Perfil: Luis Cordero Vega, el Fixer. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista

Luis Cordero Vega es el hombre perfecto para la misión imposible que se le encomendó: Agarrar todos los cadáveres que los indultos de Año Nuevo dejaron esparcidos por la escena del crimen y lograr volver a empezar desde cero como si el desastre no hubiera ocurrido. ¿Es posible? Un buen fixer puede acabar con la huella de cualquier crimen menos un suicidio porque, en el suicidio, la víctima y el victimario son la misma persona. Un suicidio político es lo que a la postre resultaron los indultos.


Un “Fixer” o “Cleaner” es en las películas norteamericanas una persona que logra que desaparezcan todas las huellas de cualquier crimen, por sangriento que este sea. En “Pulp Fiction” de Quentin Tarantino el fixer es un tal Winston Wolf, un caballero de corbata humita e impecable tranquilidad, que interpreta a la perfección Harvey Keitel.

En él debieron haber pensado en el gobierno a la hora de nombrar a Luis Cordero Vega como ministro de Justicia. Un hombre al que le encargaron, según confesión de la propia ministra Ana Lya Uriarte, justamente limpiar los desperdicios que dejaron tras de sí los caprichosos indultos presidenciales de Año Nuevo.

Luis Cordero Vega tiene por cierto del aspecto imperturbable de un Fixer de película. Lleva décadas dando su opinión en diarios y programas de televisión, pero es difícil que se sepa realmente qué opina. O más bien lo hace siempre después de una serie de consideraciones procedimentales que relativizan su propia visión de los hechos de tal modo que solo quien ha estudiado como él toda su vida derecho administrativo puede entender el verdadero alcance de lo que explica.

Porque fuera o dentro de la cátedra Luis Cordero Vega siempre está enseñando. Enseñando quizás para no enseñarse, mirando siempre detrás de uno anteojos de carey de gruesos marcos que esconden su cara que casi nunca sonríe ni hace lo contrario de sonreír, que se abstiene en la neutralidad perfecta del lenguaje técnico de expresar una emoción demasiado personal.

Dan ganas de verlo a las tres de la mañana despeinado y borracho y ver si dice chuchadas o baila. Tengo la impresión de que si se deja ir, tiene miedo de no volver. Pero quizás a esa hora sea él mismo, el rostro bien aquilatado y simétrico del derecho administrativo. El único rasgo de pecadora humanidad que recoge su biografía no es otro que una condena por plagio que le costó algunos meses sin hacer clases en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

Otra excentricidad de su currículum es el hecho de que no estudió en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, como su meritocrática imparcialidad pareciera indicar, sino en la Universidad La República. Y claro, algo de su fe en los procedimientos de la república y sus formas parecen provenir directamente de la tradición masónica a la que le debemos nada menos que la república en sí.

Indudablemente inteligente, ilustrado, preparado, Luis Cordero Vega es, sin dudarlo, de esos abogados que uno no duda en contratar cuando uno tiene a un hijo en problemas. Uno que no te dora la píldora y no te dice que es fácil lo que es difícil, y no quiere brillar ante la corte, pero que resulta tener la amplitud de conocimiento y la persistencia para lograr sacarte de todos los apuros. Alguien que tiene justo la gracia de no tomar tu caso como algo personal sino estrictamente profesional.

Pero con un profesionalismo que es en su caso totalmente personal, porque la profesión es como una máscara que se hizo rostro, que cubre no se sabe qué dolor, qué temor, qué temblor personal, que el Fixer no necesita mostrar.

Luis Cordero Vega es así el hombre perfecto para la misión imposible que se le encomendó: Agarrar todos los cadáveres que los indultos de Año Nuevo dejaron esparcidos por la escena del crimen y lograr volver a empezar desde cero como si el desastre no hubiera ocurrido.

¿Es posible? Un buen Fixer puede acabar con la huella de cualquier crimen menos un suicidio, porque en el suicidio la víctima y el victimario son la misma persona. Eso es lo que resultó ser a la postre el episodio de los indultos. Un suicidio político que obedece, como todos los suicidios, a causas incomprensibles para el que no sufre la necesidad de acabar con todo de una sola vez.

Un suicidio que como tantos suicidios es un llamado de atención, una carta mandada en una botella al otro lado del mar. ¿A quién? Quizás a la propia juventud abandonada, quizás a la idea de sí mismo que el presidente se hizo antes de serlo, quizás a esas “convicciones” donde se abrazan ideas nobles, poemas esplendidos y prejuicios, y fake news y paper a medio leer.

¿Qué se hace con esa compulsión de meterse en un problema gratuitamente? El abogado Luis Cordero Vega puede quizás tejer un discurso para que las anomalías administrativas y las desprolijidades varias, resulten menos gravosas de lo que son. Lo que no puede asegurar de ningún modo es que alguna estupidez de ese calibre o peores se vuelvan a repetir. Esta fue, por lo demás, la tragedia del Socialismo Democrático en la convención, incapaces de entender cómo Viera, Bassa, Atria y compañía, siendo personas racionales, ilustradas, sensatas en su vida privada, votaban por ideas absurdas no solo con resignación, sino que con entusiasmo.

Es lo que está pasando en el gobierno cada dos o tres días cuando de repente los ministros más viejos se dan cuenta que sus colegas más jóvenes realmente creen en el control estatal de los medios de comunicación, que Israel es siempre malvado y los palestinos siempre buenos, que los animales son mejores que los hombres porque sienten más, que no se puede opinar de los cuerpos ajenos, que una mujer es siempre víctima y nunca victimaria, y que el 18 de octubre no fue el comienzo de una pesadilla sino un radiante despertar de un pueblo que se adora despreciando su forma de comer, de amar, de rezar, de reír o de votar.

Luis Cordero Vega, como al resto del staff del gabinete de Bachelet, que arreglan como pueden los despropósitos del Presidente y sus amigos, tendrán que despertar a la verdad difícil de asumir que el problema con la generación del Frente Amplio no es político, o personal, sino que es intelectual.

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