Trump y el reflejo del mercado. Por Carolina Godoy

Managing Director CG Economics & Strategy Leader We are Mef

Con Trump en el poder, conviene desde ya identificar los focos de mayor sensibilidad: comercio exterior, tipo de cambio, seguridad global, energía, política fiscal y tensiones geopolíticas. No se trata de reaccionar a cada titular, sino de construir escenarios, monitorear variables clave y evaluar, con anticipación, posibles coberturas o estrategias de reposicionamiento.


En política y en mercados, no siempre gana el que reacciona más rápido, sino quien logra anticipar cómo reaccionarán los demás. Esa idea vuelve con fuerza estos días, tras los anuncios disruptivos de Donald Trump. Porque si algo nos enseña la economía del comportamiento es que las reacciones humanas no son necesariamente irracionales, pero sí altamente predecibles.

Trump ha retomado su estilo directo y confrontacional. En solo unos días ha puesto sobre la mesa una reforma fiscal “patriótica”, advertencias a Irán y la intención de aplicar un arancel del 50 % al cobre. ¿Amenazas reales? ¿O parte de una estrategia de negociación que parte desde un extremo para luego moderarse? Sea cual sea la intención final, lo cierto es que este tipo de anuncios suelen activar respuestas inmediatas: el mercado teme lo peor, descuenta escenarios adversos y busca refugio. En ese proceso, muchas veces se pierde de vista que entre la primera reacción y la implementación real puede haber matices, demoras o incluso reversiones. Lo hemos visto antes y lo vemos ahora con un precio del cobre que vuelve a repuntar impulsado no por fundamentos, sino por la expectativa misma de escasez o intervención.

Decisiones bajo sesgo

Lo interesante de esto es que las respuestas del mercado tienen un sesgo sistemático ante escenarios de incertidumbre. Y eso tiene explicación y, más aún, lo podemos predecir para utilizarlo estratégicamente.

La economía conductual ha demostrado que, frente a la incertidumbre, operamos en lo que Daniel Kahneman llamó el “Sistema 1”: rápido, automático, emocional. Este sistema no es malo en sí mismo, ya que protege y da velocidad, pero su problema es que actúa sin pausa para el juicio.  Frente a un titular con palabras y números potentes (como “arancel de 50%”) se activan suposiciones que no se contrastan con evidencia, sino que se amplifican por el miedo. No importa si la medida es apenas una declaración inicial, si requiere múltiples pasos institucionales o si la historia muestra que muchas de estas amenazas no se concretan: la reacción es inmediata porque el encuadre (“framing”) de la información domina la narrativa.

A eso se suma el sesgo de disponibilidad, dando más peso a lo que hemos escuchado recientemente o a lo que genera más impacto. Un titular sobre “ataque a las exportaciones chilenas” tiene mucha más fuerza emocional que una nota técnica explicando los plazos y límites. El resultado es una reacción colectiva que, aunque comprensible, suele ser desproporcionada y la clave está en reconocer el patrón para no ser arrastrado por él.

Ahí es donde entra el valor de una mirada conductual aplicada al análisis político y de mercado. No se trata de ignorar las señales, ni de suponer que toda alerta es exagerada. Pero, ¿deberíamos normalizar la idea de que toda sorpresa es necesariamente una amenaza irreversible? Muchas de estas medidas, como los aranceles, requieren ciertos pasos formales, negociaciones y definiciones que se ajustan en el camino. Entender eso permite anticipar cuándo el ruido está sobrevalorando un riesgo y eso, en sí mismo, es una ventaja. Porque no se trata solo de predecir precios, sino de identificar momentos en que la reacción colectiva genera oportunidades.

¿Y Chile?

Para Chile, un anuncio de arancel de 50% al cobre es casi una amenaza directa, no solo por las exportaciones, sino porque suma incertidumbre en un momento en que la inversión aún no logra despegar con fuerza. Sin embargo, hay que observar con detenimiento y hacer algunas distinciones:

  • El impacto real es a un 6% de las exportaciones de bienes de Chile, ya que del 50% que representa el cobre, solo un 12% tiene como destino EE.UU.
  • No se ha oficializado ninguna medida (al momento de elaborar esta columna).
  • Las importadoras de EE.UU. asumirían mayores costos, y los productores locales no podrían cubrir toda la demanda, generando presión interna.
  • Y Trump ha usado antes esta retórica para negociar condiciones más favorables, no necesariamente para ejecutar las amenazas tal cual (¿con exenciones? ¿será transitorio?)

Esto no minimiza el impacto potencial, pero sí permite evitar respuestas sobredimensionadas que luego requieren ajustes costosos.

Mirada estratégica: leer la emocionalidad, decidir con juicio.

Desde la experiencia en macroeconomía, sabemos que los fundamentos pesan. Y también, desde la mirada del mercado, hemos visto que las reacciones colectivas excesivamente emocionales abren oportunidades. Pero para capturarlas, es clave separar el ruido de la señal.

En momentos como este, cobra valor una lectura que combine análisis técnico, comprensión política y sensibilidad conductual. La economía del comportamiento no reemplaza los modelos tradicionales, pero los complementa. Porque no se trata solo de entender qué está ocurriendo, sino cómo se está interpretando. Y muchas veces, los mercados se mueven más por narrativas compartidas que por realidades individuales.

No hay fórmulas mágicas, pero sí herramientas que permiten navegar mejor estos ciclos. En un entorno donde la racionalidad no siempre prevalece, comprender los patrones emocionales puede convertirse en una ventaja real. En esa lectura está la oportunidad. Y en esa oportunidad, el verdadero valor estratégico.

Con Trump en el poder, conviene desde ya identificar los focos de mayor sensibilidad: comercio exterior, tipo de cambio, seguridad global, energía, política fiscal y tensiones geopolíticas. No se trata de reaccionar a cada titular, sino de construir escenarios, monitorear variables clave y evaluar, con anticipación, posibles coberturas o estrategias de reposicionamiento.

Porque en entornos volátiles, las mejores decisiones no nacen del impulso, sino del juicio. Y es ahí donde una mirada estratégica -capaz de leer tanto el dato como la emoción- se convierte en una necesidad.

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