La tregua. Por Noam Titelman

Ex-Ante
El Presidente Gabriel Boric saluda al ex ministro del Interior Rodrigo Delgado (UDI) antes de la reunión que sostuvo el jueves con representantes de distintos partidos políticos.

El llamado del Presidente a que la política se dé espacio, aunque sea pequeño, para anteponer la urgencia del combate al crimen por sobre las miserias de todos los días, es un llamado arriesgado que, ojalá, contra los incentivos en juego, sea recogido.


En un gesto inusual en nuestra política, el Presidente Boric pidió una tregua a los partidos políticos para encontrar soluciones de Estado ante la crisis de seguridad. En otras palabras, el Presidente, en una acción osada, le pidió a las fuerzas políticas que antepongan el interés nacional a las innumerables “cuentas por cobrar” y descalificaciones que suelen marcar el debate público.

La razón para hacerlo parece bastante evidente. La demanda de una acción coordinada y eficaz del Estado para combatir la delincuencia necesita, por definición, una política de Estado. El problema es que en este debate, como en todos los que hemos en el país durante al menos una década, los incentivos empujan a los actores relevantes a ver cada disputa como una guerra de trincheras. En reforma tributaria, en pensiones, en salud, en educación, en el litio y en un largo listado de temáticas, ha primado el estancamiento junto con emplazamientos cruzados.

Los únicos proyectos que logran ver la luz son los que significan beneficios inmediatos y directamente atribuibles a medidas específicas. Por eso un proyecto como la Pensión Garantizada Universal puede obtener apoyo unánime, mientras la necesaria, compleja y lenta reforma de pensiones acumula telarañas.

Mientas más difícil y complejo el problema, mayor es la tentación de buscar culpables y no soluciones. La verdad es que ninguna medida o proyecto de ley por sí solo terminará con los problemas de nuestra red de seguridad social, el control fronterizo o el combate a la delincuencia. En este sentido, puede volverse más rentable en el corto para nuestros políticos apuntar con el dedo al otro lado y responsabilizar a quien esté allí.

Siempre es posible decir que se quería dialogo, pero que “el otro” no quiso ceder suficiente. En parte, este juego de espejos es resultado de la polarización afectiva que ha vivido el país en los últimos años. La paradoja es que, en estos últimos años, mientras han convergido las posiciones sustantivas a un nivel pocas veces visto, ponerse de acuerdo se ha vuelto incrementalmente difícil.

Piénsese en lo parecidas que son las propuestas de reforma de pensiones del actual gobierno con la segunda propuesta del gobierno de Piñera o lo moderada que terminó siendo la propuesta de reforma tributaria empujada por el gobierno, comparada incluso con la propuesta de la centroizquierda en las elecciones presidenciales. Y, sin embargo, ambas enfrentan muchas dificultades para encontrar apoyo en el Congreso.

La explicación no está tanto en el contenido sustantivo de estas reformas como en la dificultad de que los adversarios se sienten a la mesa y lleguen a acuerdos. Crecientemente, los votantes en Chile se movilizan más por un repudio al adversario que por un sentido de lealtad con un partido o un proyecto político.

¿Qué incentivos tiene un diputado para cruzar el Rubicón y llegar a un acuerdo si, en realidad, sus votantes no sienten particular lealtad con ese representante y se movilizan por el repudio a su contrincante?

En el famoso libro La Tregua, de Mario Benedetti, la tregua consistía en el momento en que el protagonista encuentra un escape a los sinsabores de la rutina. El llamado del Presidente a que la política se dé espacio, aunque sea pequeño, para anteponer la urgencia del combate al crimen por sobre las miserias de todos los días, es un llamado arriesgado que, ojalá, contra los incentivos en juego, sea recogido. Quizás esta vez se logre una tregua para no volver a la rutina de cachetadas de payaso y se pueda avanzar decididamente en esta agenda.

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