Aunque Natalia Piergentili no lo tenía en mente cuando se refirió a los “monos peludos”, Giorgio Jackson se ha transformado (pese a su calvicie) en uno de ellos. Es la encarnación del mal, el causante de todos los problemas que aquejan a la república, el obstáculo insalvable para el diálogo, la piedra de tope que impide que suban las pensiones, el culpable de que la derecha se retire de todas las mesas, del empantanamiento del pacto fiscal.
A tal punto llega la jacksonfobia que, por primera vez en su historia la Cámara de Diputados, traspasando los límites de sus atribuciones constitucionales, aprueba un proyecto de resolución con votos del oficialismo para exigirle al presidente su inmediata remoción. La última vez que ocurrió algo parecido fue en 1973 cuando se intentó declarar fuera de la ley al gobierno del presidente Allende utilizando el mismo mecanismo.
Es cierto que los bonos de Jackson venían a la baja hace tiempo por su muy mala relación con los parlamentarios de todas las bancadas, reiterados fracasos legislativos y sobre todo por haber apoyado el fin del Senado en la convención, lo que los senadores socialistas no le perdonarán jamás. A esto hay que sumar su autoproclamada “superioridad moral” frente a las generaciones que le precedieron en el poder. Pero esa cuenta ya la había pagado con su defenestración en el último cambio de gabinete donde salió de la Segpres descendiendo varios escalones protocolares.
Sin embargo, el escándalo de corrupción originado por fundaciones, estructuradas por el Frente Amplio para extraer recursos públicos ilegítimamente, fortalecer la presencia territorial del partido y beneficiar a sus militantes encendió la pradera. Y, pese a que no hay ningún antecedente que lo vincule personalmente con los ilícitos, sus detractores -de gobierno y oposición- lo han transformado en una especie de “chivo expiatorio”.
El síndrome del “chivo expiatorio” es muy antiguo y se refiere al acto de responsabilizar o culpar a un individuo, entidad o grupo de los males que aquejan a la comunidad, cuya defenestración y sacrificio es la única forma de “purificar” a la sociedad.
En el ámbito político, por ejemplo, un ministro de estado se puede convertir en objeto de odio y repudio por una parte significativa de la ciudadanía cuando hay mucha polarización, percepción de corrupción, malas prácticas y desconfianza en las instituciones.
En nuestro país la corrupción no es algo nuevo. La vimos con las platas ilegales para financiar campañas, la intervención en las deliberaciones del congreso como en la ley de pesca, la penetración de los narcos en algunos municipios, la apropiación indebida de gastos reservados por los institutos armados.
Pero ahora la comunidad está indignada por la aparición de la corrupción en este gobierno, encabezado por las nuevas generaciones que se suponía no estaban maleadas por el ejercicio prolongado del poder y del cual esperaban, como mínimo, honestidad y transparencia.
Jackson está señalado como bajo “sospecha” de corrupción, nepotismo y desvío de fondos públicos lo que lleva la pérdida de confianza ciudadana en su gestión. En un contexto donde la credibilidad está en entredicho, la desinformación, las noticias falsas y las interpretaciones tendenciosas atizan el odio y el repudio a su persona; instalando la idea de que él es el autor intelectual de un “mecanismo” de defraudación al fisco mediante fundaciones truchas amparadas por funcionarios regionales, todos del Frente Amplio.
Esto llega a tal extremo que según la Encuesta Panel Ciudadano UDD el 89% considera que Jackson debe salir del gabinete y que el robo en su ministerio fue un montaje orquestado por él mismo para eliminar evidencia. Si hasta la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC) acusa al presidente de “debilidad” porque no saca a su ministro.
Todo ello sin que exista ninguna prueba concreta o presunción fundada de su participación en los hechos, sin que los mismos diputados y partidos que exigen su salida utilicen el mecanismo jurídico a su disposición para destituir un ministro como lo es la acusación constitucional.
El ministro es visto como el ideólogo, el cerebro del gobierno, el amigo íntimo y cómplice político del presidente Boric y en él concentran hoy toda la animadversión, frustración y encono que muchos sienten hacia el régimen.
En cierto modo, Jackson es el Peñailillo de Boric. Bachelet llegó al poder bajo el mantra de la renovación generacional y la nueva forma de hacer política (nada es muy original en política). El niño símbolo del recambio fue Rodrigo Peñailillo, un joven sin redes ni trayectoria, que no pertenecía a la elite concertacionista, que se ganó la confianza de la presidenta y ocupó la jefatura de gabinete.
También se convirtió en el ministro mas odiado de la era Bachelet por asuntos derivados de actos de corrupción que afectaron a la concertación y a la oposición vinculados al financiamiento de la política; algo no tan diferente a los objetivos proselitistas que perseguían las fundaciones cuestionadas en la actualidad.
Jackson es el ministro peor evaluado del gobierno en las encuestas, desde mucho antes que empezara el escándalo de corrupción. Pero no por el presidente que lo mantiene en su cargo. En el congreso no lo quieren y los socialistas lo encuentran arrogante. Para un sector de la opinión pública jugó un rol protagónico en la convención fracasada lo que es “imperdonable”. Una especie de Stingo.
No es un ministro carismático y está tan envuelto en controversias que es imposible para él sostener un punto de prensa que no empiece y termine en las fundaciones. Para su desgracia, tiene tantos detractores que es el chivo expiatorio perfecto.
Pero nadie en su sano juicio puede creer que su salida del gabinete cambiará la dinámica con la oposición ni menos con la UDI que está acongojada por la sombra amenazante del partido republicano y no sabe como comportarse. Se sale de una mesa en la cual los republicanos, con más habilidad y temple, permanecen, aunque solo a “nivel técnico”.
La obsesión con Jackson es casi patológica, al borde de lo irracional. De pronto surge una especie de histeria colectiva, se abre una “temporada de caza” cuyo único propósito es la destrucción y cancelación de un personaje público al que se vilifica, insulta y desprestigia. Todo ello a sabiendas que su eventual caída en nada cambiará el devenir de los acontecimientos.
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