Diciembre 26, 2021

La elección de Boric, según Arturo Fontaine

Ex-ante

Bajo el título “La esperanza le ganó al miedo”, el ex director del CEP, profesor del Departamento de Filosofía de la U. de Chile y de la Escuela de Artes Liberales de la UAI, Arturo Fontaine, publicó el 22 de diciembre un artículo sobre el triunfo del presidente electo Gabriel Boric en la revista mexicana Letras Libres. A continuación el texto íntegro.

“La esperanza le ganó al miedo”, dijo Gabriel Boric en su discurso, la noche de su rotunda victoria. Le sacó once puntos porcentuales a su rival y obtuvo la votación más alta de la historia de Chile. José Antonio Kast, por su parte, logró casi la misma votación con la que ganó Sebastián Piñera, el 2017, quien sacó entonces siete puntos más que su contendor.

Pocos días antes de la elección escuché en mi celular la voz de un amigo con quien no había hablado por más de diez años. Vive a más de cien kilómetros de Punta Arenas, fondeado en una hacienda ovejera. Quería comentar lo que era la campaña entre el croata, sobrino nieto de un famoso obispo de la zona, y un campesino bávaro, que podría militar en el partido Unión Social Cristiana de Bavaria. Lo había conocido haciendo campaña. Es un hombre de instintos poderosos y simples, me dijo. Ante una pregunta inteligente yo creo que siente una cierta perplejidad. Y se rió para sus adentros. Entonces le pregunté cómo veía la elección.

Mira, Arturo, me dijo, hoy estuve hablando con un alambrero y le pregunté por quién iba a votar. Hizo como que se molestaba. “¿Cómo voy a votar yo por un tipo que no le ha trabajado un día a nadie? Se la lleva puro hablando, no más. No puede conocer a los chilenos, pues, que nos sacamos la mierda trabajando”. Por la tarde vino un joven de unos treinta que me traía unas huifas. Le hice la misma pregunta. “¿Cómo?”, me respondió. “Yo voto por Boric”. Pero me dicen que no le ha trabajado un día a nadie, le repliqué. Y me contesta: “Y mire usted adónde ha llegado. Ha de tener mucho de esto, ¿no cree usted?” Y muy sonriente se llevó dos dedos a la sien. “Entonces así se viene la cosa, Arturo”, y lo imaginé mirando por la ventana esas lomas barridas por el viento y sobre las que se mueve un mar de ovejas.

Boric ha demostrado ser un fenómeno político y un candidato con dotes absolutamente excepcionales. “Es un tipo mediocre”, me dijo un conocido. “Intentó dos veces el examen de grado en Derecho de la Universidad de Chile y fue reprobado…nunca se tituló”. Eso no es mediocridad, sino un indicador de que tenía la cabeza y el corazón en la política, y las leyes le aburrían. Pero fue un buen alumno en cursos de historia y filosofía política.

Es de origen croata. Su bisabuelo llegó a buscar oro a la isla de Lennox, al sudeste de Tierra del Fuego. De ahí que el río del lugar se llame río Boric. Tuvo once hijos. Uno de ellos, Vladimiro, un tío abuelo del presidente electo, fue ese obispo de Punta Arenas que mencionó mi amigo. Un tío suyo fue intendente de la región de Magallanes en tiempos del presidente Patricio Aylwin. Su padre es un ingeniero químico que llegó a ser gerente de ENAP en la zona, la empresa estatal de petróleo. Políticamente siempre ha sido demócrata cristiano. La madre pertenece al movimiento católico, conservador y mariano Shöenstat, sí, el mismo al que pertenecen los Kast. Gabriel se educó en un colegio privado británico, el más exclusivo de la región, y desde muy niño demostró su liderazgo.

