Ya en septiembre pasado el presidente Boric anunció ante la Asamblea General de Naciones Unidas la postulación de Michelle Bachelet a la secretaría general del principal organismo multilateral constituido en 1945, inmediatamente después de terminada la segunda guerra mundial. El 2 de febrero la candidatura fue formalmente inscrita, con el patrocinio de Brasil, México y Chile.
La decisión se apoya en la trayectoria de Bachelet, dos veces presidenta de Chile, Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos y primera Directora Ejecutiva de ONU Mujeres, lo que se ve reforzado por el hecho de que en sus 8 décadas, la ONU ha sido conducida una sola vez por un personero del continente americano -el peruano Pérez de Cuéllar en la década de los ochenta- y hasta ahora por ninguna mujer.
No tengo experticia suficiente para analizar en profundidad la opción de Bachelet de convertirse en la primera mujer en asumir el cargo internacional más relevante que existe. Se trata, indiscutiblemente, de una candidatura de reconocidos pergaminos para ejercer esa responsabilidad, reforzada por el patrocinio de los dos países más grandes de América Latina, es además una candidatura de alta connotación política, identificada con la izquierda mundial y, por tanto, con opción de concitar el apoyo de muchos otros países.
Como suele ocurrir en la vida, el exceso de sus virtudes puede convertirse en la principal de sus desventajas, pues el contexto actual para una candidatura de alto perfil político y además representante de la izquierda es particularmente adverso.
Habrá muchos conciliábulos, intercambio de promesas, especulaciones varias y algunos debates formales organizados por Naciones Unidas con las distintas candidaturas, que hasta ahora son sólo dos, pues el único otro inscrito es el argentino Rafael Grossi, con apoyo de su país, además de Italia y Paraguay. Se espera, sí, la inscripción de otras mujeres, particularmente la costarricense Rebeca Grynspan, actual secretaria general de la UNCTAD, antes secretaria general adjunta de la ONU.
Es el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el que debe proponer a la asamblea general el nombre de la persona que ocupe la secretaría general del organismo el periodo 2027-2031. Para ello necesita el apoyo de al menos 9 de los 15 países que integran el Consejo y que ninguno de los 5 miembros permanentes (Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido) ejerza su derecho a veto.
Los otros 10 miembros son elegidos para ejercer por periodos bianuales, y en 2026 le corresponde a Liberia, Somalia y República Democrática del Congo, Pakistán y Baréin, Colombia y Panamá, Dinamarca, Grecia y Letonia. Las reglas del proceso de elección de la persona que ocupe la secretaría general de la ONU producen una dinámica orientada a elegir no a quien despierte mayor entusiasmo sino más bien a la persona que genere menos resistencia.
Todo indica que la candidatura de Bachelet tiene opción de concitar la adhesión de los 9 miembros requeridos y su mayor obstáculo a vencer es el eventual ejercicio del derecho a veto de Estados Unidos.
Pero más allá de la viabilidad de la candidatura de Michelle Bachelet a la ONU, lo que me interesa caracterizar es la encrucijada en que el presidente en ejercicio puso al presidente electo al decidir inscribir formalmente la candidatura en las postrimerías de su mandato. Porque para el próximo presidente ya no se tratará simplemente de decidir si apoya la candidatura y la inscribe formalmente, lo que tendrá que decidir a poco de iniciado su mandato, es si le retira el apoyo de Chile a Bachelet y la deja con el respaldo de Brasil y México, además de eventuales otros países que el gobierno podría sumar en estas semanas.
En un país como el nuestro, que busca incansablemente al chileno que triunfa en otras latitudes y vibra con sus éxitos, por exiguos que sean, la idea de que un presidente no respalde a una expresidenta que busca dirigir la más importante organización multilateral del planeta, contraría el sentido común popular. Más aun si se trata de una persona que tiene aprecio transversal y mayoritario como Bachelet.
Michelle Bachelet, salvo por un breve periodo posterior al caso Caval, ha integrado permanentemente el exclusivísimo club de personalidades políticas cuya tasa de respaldo es mayor que la de rechazo, en ocasiones incluso en completa soledad. Su popularidad trasciende con mucho a la franja autoidentificada de izquierda y su primer gobierno -no así el segundo- es evaluado satisfactoriamente por una consistente mayoría.
Además, por su simpatía y carisma, es bien evaluada precisamente por el electorado nuevo, el que no tiene marco de referencia ideológico ni posición política determinada, precisamente aquel que se expresó masivamente en las urnas a favor de Kast.
El segundo factor que complejiza la decisión es que Bachelet hoy día es la única figura que une y con quien se identifica el conjunto del progresismo, por lo que la decisión de retirarle el apoyo a su candidatura provocaría un movimiento de unidad de la oposición en una etapa donde el gobierno necesita oposiciones diferenciadas, con diversos grados de disposición al diálogo y al acuerdo para llevar adelante sus iniciativas legislativas.
