Enero 17, 2022

La luna de miel del próximo gobierno será breve ¿Y qué viene después? Por Noam Titelman

Ex-ante

Cuando al gobierno se le acaben los buenos resultados en las encuestas, ¿Cuántos congresistas seguirán dispuestos a llamarlo “mi gobierno”? ¿Cuántos estarán dispuestos a poner el pecho a las balas? Flexibilidad y astuta elección de batallas  es lo que tendría que hacer la coalición del nuevo gobierno para sobrevivir el fin de la luna de miel. Es lo que plantea en esta columna Noam Titelman, militante de RD, ex presidente de la Feuc, economista de la UC y candidato a doctor en la London School of Economics.

Los gobiernos exitosos no son los que alargan su luna de miel, son los que generan una fuerza social y política suficiente para mantener el control de la agenda cuando inevitablemente se cae en las encuestas.

¿Qué diputados, senadores, gobernadores, alcaldes y demás autoridades seguirán apoyando el gobierno y su agenda cuando se acabe la efervescencia postelectoral? Hasta hace poco esa pregunta se podía responder en alguna medida mirando la militancia de las respectivas autoridades.

Sin embargo, eso supone una disciplina militante que se ha vuelto más la excepción que la regla. Como bien planteó la expresidenta Bachelet en su presentación a la Convención Constitucional, en el contexto del debilitamiento del sistema de partidos, cuando un gobierno empieza a tener dificultades hay una fuerte tentación para los congresistas de desmarcarse de este. Terminada la luna de miel, terminan las ganas de ser oficialista.

Los partidos, cuando funcionan, hacen dos cosas fundamentales para la democracia.

Primero, agregan verticalmente demandas e intereses de la sociedad y, segundo, agregan horizontalmente, permitiendo coordinación entre distintos representantes en distintas esferas de poder.

Como quedó claro en el gobierno de Piñera, un gobierno que no logra cuadrar, al menos, un 40% del congreso, en la práctica no gobierna.

Por un lado, el congreso puede pasar por encima del ejecutivo mediante reformas constitucionales, como vimos en el caso del retiro de las AFP. Por otro lado, un ejecutivo que no tiene capacidad de ordenar una porción importante de, al menos, una de las cámaras tendrá un gabinete vulnerable a las acusaciones constitucionales que inevitablemente vendrán.

Sea el modelo “a la portuguesa”, “círculos concéntricos” o “dos coaliciones un gobierno”, la pregunta de fondo no es simplemente qué participación en qué ministerio tendrá cada partido del congreso. La cuestión de fondo es, cuando al gobierno se le acaben los buenos resultados en las encuestas, ¿Cuántos congresistas seguirán dispuestos a llamarlo “mi gobierno”? ¿Cuántos estarán dispuestos a poner el pecho a las balas?

Lo que algunos denominan la “lógica campista”, en que es más importante de qué lado del campo se está que lo que se hace en ese campo, ha desparecido como resultado de dos fenómenos que marcan nuestra política actual: la desconfianza en los representantes y la fragmentación de estos, en ausencia de proyectos aglomeradores.

Según el último Latinobarometro, 86% de los chilenos creen que en el país se gobierna para los intereses de los poderosos y no del pueblo, el registro más alto en la historia nacional para este indicador.

Según la encuesta CEP, entre 1995 y 2019 la identificación con las posiciones del eje izquierda-derecha cayó de cerca del 75% a solo 38%, mientras que la identificación con cualquier partido político de 66% a 22%. Si a mediados del siglo XX, cuando la política chilena vivía periodos de fuerte polarización e identificación política, podía esperarse declaraciones como “este es un mal gobierno, pero es mi gobierno”, una afirmación como esa parece casi imposible hoy.

Ante la perspectiva de un gobierno de minoría parlamentaria – en que será un muy pequeño número de congresistas con los que el gobierno pueda contar disciplinadamente- las habilidades del ejecutivo y sus cercanos para funcionar en ambientes fragmentados será esencial.

Dos características marcarían una política en contextos de alta fragmentación: la disposición a renunciar a las victorias simbólicas y la flexibilidad para formar mayorías variables.

Es probable que el nuevo gobierno tenga pocas victorias simbólicas. No existe la fuerza suficiente para ganar todas las batallas y la estrategia legislativa tendrá que ser muy astuta para reconocer cuáles son las batallas que vale la pena dar y cuáles no.

La diferencia entre una coalición testimonial y una de gobierno es que las victorias simbólicas y las derrotas heroicas se vuelven un lujo inaceptable. Un grupo de peleas a las que habrá que renunciar rápidamente son las simbólicas. Las votaciones que involucren sentarse a la testera de alguno de los espacios de decisión, por ejemplo, serán una gran oportunidad para consolidar alianzas entregando esas posiciones, a cambio de avanzar en los ejes programáticos.

Por otro lado, la coalición oficialista no podrá imponer su hegemonía, como han intentado (con mayor o menor éxito) los gobiernos que hemos tenido hasta ahora.

Si habíamos visto gobiernos que enfrentados a presencia minoritaria en el congreso descansaban en el poder del ejecutivo para negociar y empujar sus proyectos, “pirquineando” los votos faltantes para alcanzar mayorías, una estrategia como esa sería un suicidio en el congreso actual.

Esa estrategia podía tener sentido cuando se estaba a unos poco votos de alcanzar la mayoría, pero con 37 diputados y 5 senadores es imposible pensar que se pueda descansar sobre la fuerza propia y un par de descolgados. En este caso, a la coalición de gobierno le tocará funcionar como “bisagra”, generando alianzas móviles con distintos grupos del congreso, para alcanzar esas mayorías.

Si bien el nivel de fragmentación de la convención es bastante mayor que el del futuro congreso, el desafío de coordinar mayorías en el legislativo requerirá de habilidades similares.

Independientes No Neutrales (INN), con 11 convencionales, le dio una lección de sentido político al Frente Amplio y al partido Socialista, que le significó, pese a ser una bancada más chica que estos dos actores (con 16 y 17 convencionales respectivamente), quedarse con la vicepresidencia.

Mientras el FA y el PS llegaron a las votaciones de la mesa directiva con la intención de dejar de funcionar como bisagra y hacer valer su supuesta hegemonía (copando la presidencia y vicepresidencia) INN pudo alcanzar la vicepresidencia porque rápidamente supo mantener la flexibilidad de bisagra.

INN no tuvo problemas para votar con la derecha de la Convención en algunas votaciones y terminar dando los votos fundamentales, junto con el PC y los colectivos independientes de izquierda, para la mayoría que permitió la elección de la presidenta. Flexibilidad y astuta elección de batallas, algo así tendría que hacer la coalición del nuevo gobierno para sobrevivir el fin de la luna de miel.

 


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