Julio 9, 2025

El potencial del pago sin contacto en el transporte. Por Marcelo Salazar

Gerente de Mercados y Multiservicios de Klap

Hacer que pagar el transporte público sea tan simple no es solo una mejora operativa. Es un paso concreto hacia un sistema más justo, eficiente y moderno. Uno que esté a la altura de las expectativas de los usuarios, de las capacidades tecnológicas del país y del potencial que el transporte público tiene como columna vertebral del desarrollo urbano.


Durante la hora punta en Santiago, no es infrecuente ver a usuarios del Metro enfrentando una situación ya familiar: al llegar a la estación, descubren que no tienen saldo en su tarjeta BIP, la fila para recargar es larga, el cajero no funciona y no hay efectivo a mano. El resultado es retraso, frustración y una experiencia poco fluida en uno de los sistemas de transporte más utilizados del país.

Esta escena cotidiana evidencia una barrera que hoy, tecnológica y culturalmente, estamos en condiciones de superar. ¿Y si pagar por el viaje fuera tan simple como acercar una tarjeta bancaria o una billetera digital al lector del torniquete? Este modelo, conocido como pago contactless u open loop, ya es una realidad consolidada en ciudades como Londres, Nueva York, Buenos Aires y São Paulo, y representa no solo un avance operativo, sino también una transformación en la experiencia del usuario.

Chile no parte desde cero. De hecho, estamos notablemente preparados para avanzar hacia un modelo de open loop. Según cifras de la Comisión para el Mercado Financiero (CMF), a febrero de 2024 había más de 11,8 millones de tarjetas de crédito vigentes, y más de 7,1 millones fueron utilizadas activamente ese mismo mes. Si se consideran las tarjetas adicionales y débito, hablamos de un universo superior a los 13 millones de instrumentos de pago, lo que revela un ecosistema bancarizado, digitalizado y plenamente familiarizado con los medios de pago electrónicos, donde incluso Metro se sumará con una tarjeta de prepago llamada MetroPago.

La experiencia reciente en Chillán, primera ciudad chilena en implementar esta tecnología en su transporte público, lo confirma: en solo tres meses, el 8,8% de los pagos ya se realizaban con tarjetas bancarias. Esto demuestra que cuando se ofrece una alternativa cómoda, y segura —sin necesidad de recarga física—, las personas la adoptan de manera natural.

Los beneficios son múltiples. Para el usuario, se elimina la necesidad de portar o recargar una tarjeta específica como la BIP, lo que agiliza el ingreso, mejora la experiencia diaria y reduce la fricción. Para el sistema —Metro o buses—, se trata de una oportunidad concreta para reducir la evasión, optimizar los costos operativos y avanzar hacia una infraestructura más inteligente, menos dependiente del efectivo y de puntos físicos de recarga.

En ciudades como Londres, la implementación del sistema contactless significó una caída sostenida en la evasión, en parte gracias a la trazabilidad de los pagos y al uso de plataformas de análisis de comportamiento. Hoy, más del 68% de los viajes en la red de Transport for London se pagan con tarjetas bancarias o billeteras digitales, y se estima que el sistema ha ahorrado millones de libras en costos de recaudación.

Para Chile, este avance también tiene una dimensión estratégica. En un contexto de desafíos fiscales, presión sobre los subsidios al transporte y necesidad de mejorar la calidad del servicio, adoptar soluciones digitales no es solo una innovación tecnológica, sino una política pública inteligente. El Ministerio de Transportes ya ha anunciado que el sistema se extenderá este año a ciudades como Temuco y Punta Arenas, y que se abrirán licitaciones en Antofagasta, Concepción y Puerto Montt, entre otras. Es el momento de acelerar e incorporar con decisión este modelo también en la Región Metropolitana.

Hacer que pagar el transporte público sea tan simple no es solo una mejora operativa. Es un paso concreto hacia un sistema más justo, eficiente y moderno. Uno que esté a la altura de las expectativas de los usuarios, de las capacidades tecnológicas del país y del potencial que el transporte público tiene como columna vertebral del desarrollo urbano.

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