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El dilema de las izquierdas. Por Ignacio Imas

Ex-Ante

La ausencia de una figura que revitalice y unifique al sector evidencia una crisis más profunda. No se trata únicamente de enfrentar una elección presidencial, sino de evitar un desfonde estructural que las relegue a la irrelevancia, tanto en el Ejecutivo como en el Congreso. Sin fuerza parlamentaria para negociar proyectos de ley, el sector corre el riesgo de quedar confinado a la intrascendencia.


Cuando en 2021 fue electo Gabriel Boric, muchos creímos que esta nueva izquierda sería un fenómeno imparable. ¿Por qué no pensarlo? Se convirtió en el presidente más joven de nuestra historia, liderando una coalición que parecía más exitosa incluso que la Democracia Cristiana en los años sesenta y setenta. Sin embargo, como ocurre con muchas tendencias actuales, la popularidad de Boric y su sector se derrumbó de manera abrupta, sin que pudiéramos analizar en profundidad los alcances. Esta caída se explica, aunque no exclusivamente, por dos factores.

Primero, la insistencia en políticas y posturas identitarias para abordar problemas urgentes como la seguridad y el orden público, temas que exigen pragmatismo más que simbolismo. Segundo, una cierta soberbia generacional: el convencimiento de ser “la generación elegida”, aquella que con valores superiores llegaría a resolver los problemas del país. Pero con el tiempo quedó claro que las mismas sombras que acechan a toda la élite política—la corrupción—también los alcanzaban.

Para qué hablar de la destrucción completa de su narrativa feminista con el caso de abuso sexual. Si a eso sumamos serios problemas de gestión, el resultado no podía ser otro que el actual. Hoy, apenas los más leales permanecen junto a esta administración, un punto de partida débil para las elecciones de noviembre de 2025.

En menos de un año sabremos quién encabezará el Poder Ejecutivo. Aunque los análisis se han centrado en las derechas, resulta urgente entender qué ocurre en el otro lado del espectro. Es sencillo explicar la estrategia de las candidaturas mejor aspectadas del sector conservador: diferenciarse de figuras más duras como Kast o Kaiser, y mantenerse discretos, porque “quien se mueve no sale en la foto”.

Pero en las izquierdas el panorama es caótico. A meses de la elección, no cuentan con nombres que generen consensos amplios, y quienes podrían hacerlo prefieren mantenerse al margen. Esta incertidumbre se agrava con decisiones cuestionables, como la negativa del presidente Boric de permitir que ministros o subsecretarios dejen sus cargos para postular al Congreso. ¿Cómo no aprovechar liderazgos que llevan meses en espacios de exposición pública y podrían traducir esto en adhesión ciudadana? Por lo tanto, no se entiende.

En el ámbito presidencial, los nombres mejor posicionados, como el alcalde Tomás Vodanovic y la expresidenta Michelle Bachelet, ya han manifestado no estar disponibles. La decisión de Bachelet es entendible; tras liderar el país en dos ocasiones, no tiene por qué exponerse a una política polarizada y arrastrar un peso por decisiones ajenas a ella.

En cambio, la negativa de Vodanovic resulta menos justificable. Su momento político podría no repetirse, y aunque su prudencia es admirable (y escasa en la política), el desafío trasciende su persona: el sector necesita un liderazgo claro frente a la crisis que transita. Ante este panorama, el pragmatismo indica que tanto Bachelet como Vodanovic deberían reconsiderar su posición, pues son los nombres con mayor capacidad de unificar y revitalizar a las izquierdas que perdieron la brújula.

El contexto tampoco permite márgenes para caprichos o mezquindades, ni de líderes ni de partidos. La tarea más urgente es alinear fuerzas tras las figuras más competitivas. ¿Insistirá el Partido Demócrata Cristiano o el Partido Liberal en promover candidatos prácticamente desconocidos? No hay espacio para prácticas obsoletas ni para candidaturas que nacen sin fuerza. Si las izquierdas persisten en fragmentarse o en apostar por estrategias ineficaces, el resultado será el mismo: derrota y desintegración. Olvidan la crisis de representación y confianzas que les afecta.

A este panorama sombrío se suma un nuevo fenómeno: la disociación entre las prioridades de las bases ciudadanas y las de los dirigentes políticos. Las personas siguen demandando seguridad, mientras que los liderazgos de izquierdas parecen más preocupados por debates internos. No se trata de ceder sin cuestionarse o insistir en derechos sociales, pero no se puede obviar la realidad. Sin un giro en esa dirección, el vacío será llenado por fuerzas con discursos vacíos, pero efectistas, que capitalizan el agotamiento ciudadano.

El dilema de las izquierdas no es solo electoral; es de sentido político y estratégico. La ausencia de una figura que revitalice y unifique al sector evidencia una crisis más profunda. No se trata únicamente de enfrentar una elección presidencial, sino de evitar un desfonde estructural que las relegue a la irrelevancia, tanto en el Ejecutivo como en el Congreso. Sin fuerza parlamentaria para negociar proyectos de ley, el sector corre el riesgo de quedar confinado a la intrascendencia.

Más que una elección presidencial, 2025 será un examen sobre la vigencia y el futuro de las coaliciones de izquierda en Chile. La política no perdona inmovilismos ni arrogancias. Ha llegado la hora de que este sector abandone la soberbia y tome decisiones pragmáticas y audaces, capaces de trascender personalismos e inercias. La izquierda, si quiere sobrevivir, debe recuperar su capacidad de imaginar un futuro mejor y traducirlo en un proyecto que inspire y movilice. Sin ese sentido de propósito, la desilusión terminará por sepultarlos en las arenas de la historia.

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