Venezuela entre la alegría y la incertidumbre. Por Pepe Auth

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Espero que todo se encamine a instalar en el poder a quienes legítimamente lo ganaron hace 17 meses o, al menos, a la realización de nuevas elecciones presidenciales y parlamentarias, esta vez sin vetos ni prohibiciones a líderes opositores y con fiscalización y control internacional que aseguren su total transparencia.


Díganme si no pensaron, al igual que yo, que la fotografía de Nicolás Maduro capturado por militares estadounidenses era otra humorada de influencer con ayuda de la IA. Es que el escenario más previsible era el exilio del dictador y su familia en la Rusia de Putin o la Turquía de Erdogan, alentado por la oferta de amnistía penal para sus crímenes y financiera para sus ahorros. Y luego de que se pusiera una recompensa de US$ 50 millones por su cabeza, el segundo escenario posible pasó a ser el secuestro o asesinato cometido por algunos de sus cercanos con apoyo de la CIA.

Seguramente la resistencia obtusa de Maduro a reconocer su situación terminal y el miedo a ser juzgado por generales y autoridades que no cabrían en el avión, así como el cinturón de protección personal conformado por militares cubanos, retrasaron la ocurrencia de los dos escenarios probables.

Es evidente que la élite chavista no calibró adecuadamente la personalidad del presidente de Estados Unidos, su impaciencia para conseguir resultados rápidos, su desfachatez para desafiar las reglas del derecho internacional y su desmesura para ordenar sin informar previamente al Congreso la movilización de 150 unidades aéreas sobre Caracas.

El hecho es que no se trataba de una fake news, era efectivamente Maduro el de la foto en redes sociales, había sido capturado y está hoy a disposición de la Justicia estadounidense para responder a los cargos de narcotráfico y terrorismo.

No puedo negar que tengo sentimientos encontrados. La alegría de ver preso al dictador, la empatía con la felicidad de la gran mayoría del pueblo venezolano y la esperanza de que ese país retome el camino que lo llevó a ser una de las democracias más desarrolladas del continente, conviven simultáneamente con la preocupación por la flagrante violación unilateral de las reglas básicas de convivencia internacional y la decepción porque la cinematográfica operación militar estadounidense se funda, al decir del presidente Trump, exclusivamente en la guerra contra el narcotráfico y la necesidad de recuperar el control sobre las reservas petroleras más importantes del planeta.

Es cierto que Venezuela, después del fraude electoral de 2024, había llegado a un callejón sin salida y ni la movilización social ni el diálogo parecían capaces de cambiar la situación, por lo que sólo quedaban la opción de una ruptura interna del chavismo o una intervención externa, lo que nos enfrenta a la encrucijada entre el respeto a los derechos básicos de las personas y el respeto a la autonomía de los pueblos, particularmente cuando el pueblo está oprimido e incluso contradicha su voluntad expresada en las urnas.

Pregunté en la red social X qué habríamos dicho y hecho nosotros si en los ochentas el presidente Reagan se hubiera llevado a Pinochet a la justicia de su país por violación sistemática de DDHH y luego afirmé que seguramente el gremialismo y la izquierda habrían salido a las calles, el primero para reclamar por la violación de la soberanía y la segunda para festejar el destino del dictador.

Las reacciones a ambos mensajes mostraban que en Chile aún son muchos los de izquierda y de derecha que se resisten a reconocer que las dictaduras son deleznables cualquiera sea su signo político y que muchos se sienten cómodos aplicando estándares morales, políticos y legales distintos según se trate de gobiernos de su signo o del contrario.

Desde la izquierda, fueron muy pocos y considerados traidores los que rechazaron la represión soviética a la sublevación húngara en 1956 o a la primavera de Praga en 1968. Yo mismo abandoné el Partido Socialista cuando su dirección apoyó el golpe de estado con apoyo soviético de Jaruzelski contra el sindicalismo polaco en 1981, por lo que  sé de lo que hablo.

La derecha se movilizó masivamente a Londres en nombre de la soberanía nacional cuando un juez español consiguió su detención en el marco de un proceso por el asesinato de un diplomático y 94 denuncias de torturas a ciudadanos de ese país.

El punto es que no pueden obligarnos a elegir hoy entre la dictadura oprobiosa de Maduro y la administración colonial de Trump, que anuncia urbi et orbi que tomará el control de Venezuela. Aunque sabemos que su opinión es cambiante y conocemos el impacto que han tenido en la política interna de Estados Unidos las intervenciones en otras latitudes cuando se prolongan en el tiempo.

Más allá de las pantomimas y de la poesía pública, a mi juicio lo ocurrido con Maduro es el resultado de una negociación entre la administración Trump y parte del chavismo que controla el país y aspira a seguir haciéndolo. El peligro es que, satisfechas las demandas estadounidenses, entre las cuales no está la democracia para los venezolanos, el régimen chavista continúe controlando los destinos de Venezuela, ahora con el beneplácito de la pragmática administración Trump, que sólo vela por sus intereses.

Espero en Dios, como dicen los que tienen el privilegio de la fe, que esta especulación se revele equivocada, que Donald Trump no tiene ningún resentimiento con María Corina Machado por haber aceptado lo que él consideraba “su” Nobel de la Paz, que Estados Unidos está comprometido con el restablecimiento de la democracia y todo se encamine entonces a instalar en el poder a quienes legítimamente lo ganaron hace 17 meses o, al menos, a la realización de nuevas elecciones presidenciales y parlamentarias, esta vez sin vetos ni prohibiciones a líderes opositores y con fiscalización y control internacional que aseguren su total transparencia.

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