El trabajo está cambiando a gran velocidad. Probablemente es uno de los mayores desafíos que enfrentan hoy las universidades.
El Foro Económico Mundial estima que, hacia 2030, el 22% de los empleos sufrirá algún grado de disrupción, mientras millones de nuevos roles emergerán y otros desaparecerán o se redefinirán. Además, casi el 40% de las habilidades requeridas cambiará durante esta década.
Entre las competencias con mayor crecimiento aparecen inteligencia artificial, big data y ciberseguridad, junto con capacidades humanas como creatividad, resiliencia y aprendizaje continuo. Esa combinación es especialmente reveladora: la economía futura no necesitará solo expertos técnicos, sino personas capaces de trabajar con sistemas inteligentes aplicando criterio, con ética y haciendo las preguntas correctas.
Por eso, entender el mercado laboral ya no es para la universidad un ejercicio periférico. Es una responsabilidad estratégica. No para subordinar la formación a la coyuntura, sino para leer mejor qué habilidades emergen, qué profesiones se redefinen y cómo deben combinarse competencias técnicas y humanas.
La universidad necesita hoy currículos más ágiles, mayor diálogo con empleadores, nuevas credenciales, más aprendizaje continuo y mejor inteligencia sobre habilidades. La empleabilidad, en esta etapa, no se juega solo en conseguir el primer trabajo; se juega en la capacidad de aprender, adaptarse y seguir siendo valioso en un entorno atravesado por inteligencia artificial.
La personalización deja de ser una aspiración pedagógica difícil de escalar y empieza a convertirse en una capacidad real de la institución. En la Universidad Andrés Bello (UNAB) estamos avanzando con agentes con IA que asisten a los estudiantes 24/7. Eso significa que el estudiante puede preguntar, practicar, profundizar, volver sobre contenidos complejos y recibir orientación cuando la necesita, no solo cuando logra coincidir con un horario de atención o con una instancia de apoyo. Sin embargo, el aspecto más transformador no está solo en que el estudiante tenga un agente disponible. Está en que ese agente devuelve información al profesor. Y ahí aparece un círculo virtuoso de enorme valor pedagógico. El estudiante recibe apoyo continuo y oportuno; el docente recibe señales sobre qué conceptos generan más dudas, qué errores se repiten, qué temas requieren mayor énfasis y dónde conviene intervenir con más fuerza.
En vez de alejar al profesor, la inteligencia artificial puede acercarlo más al proceso real de aprendizaje. Un profesor que usa bien estas herramientas asume un rol de mentor. Tiene más contexto, más capacidad para orientar y más posibilidad de acompañar trayectorias diversas con inteligencia y sensibilidad.
Esta lógica también se proyecta al uso de datos. La gran oportunidad de la inteligencia artificial no está solo en responder rápido, sino en ayudar a anticipar mejor. Riesgo de deserción, probabilidad de reprobación, progresión académica, necesidad de apoyos, comportamiento de campañas de admisión y demanda por asignaturas: todo eso puede comenzar a leerse con mayor profundidad cuando una universidad combina analítica, datos confiables e inteligencia artificial.
No es casual que los países más activos ya estén tratando la inteligencia artificial como una política explícita de Estado. Estados Unidos cuenta con un plan nacional de acción y con una política para promover alfabetización en inteligencia artificial en educación; Singapur despliega una estrategia nacional que combina adopción, capacidades y gobernanza; el Reino Unido ha trazado un plan de oportunidades centrado en infraestructura, investigación y adopción; Canadá ya definió una estrategia de uso responsable de inteligencia artificial en el sector público; Emiratos Árabes Unidos mantiene una estrategia nacional orientada a desempeño gubernamental e innovación; y China lleva años impulsando una hoja de ruta explícita para convertirse en líder mundial en inteligencia artificial.
El mundo ya no discute si la inteligencia artificial importa. Discute cómo integrarla bien, cómo acelerar sus beneficios y cómo gobernar sus riesgos.
Desde Chile, esa señal debiera ser clara. La inteligencia artificial no puede seguir siendo tratada como un proyecto lateral del área tecnológica o como una conversación restringida a expertos. Para universidades como la UNAB, forma parte de una agenda institucional de primer nivel.
Porque el desafío de fondo no será solamente tecnológico. Será la capacidad de formar personas preparadas para aprender, adaptarse y seguir siendo valiosas en un entorno donde el cambio ya dejó de ser excepcional y pasó a ser permanente.
Reactivación y capacitación. Por Benjamín Villena R. https://t.co/4zWqtCQoo4
— Ex-Ante (@exantecl) May 16, 2026
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