La informalidad económica en Chile: hay que tomarla en serio. Por Felipe Jaque

Economista Jefe BICE

En materia de desarrollo de nuestros mercados financieros, nos vamos quedando rezagados y hay grupos de empresas y hogares que no alcanzan a ser incluidos.


En un reciente conversatorio sobre mercado de capitales, autoridades y miembros de la industria debatieron acerca de los principales elementos necesarios para impulsar los mercados locales a mediano y largo plazo, en un contexto en que las nuevas tecnologías y los mercados globales avanzan con gran rapidez.

Varios de esos elementos tenían que ver con una mirada transversal y agregada de la regulación, de manera de hacerla acorde a los nuevos desafíos, apuntar a su simplificación y destrabar un cierto letargo que muestra nuestro mercado de capitales en varios frentes.

Uno de los temas que surgió y que parece relevante levantar es el nivel de bancarización que registra nuestra economía, estancado por un largo tiempo. Las colocaciones bancarias no han acompañado el crecimiento de la actividad que, aunque bajo, ha superado la expansión del crédito.

Así, en una economía que ha crecido en torno al 2-2,5% anual, las colocaciones en términos reales caen o crecen cercano a 0%. Una tesis podría ser que las empresas están buscando nuevas formas de acceso a capital, pero a nivel de hogares esa tesis pierde validez.

De hecho, luego del shock que generaron los retiros de fondos de pensiones posterior a la pandemia, los créditos a hogares se han mantenido bajo los niveles alcanzados en los años previos. En resumen, en materia de desarrollo de nuestros mercados financieros, nos vamos quedando rezagados y hay grupos de empresas y hogares que no alcanzan a ser incluidos.

Una situación similar afecta al país en materia de formalización del empleo. Más allá de las magras cifras de creación de empleo, —que se mantienen rezagadas respecto del avance, aunque limitado, de la actividad económica—, lo más preocupante es que a mayores niveles de desarrollo debiéramos ir avanzando en disminuir los niveles de informalidad del empleo.

Nada de esto ha ocurrido en los últimos años, a pesar de que el nivel de educación promedio de las personas empleadas ha ido migrando hacia mayor capacitación.

Y cuando revisamos índices complementarios y más generales de la situación de nuestra economía, como rankings de competitividad, se observa que Chile ha perdido terreno en la última década. Si bien es cierto que el componente ligado a desempeño económico es el que más ha retrocedido en ese periodo, por la ya conocida dinámica de bajo crecimiento comparado con una muestra de países desarrollados y emergentes, los factores ligados a infraestructura también nos mantienen en la parte baja de los rankings sin ningún avance.

La categoría de infraestructura básica presenta una mejor posición que aquellos vinculados a infraestructura científica o educación. Nuevamente, una brecha que debiéramos estar cerrando con más y mejor inversión, mejor infraestructura física e intangible, pero cuyo cierre está lejos de concretarse.

Afortunadamente los objetivos parecen estar girando hacia la recuperación de una senda de convergencia que nos acerque a los parámetros de países desarrollados. Para nuestro nivel de PIB per cápita y nuestros niveles de productividad, ir a una velocidad similar a la del resto de las economías no es suficiente.

Es clave acelerar nuestro ritmo y buscar un amplio consenso en temas tributarios, de permisos, incentivo a la inversión (también al ahorro), desarrollo de capital humano y subirse al carro del shock de productividad que se está generando por las nuevas tecnologías a nivel global.

Como se comentó en el conversatorio sobre mercado de capitales, nos merecemos un mercado financiero formal que acompañe el desarrollo económico y que no se quede estancado en bajos niveles de formalización, dejando fuera a parte de las empresas y hogares. Mismo desafío que se presenta en el mercado laboral y otras áreas ligadas a infraestructura científica y educacional, donde las brechas no se cierran, la informalidad mantiene su lugar e incuba rezagos mayores a mediano y largo plazo.

Como siempre, esto requerirá de una estrecha articulación entre el sector público y privado, sin olvidar que política públicas adecuadas y adaptadas a lo que requiere nuestra economía son claves para que el sector privado, donde recae una gran parte del desafío de crecer, se desarrolle. Ya se han probado algunas recetas alternativas y pareciera bien evidente que no rinden frutos en línea con los que se necesitan.

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