Quizás se despeje pronto la incógnita acerca de quiénes se beneficiaron más con la alianza de gobierno, si el Frente Amplio y el PC, por una parte, o el llamado Socialismo Democrático, por la otra. ¿Cuánto cálculo de intereses hubo a uno y otro lado al asociarse? Mucho, por supuesto. ¿Cuánto influyó Michelle Bachelet en la creación de dicho pacto, tan parecido a la Nueva Mayoría que ella fraguó en 2013? Nadie lo duda: decisivamente. Su influencia fue incluso determinante en el reparto de cargos que luego hizo Boric.
Es claro que, sin el auxilio de los exconcertacionistas, el gobierno habría tenido muchos problemas para mantenerse a flote, sobre todo después del fracaso de la aventura constituyente. En el seno del PS y del PPD parece predominar la interpretación de que realizaron una operación magistral, incluso patriótica, al tomar el control del barco, con lo que evitaron el naufragio. De allí se deriva el relato de que este gobierno no cambió el país, pero lo reencauzó. Dialéctica le llaman a eso.
En el FA y el PC, en cambio, deben estimar que la verdadera maestría política estuvo de su parte, al crear condiciones para que los antiguos concertacionistas no tuvieran otra alternativa que “subirse al carro de la historia”, o sea, al movimiento por el gran cambio. En confianza, deben decir que los aliados fueron “aceptados” en el gobierno, pero que el líder indiscutido ha sido Boric. Que el carro de la historia haya resultado ser apenas un carromato o una carretela, es otro asunto.
El partido más necesitado de que perdure la actual alianza es, sin duda, el Partido Comunista. Sus dirigentes se dan cuenta de que los vientos que empujaban a las izquierdas unidas desde “el octubre glorioso”, ya no soplan, y que ello los puede dejar a la intemperie. Sin la ayuda de Bachelet, es posible que sientan que el porvenir no es precisamente radiante.
Si los partidos oficialistas siguen asociados, habrá que entender que comparten un horizonte de sentido. El problema es que, con lo ya visto, ese horizonte es borroso. Cualquier candidato presidencial que presenten será el rostro de la continuidad, y la mayoría del país no quiere eso. Se abre entonces, una oportunidad para que el PS y el PPD, también el PR, se atrevan a separar aguas del FA y el PC, y a unir fuerzas con la DC en torno a una opción definidamente democrática, moderna, sin veleidades populistas.
Si en la cúpula del Partido Socialista hubiera cierta reflexión estratégica, que mirara más allá de la contingencia y hasta se hiciera cargo de la necesidad de poner al día la identidad socialista, ya debería estar en marcha un proceso orientado a decantar una perspectiva política distintiva, que se encarne por ejemplo en una figura como el economista Óscar Landerretche, lo que podría contribuir a rearticular una corriente de centroizquierda confiable. Ello equivaldría a pensar en grande.
¿Hay señales de eso? No se divisan por ningún lado. Se puede entender que los dirigentes socialistas consideren un deber de lealtad mantenerse junto a Boric hasta el fin de su mandato, pero, ¿qué viene después? Más aún: ¿qué es lo que realmente quieren representar ante el país? La misma pregunta puede hacerse al PPD, la DC y los radicales, que se juegan su supervivencia en los tiempos que vienen. No se trata, por supuesto, de reconstituir la Concertación, sino de abrir un cauce de representación para quienes desean que surja una fuerza genuinamente progresista, que inspire confianza y dialogue con amplios sectores para que Chile repare la brújula estropeada y retome el camino del progreso.
Tal alternativa podría no ser suficiente para ganar las elecciones de 2025, pero podría consolidar el pilar de centroizquierda que se requiere para que la estabilidad y la gobernabilidad no corran riesgo. Si tal como indican las encuestas, el próximo gobierno es de centroderecha, el país necesitará que al frente haya un interlocutor serio, con sentido de Estado, dispuesto a dialogar y a defender el régimen democrático sin vacilaciones.
El Socialismo Democrático no puede eludir las duras enseñanzas que está dejando todo lo ocurrido a partir del 2019. No sirve hacerles el quite a las verdades incómodas. El mayor o menor respeto que pueda despertar depende de que enfrente la realidad sin adornos, y ponga por delante la defensa del interés nacional y la lealtad con la democracia.
El dilema de las izquierdas. Por Ignacio Imas. https://t.co/ZpWmAXFcpr
— Ex-Ante (@exantecl) December 21, 2024
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