Aunque la seguridad ciudadana lleva meses como la principal preocupación de los y las chilenas, las últimas semanas se ha tomado la agenda pública por completo. Horas y horas en noticieros, entrevistas, diarios y matinales. La discusión, sin embargo, ha sido pobre, reactiva, incluso destructiva. Abundan recriminaciones por lo que otros hicieron o dejaron de hacer, por lo que propusieron, o defendieron, por lo que alguna vez se dijo o se calló. Y en esa pelea de suma cero, ganan los delincuentes, los narcos, pero también los populistas, los extremos identitarios, los autoritarios.
Un alcalde vestido con chaleco antibalas demuele ampliaciones narcos en una improvisada cadena nacional de matinales. Más tarde se pasea por canales y se enfrenta con cuanta autoridad le regala un triunfo fácil. Encarna la demagogia y hace gala de la peor trampa de nuestra política: el artificio como instrumento, que algo parezca lo que no es. Y es que esas casas demolidas logran generar un efecto pasajero: la sensación de que por fin alguien hace algo.
De lado y lado, muchos se conforman con eso, sin embargo, todos sabemos que la medida en realidad no sirve para nada, que solo es una vanidosa banalidad con eficacia comunicacional ¿Se puede permitir ese lujo nuestro sistema político e institucional? ¿Estamos en un momento donde la política en serio puede claudicar ante el simplismo ineficaz? Definitivamente no. Eso sí que es pan para hoy y hambre para mañana.
Las medidas del alcalde Carter no le hacen daño alguno al narco, pero en cambio, estigmatizan barrios enteros, despilfarran recursos y dotación policial -ambos ya escasos- y destruyen evidencia en investigaciones en curso. Al hacerlo, comprometen las posibilidades de enfrentar el crimen de manera efectiva. Es de esperar que tanto el ejecutivo como los alcaldes, el congreso y los partidos sean capaces de no pisar el palito, y de elevar el debate. Lo que está verdaderamente en juego es la capacidad institucional para hacer frente a desafíos complejos, de prevención, promoción, represión y persecución según sea el caso. Si la pirotecnia gana y muchos se rinden ante ella, no nos quejemos de los candidatos que tengamos en la próxima elección presidencial.
¿Cómo hacerlo? No hay que inventar la rueda, hay que hacerla girar entre todos. Despejar lo accesorio -lo que unos dijeron, lo que otros hicieron- y partir por distinguir lo urgente de lo importante. En lo primero, el gobierno tiene una agenda sólida, que la derecha ayudó a construir en el marco de la mesa de seguridad que luego abandonó. Basta de pequeñeces, de cuentas pendientes y pasadas de cuenta, toca tragar orgullo, contener el ego, avanzar en lo que hay acuerdo y construirlos allí donde aún no lo hay.
Habrá que conceder, sin duda, pero no renunciar a los principios democráticos. Gobernar, legislar, liderar es responder a las urgencias del presente, sin perder de vista el futuro. Duele ver a tanto dirigente político cayendo en el populismo legislativo, en la cuña fácil, en el ejercicio vano de amplificar los mensajes de la calle, en vez de dedicarse procesarlos y buscar resolverlos.
Lo que no puede pasar, al menos al mundo progresista, es que, lo que hoy parece urgente, invisibilice lo que sabemos, es importante: derrotar la delincuencia y el narco exige un abordaje complejo. Necesitamos mejores herramientas para enfrentarlo, sin duda, pero también para evitarlo y prevenirlo.
Combatir la normalización de la violencia, la adicción al alcohol y las drogas, la desigual distribución de áreas verdes, iluminación, de la dotación policial, del acceso a la justicia. Hacernos cargo de la impúdica deuda que mantenemos con la infancia y juventud vulneradas. Mejorar de una vez por todas la situación de las cárceles para que sean un instrumento reinserción social y no de delincuencia.
Trabajar en la recuperación educativa y en la transición entre la educación, capacitación y el trabajo. Aumentar las capacidades del sistema público en salud mental, así como en la prevención y de tratamiento de adicciones. La lista es larga, exige priorizar para aumentar decididamente los presupuestos y ejecutar de la mano de gobiernos regionales, locales y organizaciones territoriales.
Allí donde los delitos ya se cometieron, disponer y utilizar herramientas eficaces, a la altura de la nueva sofisticación del crimen organizado. Estos días hemos visto importantes avances en el congreso al respecto, que incluyen el fortalecimiento y modernización de las Direcciones de Seguridad Municipales, modificaciones al Código Penal, nuevos instrumentos para enfrentar el patrimonio y el uso de menores del crimen organizado, la Ley de Control de Armas, y el refuerzo de las competencias de Gendarmería, entre otras medidas.
Equilibrar lo urgente y lo importante es siempre un desafío, muchas veces supone perder para ganar y siempre incluye una negociación de agendas y prioridades. El verdadero progresismo, hace tiempo o hace poco, ya aprendió que ello no implica claudicar, ni en la defensa de los valores democráticos para alcanzar una sociedad más libre y justa, ni en la búsqueda por transformar las condiciones estructurales que la impiden.
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