Se formó como político en las luchas y asambleas universitarias. Cuando lo presentaron como candidato al Centro de Alumnos de Derecho pareció un saludo a la bandera. Ganó por un voto. Desde ahí lideró una toma de la Escuela que derribó al decano. Camila Vallejo, la líder comunista que encabezó el movimiento estudiantil del 2011, se postuló entonces a su reelección como presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH). Parecía imbatible. Había conducido protestas multitudinarias poniendo en jaque al gobierno de Piñera, había sido ovacionada de pie por los parlamentarios, había sido elegida “personaje del año” por los lectores de The Guardian. De nuevo, un saludo a la bandera. Y Boric la derrotó. Más tarde, se atrevió a desafiar a la poderosa Concertación en las elecciones parlamentarias. Salió electo diputado a los 28 años y fue reelecto. Ahora, en las primarias de la izquierda, el favorito indiscutido en todas las encuestas era el alcalde comunista de Recoleta, Daniel Jadue. Se llegó a decir que Boric no conseguiría las firmas para poder competir. Contra todo pronóstico, Boric lo derrotó.

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En esta elección hubo votos de castigo cruzados. La importante votación de Kast (44.13%) es un castigo a la violencia política y al desorden, que aparecen y reaparecen desde la revuelta que se inició el 18 de octubre del 2019. No es casual que en La Araucanía, epicentro de los movimientos violentos de reivindicación mapuche, Kast haya obtenido un 60.14% de los votos. Los atentados incendiarios —incluso con muertos y baleados— en contra de maquinarias, camiones forestales, escuelas y templos suscitan el repudio del grueso de la población mapuche y no mapuche de la zona. En localidades famosas para la causa mapuche en su versión más radicalizada y violenta, como Tirúa, Kast se impuso con un 63.15%.

La magnitud de la victoria de Boric también se explica en parte como voto de castigo, esta vez contra Kast. La muerte de la viuda de Pinochet llevó a los canales de televisión a dedicar largos reportajes en los noticieros a los crímenes de la dictadura. Esa vieja herida volvió a sangrar. Sobre todo, las mujeres y los jóvenes sintieron que Kast era una amenaza al derecho al aborto, a las disidencias sexuales, al medio ambiente. Sus esfuerzos por morigerar posiciones no resultaron tan creíbles. Su conservadurismo produjo miedo y causó una reacción. Su promesa de restaurar el orden público y aplacar la violencia no resonó en las populosas zonas del sur de Santiago, acosadas por la delincuencia y el narcotráfico. Boric fue más efectivo. En la segunda vuelta planteó algo concreto: aumentar la dotación policial y redistribuirla en función de la población. En comunas como La Pintana y Cerro Navia, obtuvo sobre el 70%.

En general, Boric hizo proposiciones más concretas. Por ejemplo, en lugar de que una persona escoja si su cotización obligatoria de salud va a una institución de salud privada o al sistema público –como ocurre hoy–, toda cotización irá a este último. Es decir, la atención de salud será igual para todos y “no dependerá del tamaño de la billetera”. Otros ejemplos: la reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales; la creación de una empresa estatal para explotar el litio; el aumento del salario mínimo legal a $500.000 –hoy el ingreso mínimo garantizado, subsidio estatal que complementa el salario mínimo legal que paga el empleador a menores de 65, es de $251.000­–; y la condonación de todas las deudas contraídas para pagar la educación superior.

Boric es un animal político. Transmite convicción y, a la vez, apertura a la conversación y el acuerdo. Es simpático, cálido y astuto. Le gustan la historia política y la poesía. En la campaña cometió varios errores gruesos con las cifras. Más allá de eso, diría que el punto de vista de la economía, como disciplina, le es bastante ajeno. Su lenguaje es el de las emociones morales. Pero es socialista y lo es, más bien, por esas razones del corazón que la razón no acierta a comprender. Más que hechura de estadista, tiene hechura de caudillo. Lo suyo es la palabra y el contacto humano. Sabe qué teclas debe tocar ante el auditorio o el entrevistador que tiene y lo hace con sutileza, espontaneidad y ademanes desenvueltos. Es también buen polemista. Ha tenido conflictos en los dos partidos en que ha militado. Es hombre que, de repente, se desmarca y toma sus propias decisiones. Así ocurrió cuando resolvió, con valentía, firmar el acuerdo del 15 de noviembre del 2019 que abrió paso al actual proceso constituyente. Su pequeño partido, Convergencia Social, como el Partido Comunista, estuvieron en contra.

