentes con pésimas noticias.

Ardiente alternancia. Ocurre que los problemas, no malignos y malignos, no comienzan a resolverse de manera significativa en ningún período de gobierno y la ciudadanía, pesarosa e insatisfecha, hacia el final del mismo le echa la culpa al único que se la puede echar… al gobierno que está terminando.

  • Por ende se genera la alternancia en el poder entre las coaliciones de derecha e izquierda, como si el siguiente gobierno fuera a resolver estos problemas por arte de magia. Así, lo más probable es que sigamos dando bandazos con Evelyn I, Boric II… y así sucesivamente.
  • Por mucho que las sucesivas coaliciones  y sus presidentes sean altamente eficientes y eficaces, lo más que podrán lograr – si es que entremedio no se cruzan nuevas corruptelas generadoras de crisis políticas, terremotos, inundaciones, y otras crisis derivadas de nuestra loca geografía – sea dejar intactos o aún peores los problemas malignos y apenas enderezarle un poco el rumbo a esta aeronave que está en lento deterioro de sus problemas “no malignos”.

El doblemente maligno sistema político. Aventuremos que el progresivo deterioro observado entre 2005 y el presente se debe en lo principal a que el sistema político se fue al tarro de la basura, con lo que ya se sabe: hiper-fragmentación en el parlamento, y períodos presidenciales de tan solo 4 años, para peor con elecciones municipales y regionales al medio, lo cual lleva en la práctica a que los gobiernos, del signo que sean, tengan no más de dos años efectivos para implementar sus programas de gobierno, y para peor con un Congreso cuasi paralizado y lleno de acusaciones constitucionales espurias. Es fácil imaginar qué tanta mella se le puede hacer en dos años efectivos a los diez problemas arriba enumerados.

  • Si queremos retomar el rumbo ascendente que tuvimos del 90 al 2005, en lo social, económico y en la disminución de la insatisfacción, por lejos lo primero, segundo y tercero es arreglar el sistema político.
  • A partir de ese momento, habrá que esperar más de una década para que el país se enderece, comenzando por el abordaje de los problemas “no malignos” más fáciles o expeditos de resolver.  Antes, ni con flecos, por mucho que los diversos candidatos presidenciales prometan el oro y el moro. (Mas bien, nos hacen falta algunos Churchill prometiendo sangre, sudor y lágrimas.)

Catch 22. El problema fundacional y doblemente maligno es que los menos interesados en arreglar el sistema político son… los mismos que lo deben arreglar: los parlamentarios que están disfrutando del sistema, con dietas y asignaciones que se ubican entre las más altas del mundo, dedicados alegremente a tratar de reelegirse en lo que sea.

  • La única solución a todos estos enredos, malignos y no malignos, es que el gobierno saliente, o el entrante, o el que sea, tenga la suficiente fuerza, capacidad comunicacional  y convicción como para intentar plebiscitar un asunto y uno solo: una propuesta integral de reforma al sistema político.
  • Pero para ello se cruza otro problema doblemente maligno: la Constitución actual establece que el único facultado para autorizar plebiscitos y hacer reformas a dicha Constitución es… el propio Congreso. Catch 22. Jaque mate. Personajes que gozan del 1 o 2% de popularidad en la ciudadanía pueden bloquear lo que quieran.
  • Una forma, si el Congreso se negara a esta indispensable reforma constitucional, sería movilizar a la ciudadanía, pero en un proceso de alta conflictividad política como el que vivimos con el estallido. Lástima que – en una perversa y mundialmente novedosa alternancia constitucionalista – ya nos farreamos dos veces esa alternativa, la primera con su desvarío maximalista y la segunda con los republicanos echando al tarro de la basura las sensatas proposiciones de la Comisión Mixta.
  • Tal vez otra forma sería que los candidatos presidenciales pongan este tema prominentemente en sus programas de gobierno de modo que, al ganar, ya tengan una preconsulta hecha a través del propio acto electoral. En ese caso sería más difícil que el Congreso le bloquee esta reforma.
  • En lo personal votaré por cualquier candidato/a que proponga reformar el sistema político pues la experiencia nos ha demostrado, ya por cinco veces desde 2005, que da igual el color político y las promesas de la coalición de turno… casi nada se logra.
  • Maligno sistema político, que está impidiendo la solución a los muy reales y duros problemas malignos y no malignos. Los candidatos tendrán la palabra.

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