Diciembre 19, 2022

La fe de Polibio y el nuevo proceso constitucional. Por Cristóbal Bellolio

Académico Escuela de Gobierno UAI

Quizás solo queda admitir que tanto el oficialismo como la oposición tuvieron incentivos para comprometerse a un proceso pauteado, abreviado y vigilado, tanto por el riesgo de un descalabro electoral en una contienda 100% democrática -por el lado de la izquierda- como por la conciencia de la oportunidad histórica de matar la constitución de Pinochet sin renunciar a los pilares centrales del modelo -por parte de la derecha.


El historiador griego Polibio solía destacar las virtudes de la vieja república romana. Polibio recordaba la clásica distinción de regímenes políticos que hacía Aristóteles: monarquía (gobierno de uno), aristocracia (gobierno de los mejores), y democracia (gobierno de la mayoría).

A su juicio, la clave del éxito de Roma radicaba en su naturaleza mixta, ya que combinaba el elemento monárquico (a través de los cónsules), el elemento aristocrático (representado por el Senado), y el elemento democrático (encarnado en la institución de los Tribunos de la Plebe). Así, la república romana se gobernaba equilibradamente. Por lo mismo, Polibio le auguraba larga duración.

22 siglos más tarde, el filósofo político español Daniel Innerarity ha propuesto una “teoría de la democracia compleja”. Los problemas que enfrentan los gobiernos contemporáneos, piensa Innerarity, no admiten fórmulas simples. Requieren, en cambio, de instituciones, procesos y mecanismos que, aunque coordinados y sistémicos, obedecen a distintos principios. Algo así como el régimen mixto de Polibio. Sigue siendo democracia, pero está mejor ecualizada.

En concreto, Innerarity rechaza la tentación maniquea de negros y blancos que acompaña a la fantasía de la democracia directa plebiscitaria, y reclama espacio para los planteamientos matizados.

Del mismo modo, propone proteger la democracia de aquellos falsos amigos que demandan el cumplimiento irrestricto e ilimitado de la soberanía popular, aunque ella suponga extinguir los derechos y libertades de los disidentes. Un sistema inteligente, sostiene, es capaz de oponerse a la voluntad expresa de quien lo dirige.

Finalmente, Innerarity advierte contra la excesiva subjetivación del discurso político, y a favor de una organización despersonalizada que limite los vicios naturales del ser humano, y -esto es crucial- sea capaz de trascender el horizonte de corto plazo típico de la política electoral.

En todo este engranaje, reconoce que la diversidad y magnitud de los desafíos exige la participación de aquellas comunidades epistémicas mejor preparadas en cada área. Es decir, contra la devaluación del saber técnico propia de los populismos, reconoce la importancia de integrar a los expertos al gobierno de las democracias complejas.

Algo de la fe de Polibio en las virtudes del gobierno mixto y de la teoría de Innerarity sobre la democracia compleja parece estar presente en la defensa del mecanismo acordado por el mundo político para la continuación del proceso constituyente chileno.

Por supuesto, podemos ahorrarnos toda la filosofía normativa y sencillamente sostener, a la Maquiavelo, que el resultado de tres meses de negociaciones solo refleja el equilibrio de poder vigente tras el contundente triunfo del Rechazo en el plebiscito de salida y el difícil panorama del gobierno de Gabriel Boric. Quizás esta última explicación sea más cercana a la realidad.

Quizás solo queda admitir que tanto el oficialismo como la oposición tuvieron incentivos para comprometerse a un proceso pauteado, abreviado y vigilado, tanto por el riesgo de un descalabro electoral en una contienda 100% democrática -por el lado de la izquierda- como por la conciencia de la oportunidad histórica de matar la constitución de Pinochet sin renunciar a los pilares centrales del modelo -por parte de la derecha.

Quizás, como se ha repetido hasta el cansancio, sea siempre mejor un mal acuerdo que ningún acuerdo, sobre todo si permite darle cierre a esta teleserie constitucional. Quizás haya que leer este acuerdo como el reflejo del malestar ciudadano con los ex convencionales, representado por las palabras de la madre del presidente -“pensé que serían personas con conocimientos”-, y por eso el protagonismo que adquiere la comisión de 24 expertos encargada de elaborar el anteproyecto del texto.

Quizás, finalmente, la verdadera interpretación de todo esto es que los partidos recuperan el control que perdieron escandalosamente en el fallido proceso anterior, una especie de restauración de los actores políticos formales frente a tanto despliegue de activismo de causas específicas, incapacidad de liderazgo programático y purismo independentista.

Los partidos que firmaron el acuerdo en el Congreso pautean el nuevo proceso con contenidos predeterminados que reducen el margen de innovación institucional -se acabó la hoja en blanco, y en cierto sentido, la labor propiamente constituyente del órgano a elegir-, proyectan su correlación de fuerzas interna en la elección de los expertos -que no se eligen estrictamente de acuerdo a sus credenciales académicas sino a su alineamiento ideológico con los partidos con peso parlamentario-, y disponen que la nueva asamblea sea conformada con criterio senatorial -de tal forma de moderar sus resultados, dándole chance a los partidos tradicionales que aun pesan en regiones, en desmedro de los jóvenes partidos vanguardistas que obtienen mejores resultados en las grandes urbes como Santiago, que queda fuertemente subrepresentada.

Podemos quedarnos con cualquiera -o todas- las hipótesis precedentes. Pero los intelectuales del mundo político que defienden el acuerdo -aunque sea con poco entusiasmo- debieran intentar una articulación normativa del proceso, que no solo de cuenta de las condiciones de realismo contingente, sino que deposite esperanzas fundadas en las virtudes de un engranaje mixto para parir la nueva propuesta constitucional.

A la Polibio, quizás se trate justamente de combinar elementos: la dirección de los partidos políticos, la autoridad epistémica de los expertos, la voluntad popular representada en el órgano electo. A lo mejor, la legitimidad que estamos buscando emerge de un proceso de estas características. ¿Quién comparte la fe de Polibio?

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