En sus presentaciones, los brazos juegan un papel. Como decía en un artículo anterior, saca desde atrás un brazo con la mano empuñada que levanta con fuerza demorada. Ese puño despareció en la segunda vuelta. Se transformó en una mano abierta. Hubo también otras transformaciones: de corte de pelo y barba, se lo vio con chaqueta formal, aparecieron los anteojos. Borró también varias propuestas de su programa de la primera vuelta. Entre ellas, la de crear un “Consejo Regulador de las Comunicaciones (CRC)” con “atribuciones de regulación sobre la industria radial y de las telecomunicaciones en general. Velará por el pluralismo interno y externo en las distintas plataformas, sancionando vulneraciones tanto de los valores democráticos como del derecho a la competencia”.

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Imaginar el futuro gobierno del presidente electo parece difícil sin el diputado y líder del partido Revolución Democrática, Giorgio Jackson, quien presidía la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica (FEUC), al tiempo que Camila Vallejo presidía la de la Universidad de Chile. Ambos jugaron un papel protagónico en las ya mencionadas protestas estudiantiles de 2011. Sin duda, será una figura central del gobierno que se inaugura en marzo.

Jackson a sus 34 años es otro tipo de animal político que Boric. Se trata de un ingeniero civil interesado en temas de educación y economía. Fue electo diputado junto con Boric, a los 27, y también fue reelecto. Jackson es estudioso y un gran organizador. Junto a Paula Espinoza publicó un libro, Copia o Muerte, en el que aboga por la eliminación de las patentes de invención y toda forma de propiedad intelectual para facilitar el acceso gratis a los desarrollos tecnológicos e intelectuales. Sostiene que eso no disminuiría la inversión en estas áreas. Maneja su partido, Revolución Democrática, con puño de hierro y guante de terciopelo. Es un hombre con fama de austero y disciplinado. Su liderazgo es indiscutido. Ha sido el jefe de la campaña de Boric en la primera vuelta. En la segunda asumió ese papel Izquia Siches, la presidenta del colegio médico, joven excomunista, otra dirigenta de las protestas estudiantiles de 2011, que se hizo muy popular criticando al presidente Piñera por su manejo de la pandemia. Ella pidió, desde el inicio, cuarentenas mucho más generales y restrictivas de la movilidad. Más tarde reconoció la exitosa campaña de vacunación. Renunció a ese cargo gremial para sumarse a la campaña. Jackson quedó en un segundo plano, pero siempre ahí, al lado del candidato y sin perder poder.

Es claro que un punto de referencia crucial para esta generación de dirigentes millennials es Podemos. Los vínculos son estrechos. En el campo intelectual, una influencia poderosa es Ernesto Laclau y su mujer, Chantal Mouffe. “Uno debe construir al enemigo discursivamente”, dijo Laclau: —la oligarquía, el establishment, los súper ricos, el capitalismo, la globalización, y así— y, por la misma razón la identidad de los demandantes se transforma en este proceso de universalización tanto de las metas como del enemigo”. En el lenguaje de Laclau, el populismo es positivo. La dificultad estriba, claro, en diferenciar los populismos de izquierda (positivos) de los de derecha (negativos). En cualquier caso, el pueblo no existe previamente, como el proletariado para Marx, sino que se constituye como agente político movilizado en una relación dialéctica con el enemigo. En el espíritu de Carl Schmitt, el “nosotros” político nace ante “ellos”, los enemigos. En otras palabras, es la construcción discursiva del enemigo político la que construye a los propios amigos políticos.

Ha sido, en importante medida, la influencia del diputado Jackson la que detuvo la ratificación del TPP-11 en el Congreso. El caso es emblemático. Fue un tratado que se firmó en Chile, en el que gobierno de la presidenta Bachelet y, en especial, su canciller, Heraldo Muñoz, desempeñó un importantísimo papel. Sin embargo, Muñoz, ahora como presidente del Partido por la Democracia (PPD), que formó Ricardo Lagos, no pudo impedir que sus parlamentarios se negaran a ratificar el tratado que él mismo negoció. La razón principal para oponerse ha sido que el tratado impediría llevar a cabo una política industrial desde el Estado como la que Chile necesita a futuro para desarrollar el valor agregado de sus exportaciones. Como el TPP-11 ha sido ratificado, por ejemplo, por Australia, Nueva Zelanda, Canadá, México y Perú, la pregunta que surge naturalmente es ¿qué tipo de intervención estatal en el desarrollo económico se pretende?

