El reciente texto de la comisión política del partido comunista sobre el fraude electoral de Nicolás Maduro en Venezuela, pasará a la historia como una de las declaraciones políticas más oscuras y enrevesadas de que se tenga memoria.
Los alambicados argumentos comunistas para legitimar el sablazo de Maduro a la voluntad popular van desde una curiosa validación de la corrompida “institucionalidad” venezolana hasta una inocente, crédula y confiada petición de divulgación de las actas electorales, pasando por la reivindicación de la soberanía nacional, todo ello, sin rechazar el evidente fraude ni las detenciones masivas de opositores ni la violenta represión callejera ni darse por aludidos del carácter dictatorial del régimen chavista.
Todo ello, por cierto, sin dejar de afirmar su fe democrática y de respeto a los derechos humanos, y su adhesión y acatamiento a la facultad exclusiva que tiene el presidente de la república a dirigir las relaciones internacionales.
Como si de relaciones internacionales se tratara este asunto.
La incomodidad de las ministras Camila Vallejo y Jeannette Jara y del ministro Nicolás Cataldo con su partido es evidente; más lejos ha llegado la molestia de la alcaldesa de Santiago Irací Hassler, abiertamente disconforme con el apoyo a la dictadura y la validación del robo electoral.
El caso venezolano ha abierto una pregunta sobre el futuro de la actual coalición oficialista y sobre el destino de las líderes de la nuevas generaciones comunistas en su partido: es evidente que el socialismo democrático -algunos de cuyos integrantes reclaman una segunda renovación haciendo alusión al proceso de cambio de los años 80 en que se afirmó la adhesión a la democracia y se abandonaron los dogmas leninistas- pierde consistencia con aliados que respaldan dictaduras y cierran los ojos frente a las violaciones a los derechos humanos cuando se trata de rivales ideológicos. Es difícil que Vallejo, Cariola, Hassler y tantas otras quieran liquidar tan temprana e inútilmente sus aspiraciones políticas abrazando a un dictador repugnante.
Más que una segunda renovación del socialismo, éste requiere consolidar una alianza firmemente anclada en los valores de la democracia y la estrategia de la reforma. La evolución política del presidente Gabriel Boric y de parte del Frente Amplio, si bien está lejos de consolidarse y de pasar la prueba de la blancura (esto es, cuando vuelvan a ser oposición), permite pensar en la construcción de una sólida y poderosa izquierda democrática capaz de ampliar su capacidad de alianzas hacia el centro.
La construcción de mayorías políticas y sociales no pasa por la sumatoria de partidos sin consistencia ni principios, sino por la afirmación de valores comunes que den sentido y proyección a la coalición. Eso ya lo aprendimos en la experiencia de los últimos 50 años.
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