Al Presidente le pasó la cuenta su pragmatismo, su falta de visión, su cosismo. Piñera es, en mi opinión una muy buena persona, pero un individualista empedernido que solo hace lo que le conviene a él. No es capaz de tener un proyecto colectivo que lo apoye y sustente cuando las cosas se ponen feas.
La promesa que no se cumplió: El jueves recién pasado se cumplió el tercer aniversario año de gobierno del presidente Piñera, pero a ratos pereciera el sexto de Michele Bachelet. Llegó al poder con un discurso agresivo y rupturista prometiendo reemplazar “democráticamente a un muy mal gobierno” al que acusaba estancar la economía, destruir la inversión y debilitar las instituciones.
Ni proyecto ni relato épico: El presidente Piñera hizo lo que sabe hacer, poner sobre la mesas un conjunto de ofertones concretos para revertir la decadencia económica que la mayoría de la población sentía como la herencia del gobierno de la Nueva Mayoría y que lo llevó a obtener un contundente triunfo en la segunda vuelta, frente a un pésimo candidato como Alejandro Guiller.
El pragmatismo pasa la cuenta: El estallido social encontró al presidente Piñera muy debilitado, mal en las encuestas y con una coalición sin sentido de propósito, poco fraterna, envuelta en luchas de poder, sin un relato épico ni mística que le permitiera conservar el apoyo de la ciudadanía cuando sus promesas no se materializaban.
Un recuerdo de Jaime Guzmán: Eso explica la inepcia total con que el presidente enfrentó el estallido; fue incapaz de comunicarse con la ciudadanía confundida, de construir un mensaje coherente, de contextualizar en términos políticos lo que estaba ocurriendo.
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