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El programa de Boric promete crear un Banco del Desarrollo —se agregaría a la Corporación de Fomento (Corfo)— que ya existe. Su tarea sería financiar emprendimientos tecnológicos y amigables con el medio ambiente, que los bancos privados no financian por ser riesgosos o por falta de visión de largo plazo. Piensan que el peligro de captura por parte de grupos políticos y empresariales, la corrupción consecuente y la socialización de las pérdidas, se pueden evitar con una regulación adecuada. No ratificar el TPP-11 y revisar los cerca de 26 tratados de libre comercio que ha ratificado Chile —pilares de la estrategia de crecimiento hacia afuera de las últimas décadas— forman parte, entonces, de un nuevo enfoque económico en ciernes.

El problema es que el ingreso per capita de la economía chilena ha estado estancado desde 2014. Inciden en ello diversos factores, entre ellos, el término del superciclo del precio del cobre (que ahora que ha vuelto a subir abre nuevas oportunidades), un impuesto corporativo más alto que el promedio de los países de la OCDE, la montaña de trámites —muchos de ellos medioambientales— que hay que escalar para aprobar cada proyecto (un proyecto minero requiere algo de 1,500 permisos que tardan alrededor de tres años y medio), una educación extendida, pero de mala calidad y despegada de los requerimientos de la economía real. Tenemos proporcionalmente más jóvenes en la educación superior que Suecia o Francia, pero con serias dificultades de inserción en el mercado laboral y con salarios que no crecen. Eso se debió al enorme desarrollo de la industria de universidades con fines de lucro (encubierto) y subsidio estatal a los estudios, lo que provocó la masificación de carreras “de tiza y pizarrón”, que son más baratas que las tecnológicas y técnicas. A consecuencia de ello, según muestra un estudio del economista Sergio Urzúa, uno de cada tres titulados habría hecho una mejor inversión económica entrando a trabajar a los 18, en lugar de ir a la educación superior. Esta fue una de las razones del movimiento estudiantil de 2011, que logró la prohibición del lucro en la educación. Se ha producido eso que describía Dostoievsky en la Rusia de su tiempo, donde también se expandió velozmente la educación superior: hay un “proletariado de bachilleres” y será el germen de una revolución.

Pero ese nuevo enfoque sostiene que la estrategia económica de Chile, simplemente, se agotó. Hay que darle ahora al Estado la responsabilidad empresarial de elegir las áreas en las que el país puede desarrollar industrias que le permitan dejar su dependencia de los recursos naturales. Y si ayer hubo economistas de prestigio internacional que vieron en Chile un laboratorio para poner a prueba sus propuestas económicas pro mercados competitivos, libre comercio y subsidios económicos focalizados en los pobres, hoy los hay que, de nuevo, ven en el país la posibilidad de demostrar el fracaso de los anteriores y la viabilidad de otra ruta al desarrollo, una en la cual el Estado cobra altos impuestos y toma riesgos empresariales para superar la economía “extractiva”. La gran mayoría de los economistas liberales ha optado por no confrontar ese nuevo enfoque en proceso de cuajar. De distintas maneras, se hacen presentes en esta discusión, por ejemplo, las ideas de Thomas Piketty en materia de alzas tributarias, y de Mariana Mazzucato y Ha-Joon Chang, en cuanto a estrategia de desarrollo. Ellos, junto a Joseph Stiglitz y otros economistas, firmaron una carta pública apoyando la candidatura de Boric.

El bajo o nulo crecimiento per cápita desde 2014 es un hecho. Y de resultar efectiva esa nueva estrategia económica —que, pienso, es muy dudoso— tardaría años en rendir frutos. El discurso público hasta que llegó la pandemia siguió cantando loas a la economía como si nada pasara. Es natural que, si se supone que el país sigue boyante      pero los ingresos de las personas no crecen, se infiera que el problema es la distribución, es decir, la desigualdad. Y esa es la convicción generalizada. Incluso ahora, cuando se sabe que el ingreso per cápita de los próximos años seguirá estancado. El remedio es sencillo: subir los impuestos por buscar más igualdad. Y Boric promete hacerlo por un equivalente del 5% del PIB en los próximos cuatro años. Cuesta creer que sea posible. Como dije, los impuestos corporativos desde hace años son más altos que el promedio de la OCDE. Es fácil imaginar que lo que no se logre recaudar para cumplir sus promesas de campaña, se complete con un mayor endeudamiento externo. Pero eso tiene límites, si no queremos tomar el camino del peronismo argentino, que consiste en postergar el largo plazo y vivir al día, bailando en la cuerda floja al compás de los intereses electorales, los grupos de presión y el FMI, mientras la pobreza crece y crece.

