Bastó que Michelle Bachelet pusiera su firma en una carta junto con otras dirigentas socialistas respaldando a su ex vocera Paula Narváez – que dormía plácidamente alejada de la política en sus cuarteles de invierno- para que saltaran por los aires las aspiraciones presidenciales de José Miguel Insulza y Álvaro Elizalde. La bancada de diputados socialistas se demoró un segundo en apoyarla de manera unánime.
Pero la cosa no termina ahí: Bachelet ha hecho mucho más que levantar una candidatura. Señaló un camino estratégico para toda la centroizquierda que hasta ese momento no estaba para nada claro: que Paula Narváez sea la candidata única de toda la oposición en la primera vuelta. Incluyendo al Frente Amplio, al Partido Comunista y a la Democracia Cristiana. Es, decir la reconstrucción de la Nueva Mayoría (con otro nombre por supuesto).
Bachelet apuesta a que Narváez terminará derrotando fácilmente, en una primaria sin exclusiones, a todas las demás candidatas o candidatos que, la verdad sea dicha, son bastante débiles. Jadue está enredado en un tema judicial y el Frente Amplio en total orfandad tras el abandono de Beatriz Sánchez.
La tesis política que sustenta la necesidad de la unidad de toda la izquierda sin exclusiones es muy simple y atractiva: sería un crimen político entregar a la derecha la puesta en marcha y administración de la nueva Constitución, que es el logro más importante de la izquierda unida desde la derrota de Pinochet.
¿Cómo se explica que “el dedo de Bachelet” sea tan poderoso, pese a que dejó el gobierno con muy baja aprobación, con un país estancado, una reforma que no trajo la mejoría prometida en la calidad de la educación pública, con más pobreza, menos crecimiento, sin inversión? Además, una administración plagada de crisis de gabinete donde hasta su equipo económico renunció en masa.
El estallido social es la causa de la revalorización del capital político de la ex Presidenta.
El 25 de abril de 2015 Bachelet proclamó que la Constitución vigente era ilegítima en su origen y que había que cambiarla. El 10 de junio anunció que en el Mes de la Patria se daría inicio a un proceso constituyente, con la realización de cabildos en todo el país para debatir el contenido de la nueva Constitución. Se llevaron a cabo con escasa participación y, faltando solo días para el fin de su mandato, envió al Congreso un proyecto de reforma constitucional (no de nueva constitución) y propuso que se aprobara en un plebiscito que requería el visto bueno del Congreso en funciones y su ratificación por el nuevo.
Todo quedó en nada y esas propuestas se sumaron al listado de fracasos de su administración. La guinda de la torta fue el contundente triunfo de la derecha en las presidenciales, visto como el último clavo de su féretro político.
Después llegó el estallido que lo cambió absolutamente todo. Tras seis meses de marcha y violencia la derecha aceptó todo lo que Bachelet había propuesto y más. Hoy chile se parece mucho al país que Bachelet soñó. La izquierda logró en las calles lo que no pudo en el Congreso. La figura de Bachelet creció, del fracaso se transformó en una estadista visionaria e incomprendida por una clase política que no vo venir lo que se estaba gestando y no supo reaccionar a tiempo.
Por eso hoy su dedo es más poderoso que el de Lagos y parece tener la fuerza para marcar la pauta y el derrotero de toda la izquierda.
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