Marzo 5, 2022

Las tres tensiones inevitables del gobierno de Boric. Por Kenneth Bunker

Ex-ante

Como se ha comprobado a partir de las votaciones en la Convención Constitucional, hay dos almas en la coalición del próximo gobierno; una, que representa a la izquierda tradicional (interpretada por el Partido Comunista) y otra que representa a la izquierda progresista (interpretada por el Frente Amplio). Ese será un flanco importante para lo que viene.

El próximo viernes 11 de marzo, Gabriel Boric asumirá la presidencia. Según las encuestas, lo hará con fuerza, pues sigue gozando de un alto nivel de aprobación entre las personas que votaron por él, y otros grupos que se han sumado a la marea del optimismo. La esperanza parece estar anclada en la idea que, con él, y su coalición de gobierno, por fin será posible enrielar al país en la dirección correcta.

Por lo anterior, la instalación de Boric inevitablemente viene asociada con altas expectativas. No son pocos los que creen que viene un cambio drástico en el orden de lo establecido. Y aunque algunos interpreten a esa idea como viento a favor, lo cierto es que también viene cargada de peligros. Pues, es evidente que la intención que tenga un presidente sirve poco para materializar cambios. Al final del día, lo que importa es lo que se hace, no lo que se piensa hacer.

Como en todos los gobiernos anteriores, el realismo político será determinante en el éxito del gobierno de Boric. Al verse apretado por una serie de flancos inesperados, estará forzado a actuar improvisadamente, y a veces en contra de sus propios compromisos. Para eso, el presidente que asume deberá estar preparado. Y no hay mejor preparación que entender exactamente cómo hacerse cargo de las tensiones inevitables.

Una de las principales tensiones será entre lo inmediato y lo permanente. En su campaña a la presidencia, en particular en la primera vuelta, Boric fue insistente en prometer refundación estructural. Habló de cambios en casi todos los ámbitos, desde aquellos ligados a lo económico (como la instalación de una agenda verde) hasta aquellos pertenecientes a enfoques sociales y culturales (como la ampliación de derechos y garantías).

Pero ocurre que mucha de esa agenda estructural (que busca soluciones que solamente son posibles en el horizonte) pierde relevancia en escenarios en que domina la urgencia (nadie piensa en la redistribución de riqueza cuando no hay riqueza que redistribuir). Por desgracia, parece ser exactamente el escenario que arriba; para las personas es cada vez más importante hacerse cargo de problemas asociados a la economía y a la migración irregular.

La tensión, por lo tanto, será entre lo prometido, y para lo cual fue diseñado la estructura del gobierno, y lo imprevisto, para lo cual no hay planificación alguna. La vara es alta, y si el gobierno no se logra adaptar a las urgencias de los chilenos a tiempo, crecerá la frustración popular, y la sensación de que el gobierno es más de lo mismo. Si en cambio sí lo hace, se habrá retractado de facto de una parte importante de su fundamento de origen.

Esta tensión entre lo estructural y lo urgente abre una serie de otros flancos, dentro de los cuales está uno al interior de la propia coalición de gobierno. Pues, como se ha comprobado a partir de las votaciones en la Convención Constitucional, hay dos almas allí; una, que representa a la izquierda tradicional (interpretada por el Partido Comunista) y otra que representa a la izquierda progresista (interpretada por el Frente Amplio).

Mientras que la primera alma está empeñada en conseguir cambios profundos, que puedan cambiar el balance de poder, en lo cultural y lo social, en el largo plazo, la segunda alma está más preocupada de apoyar al presidente en su agenda más inmediata, en la medida que se pueda hacer cargo de reformas cruciales para su nicho urbano. Ambas almas inevitablemente chocarán cuando el programa se vea desplazado por lo urgente.

La pregunta, entonces, es cómo el presidente logrará balancear a ambas almas que, paradojalmente, son excluyentes. La muñeca política será importante, pero más importante será la capacidad de saber cortar peso muerto. Presidentes encuentran el éxito cuando se adaptan. Por ejemplo, Bachelet en la crisis financiera global de 2008. Fracasan cuando insisten en imponer diseños predeterminados. Por ejemplo, Piñera desde 2019.

Ahora, mientras la estrategia política y el manejo de la coalición son temas cruciales, son temas internos. De cierto modo, dependen exclusivamente de Boric. En contraste, hay otros temas que responden a factores externos, que pueden determinar con igual fuerza el éxito y el fracaso del gobierno. En esa línea, uno de los factores que sin duda será relevante será lo que ocurra, o lo que no ocurra, con la Convención Constitucional.

Hasta ahora, el órgano, por medio de sus constituyentes, se apronta a proponer algo tan radicalmente diferente a la tradición constitucional chilena, que es imposible no ver que vendrá con consecuencias para todos los sectores que ostentan poder. En particular, para el gobierno de Boric, que, sin pedirlo, ya está asociado con el resultado del proceso. Desde el plebiscito hasta la evaluación del texto en el tiempo.

Si se aprueba el texto final, será interpretado como un espaldarazo a Boric. Si se rechaza el texto, será leído como una protesta contra Boric. Lo mismo ocurrirá con el proceso de implementación de la nueva Constitución, si gana el Apruebo, pues el recambio estará a cargo del gobierno que asume. Si la Constitución es tan contradictoria como se presume que podría ser, será un infierno adaptarla a la infraestructura legal existente. Como se aprecia, una espada de doble filo.

Es imposible anticipar exactamente dónde y cómo le apretará el zapato a un gobierno que aun no asume. Tal como la crisis asiática de 1988 no estaba en los planes de Frei y el terremoto de 2010 no estaba en el diseño de Piñera, no se sabe exactamente que le ofrecerá el destino a Boric. Pero como enseña la experiencia, entender los riesgos conocidos es la mejor preparación posible para hacerse cargo de los riesgos desconocidos.

Las tres tensiones mencionadas aquí serán inevitables para el gobierno de Boric, pero no está claro si es que el presidente también lo ve así. Por ejemplo, no está claro que esté preparado para ir all-in en La Araucanía si debe hacerlo. Tampoco está claro que este dispuesto a sacrificar a uno de sus socios si es lo que le garantice gobernabilidad. Y está menos claro aun si está disponible para rechazar el texto constitucional si termina siendo un bodrio.

Todos los presidentes se enfrentan a preguntas y dicotomías que tensionan sus mandatos. En esta oportunidad, no será diferente, con la salvedad que además el gobierno que entra asume un rol de compromiso con sectores históricamente excluidos en medio de un cambio institucional masivo. El éxito de Boric pasará por su capacidad de entender lo que está en juego y ser práctico y flexible en adoptar posiciones que logren transcender su nicho electoral.


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