El país, por el contrario, necesita atraer cuantiosos capitales extranjeros para poder crecer y satisfacer las demandas sociales, como mejores pensiones y sueldos y mejor salud, demandas que, al fin, son económicas y, como tales, solo se logran satisfacer con más desarrollo económico. ¿Está pensado el programa para atraer inversión?

Uno de los intríngulis es el futuro del sistema de pensiones. Su reforma cambia los mecanismos actuales de ahorro en cuentas individuales y heredables, y el derecho a elegir qué institución los administra. La gran mayoría quiere mantener ambos mecanismos hacia adelante. El proyecto de Boric busca una pensión mínima más elevada y universal —en contraste con la pensión mínima focalizada en los más vunerables de hoy. Se basa en un organismo estatal y las cuentas individuales son nocionales, es decir, un vale, cuya equivalencia real en plata se fijará al momento de jubilar. Se plantea que un tercio de la cotización no vaya a la cuenta individual sino a un fondo “solidario” de reparto que va a financiar esa pensión universal. En esta materia, según las encuestas, las propuestas de Boric van a contrapelo de las grandes mayorías, que prefieren que la totalidad de la cotización vaya a cada cuenta individual y la pensión mínima se financie con impuestos generales. Las cuentas de ahorro previsional son fundamentales en el mercado de capitales chileno. Han permitido, por ejemplo, créditos hipotecarios a 30 años, con un pie bajo el 20% y tasas algo superiores al 2%, todo lo cual se envuelve ahora en una nube de incertidumbre.

Por otra parte, esa inversión extranjera es indispensable para desarrollar el hidrógeno verde —Chile tiene grandes ventajas comparativas para producir energía eólica y solar—, abandonar los combustibles fósiles y avanzar a buen tranco hacia una economía verde. Es el gran reto de nuestro tiempo.

El 16 de abril de 1953, Perón le escribió una carta al presidente Carlos Ibáñez del Campo, que había ganado un año antes las elecciones chilenas. “Dele al pueblo”, le decía Perón, “especialmente a los trabajadores, todo lo que pueda. Cuando a Usted le parezca que les da mucho, deles más. Verá el efecto. Todos tratarán de asustarlo con el fantasma de la economía. Es todo mentira. Nada hay más elástico que esa economía que todos temen tanto porque no la conocen”.

Difícil definir mejor el populismo y con la pluma del propio Perón. El primer desafío que tiene Boric es seguir o no seguir ese consejo de Perón. Por supuesto, si lo sigue, siempre habrá que negarlo. Si no, habrá que rebajar drástica y rápidamente las expectativas, y hacerlo sin dividir y defraudar a sus heterogéneos y suspicaces partidarios. La tarea es difícil. Laclau seguramente recomendaría identificar enemigos y culparlos. Eso podría envenenar el ambiente democrático, ahuyentar la inversión y desatar procesos de consecuencias imprevisibles. Según el Banco Central, estos meses ya han salido cerca      50 mil millones de dólares. La adhesión a los candidatos, gobernantes y partidos en nuestros días, invadidos por las redes sociales, es frágil. No hay esas lealtades arraigadas de otros tiempos. “Este gobierno es una mierda, pero es el mío”, se escribía en los muros durante el gobierno del presidente Allende. Ese tipo de compromiso hoy ya no se da.

El peligro para Boric es que, más temprano que tarde, los votantes sientan que no fue la esperanza, que fue la ilusión la que le ganó al miedo. Y lo abandonen. Para evitarlo tendría que reconocer que la realidad es implacable, que no es un espejo de nuestros sueños, tendría que enterrar la tentación del caudillo populista y asumir la actitud más sobria, modesta e ingrata, pero duradera, del estadista. Hoy la vasta mayoría quiere colaborar a que tome esta segunda opción. Chile y los países latinoamericanos, creo, estarán muy atentos.


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