José Antonio Kast no es un orador brillante ni un poeta inspirador. Eso quedó claro en su primer discurso como presidente electo. Su alocución la noche del domingo 14 de diciembre fue larga, desordenada y anticlimática. Con todo, estableció con bastante nitidez el tono con el que pretende gobernar: si antes fue el líder de una tribu belicosa, ahora aspira a ser el presidente de todos los chilenos.
Por primera vez en mucho tiempo, Kast evitó las majaderas alusiones al “mal gobierno” y se abstuvo de culpar a la izquierda radical o al octubrismo de todos los males del país. Cuando se refirió al presidente Gabriel Boric, lo hizo para destacar la continuidad de una cadena de mandatarios que, cada uno a su manera, dieron lo mejor de sí. El mensaje fue claro: Kast no viene a romper, sino a continuar.
Esta metamorfosis es habitual en quienes acceden al poder tras años de refriega. Desde la oposición, son implacables: todo les parece mal. Pero cuando el gobierno se vuelve una posibilidad real, el tono cambia y se vuelve más conciliador. La razón es evidente: nadie quiere enfrentar una oposición tan mezquina como la que ejerció. En consecuencia, se iza la bandera blanca y se propone una tregua.
En la Edad Media, la Iglesia llamó tregua de Dios a la iniciativa que suspendía las hostilidades en el campo de batalla. Con un tono igualmente pastoral, Kast convoca hoy a moros y cristianos a cerrar las heridas de los años turbulentos que han sacudido a Chile desde el estallido social. Aunque se benefició abiertamente de la polarización afectiva y alimentó una dinámica de confrontación permanente —rechazando sistemáticamente las iniciativas del gobierno y patrocinando acusaciones constitucionales a diestra y siniestra—, el Kast presidente pide ahora un alto en el camino para reagrupar las fuerzas nacionales frente a los enemigos del orden público.
Es un cambio de actitud predecible dada su nueva posición, pero no por ello menos llamativo en el contexto global. Varios de sus socios ideológicos gobiernan con la misma lógica divisiva con la que hicieron campaña. Trump se regocija enviando mensajes odiosos a sus adversarios incluso en Navidad, mientras Milei no concibe una forma de hacer política que no sea adversarial —y a menudo soez—. Si se trata de las formas, Kast no pertenece a ese grupo.
Kast parece consciente de la sospecha que pesa sobre sus intenciones. Reconoce que su sector no tiene fama de alcanzar acuerdos, pero promete que nos van a “sorprender”. Y, en rigor, solo puede haber sorpresa allí donde el consenso no ha sido la norma: de lo contrario, no habría nada que sorprender. La admisión es reveladora. Confirma que se actúa de una cierta manera cuando se está en la oposición, pero que conviene proceder de otra distinta cuando se gobierna.
Este giro suele generar frustración en las propias huestes. A muchos les habría encantado abuchear el nombre de Jeannette Jara hasta quedar afónicos —¡la comunista!—, pero el astuto Kast entiende que ha llegado el momento de posar de Aylwin y recordar que Chile es uno solo. No se puede aspirar a ser presidente de todos los chilenos sin escenificar esa liturgia.
En la misma línea, Kast lleva semanas bajando las expectativas respecto de la capacidad real de su gobierno para cumplir las promesas de campaña. La noche de la victoria no fue la excepción. En lugar de cargar la tarea sobre los hombros de las instituciones, la desplazó hacia los ciudadanos: si ustedes llegan temprano al trabajo y hacen bien sus respectivas pegas, Chile será el país que soñamos. Alimenten a sus hijos de manera saludable, visiten a sus viejos, limpien los grafitis de las murallas. Tal como lo hacía Piñera, Kast evocó implícitamente aquella máxima agustiniana según la cual debemos ser mejores para que los tiempos sean mejores.
Respecto de su futura oposición, finalmente, Kast ensayó una contención preventiva. En una política chilena convertida en carrera armamentista, resulta plausible anticipar a un progresismo enfurruñado, dispuesto a levantar obstáculos por doquier y a pedir tarjeta por cualquier cosa. En ese escenario, Kast siente la necesidad de afirmar su pluralismo —confiesa no querer un país donde todos sean de derecha— y de subrayar su compromiso con las libertades de expresión, asamblea y reunión, siempre y cuando los manifestantes no rompan ni quemen nada.
Como en los juegos infantiles en que alguien gritaba boli y el juego se detenía, Kast intenta frenar la lógica de confrontación y bajar la temperatura para gobernar con cierto margen de maniobra. Con su cadencia de cura de pueblo, ofrece a sus adversarios una tregua cargada de buenas intenciones. Algo que jamás habría aceptado desde la oposición, pero que su nuevo rol de presidente le impone como libreto —uno que, inevitablemente, pondrá a prueba su flexibilidad política.
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