Proyecto de Reconstrucción: De la mediocridad a lo extraordinario. Por Natalia González

Abogada

Es cierto que algunas veces la forma en que el chef plantea la nueva receta a los comensales puede resultar un poco tosca en los bordes. Y eso puede (y debe) pulirse, así como la mixtura y ajustes de ingredientes puede perfeccionarse en la cocción legislativa, pero el plato final que prepara es lo que debe ocuparnos: ese sueño de lo extraordinario. Eso es lo que Chile se juega en esta pasada (sea usted de izquierdas o derechas).


Esa es la promesa y el proyecto al que nos invita el gobierno actual.

Y esa invitación comienza a tomar forma a través del proyecto de ley de reconstrucción nacional, pero también con los esfuerzos que comienzan a trazarse en materia educacional, medioambiental y de salud, además de las gestiones por hacer más eficiente al Estado.

Para transitar ese camino a lo extraordinario (nadie dijo que sería fácil), se requieren varias condiciones. Me referiré brevemente a dos de ellas que, por estos, días me parecen clave.

  1. No podemos seguir haciendo lo mismo: lograr lo extraordinario requiere de acciones extraordinarias, lo que supone que no podemos seguir haciendo más de lo mismo, salvo que queramos seguir tan o más mediocres que hoy.

A propósito del proyecto de ley de reconstrucción nacional, parte de la oposición -que no escatima en esfuerzos para que sigamos haciendo lo mismo- insiste en que las rebajas tributarias deben compensarse con un alza a los impuestos a las personas que ganan más.

En otras palabras, no les satisface la fórmula diversa que ofrece el Ejecutivo: compensación por vía de un mayor crecimiento, reducción del gasto público, su ejecución de manera más eficiente y algunas ventanas recaudatorias.

Insisten en que la convergencia fiscal es esencial (cuestión compartida, el CFA lo dijo), pero que ella solo se lograría compensando con un alza de impuestos a las personas (que el CFA no dijo). El CFA tampoco dijo convergencia fiscal a costa del crecimiento.

La oposición ofrece seguir haciendo lo mismo que en los últimos 15 años, y que nos tiene mediocres, sin alcanzar el desarrollo ni una situación fiscal razonable. Porque convengamos que hemos subido y subido impuestos “en aras del equilibrio fiscal”, sin éxito. Sumémosle que el legislador ha otorgado atribuciones amplísimas al SII, entre otros reguladores, en desmedro de los ciudadanos, generando más incertidumbre, desfavorable al desarrollo.

Hoy surgen voces que proponen subir otros impuestos, sin advertir que causarían más inflación, más comercio ilegal y que no corrigen “males” -como se repite- al generar nulos o marginales cambios de comportamiento en las personas, afectando eso sí a los más vulnerables.

El Estado ha crecido en recursos y tamaño de manera inversamente proporcional a su actuar eficiente, simple, certero y bajo estricta rendición de cuentas. Se han abierto espacios para diversos abusos, mientras el desarrollo y las oportunidades para la población siguen en compás de espera.

La promesa de la quimera social y fiscal, bajo esta fórmula, no solo no llegó, sino que quedó truncada entre Democracia Viva y Procultura, en algunas playas caribeñas a las que se fueron los no pocos funcionarios públicos que viajaron al exterior estando con licencia médica; o en políticas razonables, pero ejecutadas por medio de programas altamente ineficaces que requieren rediseñarse.

En vez, se ha ido desmantelando la capacidad de nuestra economía de crecer, innovar y de ofrecer más y mejores trabajos y salarios.

Debemos revertir esto, y las recetas de siempre no sirven. Los chilenos NO queremos más de lo mismo, sino salir del pantano para no solo asomar la cabeza: ¡queremos lo extraordinario!

Es cierto que algunas veces la forma en que el chef plantea la nueva receta a los comensales puede resultar un poco tosca en los bordes. Y eso puede (y debe) pulirse, así como la mixtura y ajustes de ingredientes puede perfeccionarse en la cocción legislativa, pero el plato final que prepara es lo que debe ocuparnos: ese sueño de lo extraordinario. Eso es lo que Chile se juega en esta pasada (sea usted de izquierdas o derechas).

Y aquí es donde llegamos al segundo elemento, esencial para lograr lo extraordinario.

  1. Lo extraordinario es difícil de alcanzar, ergo, todos debemos empujar la carreta en esa dirección. No basta el esfuerzo de ministros, subsecretarios y parlamentarios, menos aun cuando una parte no menor de la oposición se encarga día a día de minarlo.

Se requiere de un esfuerzo mayor y visible de todos quienes creemos que el crecimiento y el empleo son la respuesta para salir del laberinto. Pero si, en vez, se dedica el 80% del tiempo a empujar la carreta en el sentido contrario, aun sin la intención de hacerlo y creyendo incluso que se ayuda, terminaremos aún más confundidos, sin salida.

Cierto es que el gobierno requiere mejorar su comunicación política, pero si se insiste una y otra vez (incluso tras las innumerables correcciones y los mea culpa ¡hasta por megáfono!), en cuán toscos son los bordes (el estilo, el relato), se mermará el entendimiento de lo urgente que es crecer y hacer del Estado uno más eficaz.

Al final del día, la repetición casi majadera de la escasez de relato genera en sí misma un relato, y muy negativo, en momentos en que justamente se requiere lo contrario. Tanto va el cántaro al agua, que termina por romperse. Por lo demás esa pega la hace día a día la oposición ¿Es necesario el canto de los supuestamente entonados con el Ejecutivo?

El gobierno tiene una tarea. Pero no es solo del gobierno, no nos perdamos. Al final, el relato lo construimos entre todos, como así también y ¡ATENCIÓN!, se construye la sensación de que falta uno y las consecuentes desafecciones, que pueden terminar en un malentendido pragmatismo electoral en las votaciones en el Congreso, y cobrar su primera víctima: el proyecto de ley: el sueño de lo extraordinario.

Los políticos son los protagonistas más visibles de la construcción del relato y es correcto pedirles, en tono constructivo y tal vez con menos ego en la vitrina, que no escatimen esfuerzos en aquello. Pero hay más: las personas, los gremios, las ONG, los medios y los columnistas, entre otros. Podemos dedicar el “capital comunicacional” a la crítica, cada vez más ácida, o usarlo con prudencia para salir de la mala inercia en la que nos encontramos.

No nos perdamos en aquello que es indispensable: alcanzar lo extraordinario para cada uno de los habitantes de nuestro país.

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