No hay duda de que las izquierdas hicieron crecer a las derechas. Por Sergio Muñoz Riveros

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El diputado Johannes Kaiser durante una discusión con diputados del Socialismo Democrático en agosto pasado. Foto: Agencia UNO.

El fenómeno más llamativo es la irrupción de corrientes que reivindican los valores tradicionales y las posiciones de raíz conservadora, ante todo la defensa del orden, y que asumen una posición beligerante frente a la izquierda.  ¿Cuánto pudo haber influido en dicho proceso lo ocurrido a partir de 2014, cuando Michelle Bachelet encabezó el giro a la izquierda y llamó al Partido Comunista al gobierno? Mucho, desde luego. Fue, de algún modo, la reaparición de los antiguos fantasmas de la revolución, el desorden y la confrontación ciega.


La inscripción legal del Partido Nacional Libertario, que encabeza Johannes Kaiser, marca la entrada en escena de la corriente libertaria en la política nacional de un modo que puede modificar el mapa de las fuerzas de derecha en un año en que todos los partidos bregarán por su lugar bajo el sol. Kaiser empieza a ser tomado en serio como candidato presidencial, y el más preocupado es José Antonio Kast.

Renovación Nacional y la UDI, que se constituyeron en los años finales de la dictadura y jugaron un gravitante papel en la articulación del pacto de la transición y fueron el soporte de los gobiernos de Sebastián Piñera, han visto surgir a diversas fuerzas a su derecha en los últimos años.

La excepción fue Evópoli, que surgió como expresión del ala más centrista o liberal de la derecha, pero el fenómeno más llamativo es la irrupción de corrientes que reivindican los valores tradicionales y las posiciones de raíz conservadora, ante todo la defensa del orden, y que asumen una posición beligerante frente a la izquierda. No son pocos los que manifiestan simpatía por el régimen de Pinochet.

¿Cuánto pudo haber influido en dicho proceso lo ocurrido a partir de 2014, cuando Michelle Bachelet encabezó el giro a la izquierda y llamó al Partido Comunista al gobierno? Mucho, desde luego. Fue, de algún modo, la reaparición de los antiguos fantasmas de la revolución, el desorden y la confrontación ciega.

Las reformas del segundo gobierno bacheletista dejaron una huella imborrable (ahí está el deterioro de los liceos públicos que eran orgullo nacional). Luego, todo se agravó: vinieron la barbarie de 2019, la aventura constituyente y la pasmosa experiencia del gobierno de Boric.

No sabemos si los líderes frenteamplistas que conservan algún sentido autocrítico han sacado alguna conclusión del resultado de las fantasías supuestamente progresistas con las que llegaron al poder, del desajuste entre sus precarios diseños y el país real, del efecto devastador del sueño hipnótico de creerse continuadores de la UP.

¿Tienen hoy alguna conciencia de lo que habría representado la Constitución con la que querían refundar Chile? En realidad, deberían sentirse aliviados de que sus proyectos no llegaran a realizarse: el desastre lo habría desbordado todo.

Son demasiadas las evidencias de que las nociones distorsionadas sobre el progreso, tributarias finalmente de las viejas supersticiones anticapitalistas, consiguieron no solo que el país retrocediera respecto de lo mucho que había avanzado, sino que alimentaron ciertas visiones de signo opuesto, igualmente rudimentarias, y que se manifiestan, por ejemplo, en la creencia de que las ideas de Javier Milei podrían inspirarnos.

Es el péndulo, que va y viene, dicen algunos. Algo de ello puede haber. Pero, se trata de que nuestro país no salga de una forma de extravío para caer en otra, que no se cure del alcoholismo para caer en las drogas.

Hay quienes dicen que Chile necesita un “tratamiento de shock”. Sería útil que precisaran a qué se refieren exactamente. El país no puede ser un laboratorio, en el que puede probarse cualquier fórmula supuestamente milagrosa. Es indispensable que los remedios no resulten peores que la enfermedad.

Esperemos que la campaña electoral permita debatir en un plano de respeto, con fundamentos sólidos, sobre las políticas públicas que se requieren en todos los ámbitos en que se juega el desarrollo humano. Será mejor si quedan a un lado las consignas populistas, destinadas solo a excitar a la barra, y se hace un esfuerzo por aportar propuestas aterrizadas que favorezcan los acuerdos. El país está cansado del ruido, la improvisación, la ignorancia presuntuosa. Quiere mejorar lo que existe, no inventar la pólvora.

Lo determinante en los años que vienen será la posibilidad de establecer un pacto muy amplio sobre las prioridades que deben atenderse sin tardanza, en el marco del fortalecimiento y perfeccionamiento del régimen democrático. Deben terminar las ambigüedades respecto de la defensa del Estado de Derecho, lo que exige, en primer lugar, rechazar sin dobleces la violencia política. Más allá de las identidades de izquierda o derecha, el punto crucial es la lealtad con la democracia.   

La mayoría de los chilenos quiere seguridad pública y contención de la criminalidad, crecimiento económico, oportunidades de empleo, mejoramiento de la salud pública, recuperación de la educación, una vida con menos incertidumbre en un contexto internacional en el que sobran los factores que la potencian. Ello exige una muy amplia convergencia de fuerzas y generar un clima de buena voluntad para que el país salga del estancamiento y progrese de verdad.

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