La señal contra Bachelet tendría el efecto de favorecer la unidad opositora y la hegemonía PC-FA, dificultando la necesaria construcción de acuerdos de mayoría para enfrentar las urgencias señaladas en la propuesta de gobierno.
Es infructuoso, a mi juicio, trasladar el foco de la discusión hacia la inviabilidad de la candidatura y de ese modo amortiguar el efecto, porque hay demasiada evidencia de la animadversión de Kast y los suyos hacia Bachelet como para que el retiro del apoyo de Chile a su candidatura no sea visto como un rechazo a la idea de verla a la cabeza de Naciones Unidas.
La opinión pública está dividida, nos muestra Cadem. Una estrecha mayoría (47 vs 44%) no está de acuerdo con la decisión del presidente Boric de inscribir la candidatura de Bachelet a la ONU, pero 49% prefiere que el presidente Kast la respalde contra 40% que querría le retirara el apoyo. Por supuesto, la postura de retirar la candidatura es ampliamente mayoritaria en la franja que se identifica como de derecha, pero es minoritaria entre los que no tienen identificación política, buena parte de los cuales votó por Kast en la segunda vuelta contra Jara.
Como toda decisión en una encrucijada, mantener el apoyo a la candidatura de Bachelet también tiene costos y de lo que se trata para el gobierno es elegir los beneficios que privilegia y los costos que prefiere eludir.
Aunque no innovar en una decisión tomada por su predecesor es menos visible que revertirla, es evidente que en la derecha habrá varios -encabezados por Kaiser- intentando capitalizar el eventual descontento del electorado duro al que le costará entender que el gobierno apoye -aunque tenga las características de un no rechazo- a quien fuera por años adversario preferido.
La decisión marcará al gobierno de Kast como los indultos marcaron de manera indeleble el gobierno de Boric. Como todo riesgo, también constituye una oportunidad. Si el presidente Boric no hubiera inscrito formalmente la candidatura de Bachelet, a Kast ni siquiera se le habría planteado el problema, refugiado en su concepto de gobierno de emergencia simplemente habría comunicado su desinterés en meterse en campaña para las Naciones Unidas.
Gabriel Boric le puso en su oficina a José Antonio Kast una bomba con espoleta retardada, pero también le abrió la oportunidad de marcar el inicio de su gobierno con una notable ilustración de su voluntad de hacer un gobierno de unidad nacional y de buscar acuerdos con fuerzas políticas distintas de la derecha.
Todo gobernante está permanentemente tensionado entre la necesidad de mantener y ampliar el apoyo popular mayoritario que le permitió llegar al poder y la obligación de dar señales al núcleo original y duro de apoyo, a su barra brava. Ese gesto de Boric al núcleo duro del octubrismo que representaron los indultos tuvo efectos desastrosos sobre el potencial de construir respaldo mayoritario a sus iniciativas. En marzo sabremos cómo actúa el presidente Kast frente a disyuntivas similares.
Para más columnas en Ex-Ante, clic aquí.
Publicaciones relacionadas
Si bien el bloque FA-PC y las posiciones más duras de izquierda habían ordenado a la oposición en torno a la megarreforma económica, esta vez no se ordenó a partir de una serie de parlamentarios que simplemente no llegaron a la sala porque no estaban presentes en el Congreso. Parte de la oposición quiere insistir […]
La exigencia de los senadores del PPD de rebajar el impuesto a los combustibles terminó de sepultar este lunes el acuerdo con el gobierno, como se anticipaba desde el viernes. La nueva demanda de los parlamentarios surgió tras el tropiezo de Hacienda y el repudio del resto de la oposición a su pacto con el […]
Desde que dejó La Moneda, Vallejo había evitado la confrontación directa con la administración Kast y se enfocó, según sus cercanos en actividades en el PC y en algunas giras internacionales para participar en charlas y seminarios. Tras algunas críticas en junio, este domingo embistió contra los cambios en las 40 horas.
El puente está diseñado, los permisos están firmados y hay tráfico esperando en ambas orillas. Lo que falta no es regulación, ni demanda, ni escala: falta que el Ejecutivo decida construirlo. Y los que seguirán pagando el crédito más caro serán, como siempre, los mismos.
Parisi —quien apuesta a consolidar el papel de partido bisagra del PDG— se reunió este lunes con Quiroz. Durante el encuentro, planteó la disposición de su colectividad a respaldar la megarreforma en su vuelta a la Cámara, y también le habría hechos propuestas para la reforma al mercado de capitales y la agenda laboral.