René Girard, estudioso de los fenómenos de persecución, aborda la violencia colectiva durante períodos de crisis, conducentes al debilitamiento de las instituciones y la formación de multitudes.
Propone un esquema transcultural y transhistórico de dicha violencia que se manifiesta en persecuciones ejecutadas por multitudes homicidas, como la matanza de judíos durante la peste negra. O bien, en persecuciones con resonancias colectivas, como la caza de brujas. La convicción de los perseguidores arraiga en un inconsciente persecutorio, cuyas huellas son rastreables como estereotipos de la persecución: 1. Crisis social o cultural. 2. Crímenes indiferenciadores que destruyen los vínculos sociales. 3. Rasgos de selección victimaria, como la pertenencia a una minoría. 4. La violencia misma.
En tales períodos de crisis, la multitud domina a las autoridades, que acaban siendo parte de ésta. Así, Pilato entrega a Jesús por temor a una revuelta. Pero esa aparente muestra de habilidad política sigue siendo una manifestación de la violencia colectiva y el inconsciente persecutorio. La Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo según San Lucas (1966), oratorio del compositor polaco Krzysztof Penderecki, presenta la condena de Jesús como un bramido unánime, indiferenciado e implacable que invade todo el espacio sonoro: ¡Crucifige illum!
El concepto de chivo expiatorio abarca las relaciones entre la inocencia de las víctimas, la polarización colectiva contra ellas y su finalidad: la satisfacción vicaria que la angustia y las frustraciones colectivas encuentran en esa descarga de violencia homicida o sacrificial. En sociedades primitivas, carentes de sistema judicial, el linchamiento espontáneo era considerado una forma de justicia: la indignación colectiva y contagiosa se polarizaba en la unanimidad del todos contra uno, luego de lo cual se restablecía la paz.
En Chile, hay un clima persecutorio ramificado en distintas esferas, que viene intensificándose desde 2019: exámenes de pureza ideológica, clasificaciones arbitrarias, funas, expulsiones, cancelaciones, polarización, sucesivas venganzas, rivalidades y luchas intestinas.
La violencia perpetrada por hordas –como el que no baila, no pasa, los ataques a comisarías y la vitoreada quema de iglesias–, junto con su legitimación por políticos, intelectuales y artistas, fueron determinantes en la asonada de octubre de 2019.
Otra esfera son los crímenes indiferenciadores: la violencia del crimen organizado, incluidos el secuestro con homicidio y torturas en Collipulli, en 2021, y la ejecución de tres carabineros en Cañete, en 2024.
Los llamados turbazos son una modalidad de la violencia colectiva. Dada su direccionalidad y propósito, son más bien hordas que asaltan casas y locales comerciales, a fin de robar y reducir especies.
Su ocurrencia tiene antecedentes relevantes. A fines de 2021, la empresa Mercado Libre sufrió tres ataques a sus bodegas, perpetrados por hordas que dejaron vehículos quemados en las inmediaciones. En el tercero, usaron cadenas que cruzaban la calle y miguelitos. Mercado Libre declaró: “el nivel de violencia que hemos sufrido supera cualquier medida de seguridad que podamos adoptar como compañía, esto es un problema mayor de seguridad nacional del país”.
En 2017, fueron desarticuladas dos bandas que actuaban, desde hace años, “como una turba que arrasa con todo a su paso”. Ese modus operandi fue investigado como tal en 2016. Se concluyó que “bandas organizadas compuestas por mujeres, hombres, niños y hasta adultos mayores, ingresaban a supermercados y hurtaban distintos productos”.
Por otro lado, en junio de 2021, dos hombres fueron secuestrados y sometidos a más de diez días de torturas, en Collipulli. El cadáver de la víctima fatal, Edgardo Mardones, fue hecho desaparecer mediante soda cáustica y fuego. Sus cenizas fueron arrojadas a un río cercano.
Doce imputados, pertenecientes a la comunidad mapuche Choin Lafkenche, quedaron en prisión preventiva por secuestro agravado, secuestro con homicidio, tenencia ilegal de armas de fuego, y tráfico de drogas en pequeñas cantidades. En 2024, dos de ellos fueron condenados por secuestro con homicidio. Los demás fueron condenados con distintos grados de participación.
La viuda de Mardones vive actualmente en “clandestinidad obligada”, desplazada debido al terror, las amenazas y la violencia en La Araucanía.
El asesinato de los carabineros Carlos Cisterna, Sergio Arévalo y Misael Vidal, en Cañete, el 27 de abril de 2024, Día del Carabinero, fue descrito por el fiscal Roberto Garrido como un crimen de odio, una ejecución, y una demostración de poder y control territorial. Tras robarles sus armas y reducirlos, dejándolos en posición de sumisión, les dispararon.
Los detenidos fueron imputados por homicidio calificado de carabineros con premeditación, alevosía e ignominia (esto último se refiere a la quema posterior de los cuerpos, que aumenta el mal del delito); robo con violencia de especies; incendio de vehículo institucional; porte ilegal de armas de fuego; y traslado de restos humanos con infracción a los reglamentos de sanidad.
¿Cuál es la diferencia de fondo entre estos crímenes y los cometidos durante la dictadura, determinados por el todos contra uno del mecanismo victimario?
Tal vez, la violencia que se quiere a sí misma legítima, en términos de Armando Uribe, esperaba la apertura de un intersticio para volver a exhibirse como una fuerza autónoma y primitiva. Es la misma barbarie constitutiva de todas las dictaduras y persecuciones históricas, un vacío carente de espíritu que viene brotando desde impensadas oscuridades, en esta época de crisis, desfondamiento y disolución.
¿En qué derivarán estos crímenes indiferenciadores, esta polarización y crispación crecientes, estas persecuciones, que amenazan con terminar de desintegrar a la sociedad chilena?
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El imperio de la muerte en las sombras: Tifón y el crimen organizado. Por Lucy Oporto Valencia
Hordas y crímenes indiferenciadores. Por Lucy Oporto Valencia.https://t.co/q2LDLEiO0I
— Ex-Ante (@exantecl) September 6, 2024
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