No sé si a ustedes les ocurre lo mismo, pero cuando leo que el candidato oficialista y el propio presidente de Colombia no reconocen el resultado la noche de la primera vuelta presidencial, revaloro a nuestros políticos que desde 1989 hasta ahora sin excepción han felicitado tempranamente al vencedor de la contienda presidencial.
Y cuando pasado varios días permanece la incertidumbre sobre quién ganó la segunda vuelta presidencial en el Perú, crece considerablemente el orgullo de tener una institución autónoma y confiable como el Servel, que antes de que termine el día nos entrega un resultado definitivo e incuestionable, por estrecha que haya sido la contienda electoral.
Se acostumbra en toda tertulia privada y conversación pública aludir a la polarización política de los últimos años en Chile. Pero ni en Argentina, Bolivia, Perú, Colombia o España, sería imaginable una situación en que el liderazgo del principal partido opositor pide excusas públicas y ordena tirar a la basura un folleto propagandístico porque trataba de mentiroso al presidente de la República.
Es cierto que 2021 fue el epítome de la polarización política derivada de la explosión social de 2019, con dos candidatos presidenciales que tenían diagnósticos y propuestas completamente opuestas, con uno que se comprometía incluso a impulsar el juzgamiento de supuestos crímenes del presidente saliente, polarización que luego se expresó paroxísticamente en los debates de la Convención, pero se cerró abruptamente con el rechazo a la constitución refundacional y la consiguiente mutación del gobierno de Boric, que terminó asumiendo como suyas las prioridades de la población y construyendo grandes acuerdos en materia de seguridad y pensiones, entre otros.
La segunda vuelta del 21 de junio próximo en Colombia que enfrenta alternativas completamente opuestas para ese país, el nivel de agresividad del debate público en España, la polaridad enfrentada el domingo pasado en Perú, la anterior en Bolivia, los términos de la relación del presidente Milei con su oposición, en fin, nos permiten visualizar con mayor distancia nuestros propios niveles de polarización.
Porque ya en la primera y segunda vuelta presidencial de 2025 pudimos ver que las prioridades programáticas que tenían los principales candidatos no eran muy distintas y la distancia sideral de 2021 se había acortado considerablemente, tanto en términos de diagnóstico como de soluciones propuestas. Pese a que, paradojalmente, la segunda vuelta enfrentó a la representante del Partido Comunista y al líder del Partido Republicano.
La reducción de la polarización programática deriva en buena medida que con el voto obligatorio comenzó a participar toda la población en las elecciones, ya no sólo la mitad ideologizada y politizada de ésta, de manera que quien aspiraba a gobernar estaba obligado a poner en el centro la batalla contra la delincuencia y el narcotráfico, la recuperación del crecimiento económico y empleo, y el control migratorio.
No quisiera que este punto de vista se interpretara como la búsqueda de reemplazar la autosatisfacción por la autoflagelación que domina la escena. Hemos sufrido deterioro indubitable de buena parte de nuestras instituciones, pero continuamos teniendo fortaleza institucional y capacidad de recuperación. Ahí están Contraloría, la Corte Suprema, el Banco Central, el Consejo de Defensa del Estado, el Consejo Fiscal Autónomo, el Servel y tantas otras instituciones públicas y privadas para demostrarlo.
Si la corrupción parece haber avanzado es porque la capacidad de investigación y denuncia ha crecido y, a diferencia de otras sociedades, la chilena está lejos de resignarse a naturalizarla y ha aumentado significativamente la capacidad de reacción de las instituciones para detectarla y castigarla.
Lo que quiero comunicar es la necesidad de templanza a la hora de evaluar nuestras debilidades y fortalezas, de alejarnos de la tendencia nacional maniaco-depresiva que nos lleva a ser los mejores un día y los peores al día siguiente, como en el fútbol, porque identificar bien nuestros problemas nos dispone mejor para resolverlos.
Es cierto que la política performática de pronto predomina sobre la programática, que la estridencia deja en segundo plano a la prudencia, que la actitud de negar la sal y el agua olvida por momentos que todos finalmente bebemos de la misma fuente, que corremos el riesgo de una tercera legislatura pervirtiendo el instrumento de las acusaciones constitucionales y que predomina la tentación de vivir en medio de hipérboles en lugar de asumir los grises y matices de la realidad siempre compleja.
Pero la política chilena no está al borde del abismo. Aún predominan los colectivos por sobre los individualismos, la disposición al acuerdo productivo sobre el atrincheramiento sin resultados prácticos, la fortaleza de las instituciones sobre la anomia y la ley de la selva, la resolución pacífica de los conflictos sobre la validación de la violencia, en fin, la consciencia de que al país le irá mejor si tiene buenos gobiernos y también buenas oposiciones.
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