Febrero 19, 2022

Libros: Delirio Americano, una respuesta a “Las Venas Abiertas de América Latina”. Por Bernardo Solís

Ex-ante

Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina (Carlos Granés, Taurus, 2022, 600 páginas) incluye un “mapa cultural y político de América Latina” que cruza fechas e ideas surgidas y mutadas en la región desde 1890. Puede llegar a ser confuso, como las ideas que se comentan. Y hasta gracioso, pese a las tragedias que cruzan. Y por eso es que el mapa resume bien un libro que su autor, el ensayista colombiano Carlos Granés, dice que puede servir para disfrutar de la fantasía de los creadores latinoamericanos y “tomar nota de las nefastas consecuencias del ensueño de los políticos”.

Delirio americano es una historia que se cuenta con una mirada documentada e inteligente. Y sobre todo con un toquecito de ironía que se agradece, porque el libro trata precisamente de los más graves entre los graves de América Latina: sus intelectuales y artistas. De hecho, Delirio americano bien podría ser la tan esperada respuesta al lacrimoso Las venas abiertas de América Latina, evangelio del que hasta su autor terminó alejado.

Delirio Americano es en muchos niveles la historia de Latinoamérica vista desde los artistas e intelectuales que vivieron, crecieron y murieron alrededor, a favor o en contra, de las dictaduras, revoluciones y restauraciones democráticas en la región. Una tragedia que pasa por las historias de fascistas chilenos y maoístas peruanos; o los triunfos de Omar Torrijos (el único nacionalpopulista que consiguió una conquista antiimperialista real), así como el regreso en gloria y majestad del método de Juan Domingo Perón para llegar al poder.

Como advierte Granés en las instrucciones que incluye, el libro puede leerse como un ensayo largo o tres tratados que cuentan el proceso. El primero de ellos cuenta las consecuencias del imperialismo en la cultura y política latinoamericana; el último, la forma en que fenómenos latinoamericanos, como el populismo y el indigenismo, contagiaron a todas las prácticas políticas y culturales de Occidente. Si se toma el camino de solo leer esa parte, dice Granés, “El libro que entonces tendrá entre manos será un corto ensayo sobre la invención e instrumentalización de la víctima”.

Pero si se lee de principio a fin, se entiende una de las columnas vertebrales del libro: que la única ideología que ha aportado América Latina al mundo es el nacionalismo en sus múltiples mutaciones: “disfrazado de elitismo espiritual, indigenismo, americanismo, criollismo, populismo o incluso comunismo, pero al fin y al cabo nacionalismo y por más: amor a lo propio y miedo y recelo hacia lo demás”, como dice Granés.

El libro no se agota en ese diagnóstico. Porque Granés instala en uno de los ángulos fundamentales al chileno Roberto Bolaño, figura dice que logró entender y sintetizar lo que ocurría en el continente. La gran genialidad, y la gran innovación de Bolaño, dice Granés, fue darse cuenta que “en América Latina la civilización y la barbarie estuvieron siempre juntas; las ideas y la cultura no sirvieron para desactivar la violencia, sino para justificar el odio, la división, la extranjerización y la negación del otro».

El colombiano cita las palabras con que Bolaño agradeció el Premio Rómulo Gallegos en 1999, el muy notable Discurso de Caracas, como “la confesión más honesta del error latinoamericano. Bolaño ya no culpaba de todos los males al imperio o al pasado colonial; ponía el foco en el presente y sobre los intelectuales, porque su lucidez y su talento no les habían impedido ser cómplices de su propia destrucción”. Y hay más sobre Bolaño, como que fue quien “jubiló” a los típicos personajes latinoamericanos (el dictador, el guerrillero y el caudillo) y se fijó en “los otros dos que tomaron el relevo en los noventa, el mafioso y el sicario”.

Ese tipo de comentarios muestran otro de los fuertes de Delirio Americano: que es también un manual de consulta de los personalidades artísticas, culturales y políticas más importantes de los últimos 125 años del continente, en el que se documentan las ideas, tragedias y errores de todos ellos (por ahí reluce una profecía de García Márquez de 1975, que anunciaba que cinco años más tarde Cuba sería “el país más desarrollado de América Latina”).

 

POPULISMO: SAO PAULO VUELVE A PERÓN

Carlos Granés consigue que el lector se fije en detalles de cosas que, desde que surgieron, se han transformado en lugares comunes de la política y la cultura. Un buen ejemplo es lo que ocurrió con el famoso Foro de Sao Paulo de 1990, el primer gran sínodo de la izquierda regional tras la caída del Muro de Berlín. Luego del encuentro, dice, “se acabaron los asonadas, la propaganda armada, el secuestro de diplomáticos, la boina y el Kaláshnikov” como métodos, porque las ideas siguieron intactas como “las de Perón cuando usó en demócrata”. El cambio estuvo en cambiar el foco guerrillero por la movilización social y en pasar de la izquierda revolucionaria a “la izquierda transformadora”.

Eso, dice Granés, fue regresar a los orígenes de la izquierda, “nacionalistas, populares, nuestroamericanistas y antiimperialistas, e incluso les añadía enfoques de género y reivindicaciones étnicas”; reemplazar como enemigos a la CIA y los marines por el neoliberalismo pero sobre todo democratizarse. La izquierda desde entonces se vio obligada a buscar el voto popular:“La consecuencia más notable fue que Castro dejó de servir como ejemplo; ahora la izquierda debía aprender del verdadero maestro, de Juan Domingo Perón”.

Nadie lo vio venir, dice Granés. Los sectores democráticos no pudieron actuar en bloque para enfrentar a los populismos que terminaron destruyendo las democracias de algunos países. De ahí en adelante, dice, vendría el fin de la socialdemocracia latinoamericana y del centro liberal, y toda la atención se concentraría los únicos actores que quedaran de pie: “en una izquierda nacionalista, popular, identitaria y justiciera decida a liberar al continente de los males de siempre, del capitalismo internacional, el colonialismo y las elites tradicionales, y en una derecha de mano dura, patriótica, economicista y redentora, en pie de lucha contra espantajos igualmente abstractos y aterradores como el castrochavismo”.

 

DE MARCOS A PABLO IGLESIAS

Otra prueba de la buena puntería de Granés es cómo desmonta a los zapatistas a partir de la irrupción de la guerrilla en enero de 1994. En la selva Lacandona, dice, confluían tres corrientes ideológicas de factura latinoamericanas: “el foquismo guevarista, la teología de la liberación y el indigenismo mariateguista, y entre esas tres el indigenismo acabaría imponiéndose”.

Granés lo prueba con la primera declaración de Marcos, del 2 de enero de 1994, en que el líder guerrillero citaba la herencia de la revolución mexicana y la traición del PRI sin mencionar a los indígenas. Ni siquiera el himno zapatista, dice Granés, hablaba de ellos. Dos días después, luego que desde la iglesia local, de la mano del obispo Samuel Ruiz, se pusiera énfasis en el carácter indígena de la revuelta, Marcos empezó a hablar de los indígenas que integraban el comité directivo de la guerrilla. Y días más tarde, profundizó en ese discurso y dejo de ser “la reencarnación del Che Guevara para convertirse en la voz de los que no tienen voz (…) El neoliberalismo le permitió a Marcos mezclar las peleas tradicionales de la izquierda con su nueva bandera. Los bandos enfrentados ahora no eran simplemente el capitalismo y el socialismo; eran la ‘muerte moderna contra la vida ancestral, el neoliberalismo contra el neozapatismo’”.

Un discurso que, dice Granés, se agotó en la performance porque Marcos no tenía una propuesta política que ofrecerle a México más allá de “la escenificación de la protesta, en la caravana pública y en la foto con celebridades extranjeras”. El que sí tenía una propuesta para su país fue otro, un “turista de la revolución” que visitó Chiapas y que desde ahí -en paralelo a la ola antiglobalización que despertaron los zapatistas en el primer mundo–, desarrolló una tesis doctoral sobre las “estrategias performáticas de un colectivo antiglobalización italiano”, pasó por la televisión y consiguió instalar en los medios “performances combativas”. Pablo Iglesias

 

ELECCIONES COMO FINALES DEL MUNDO

De Chile, aparte de un brillante y documentado capítulo, deja un comentario que la sitúa en el contexto regional e histórico. Dice que con el experimento constitucional el país puede seguir el camino de Bolivia, Brasil, Venezuela y México, entre otros. La izquierda local, diagnostica, “intenta aprender del peronismo cómo dejar una impronta jurídica que garantice un cambio de régimen”.

Nada muy nuevo, tampoco. Solo sumarnos a lo que Granés llama “problema de la dinámica de los dos bloques cada vez más radicales e incomunicados, y a la lógica de enfrentamiento y polarización que impone”. Es decir, el mismo escenario que describía antes y que dejaba solo a dos actores, la izquierda nacionalista y popular e identitaria y la derecha de mano dura, que se persiguen eternamente en un sistema sin solución y basado en la confrontación:

“Como lo que prima es la desconfianza, el triunfo de uno se experimenta como la derrota total del otro, con todo lo que eso conlleva: la posible persecución política, el asedio mediático, la expropiación o la inevitable migración. Por eso las elecciones empiezan a convertirse en juicios finales”.


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