La derrota. Por Sergio Muñoz Riveros

Ex-Ante
Foto: Agencia UNO.

El actual gobierno fue un híbrido y, quizás, eso sea lo único que haya que agradecer. Podemos imaginar el descalabro que habría representado un gobierno nítidamente frenteamplista-comunista. Mal que mal, la incorporación de ciertas figuras experimentadas del PS y el PPD, conocedoras del Estado, aportó sentido de realidad. La otra cara del experimento fueron los tironeos, las ambivalencias, el equilibrismo, y como consecuencia de todo ello, una gestión errática y mediocre. En los hechos, este gobierno le trancó el paso al país, le impidió desplegar su capacidad de crecimiento, innovación y progreso.


Boric entregará su última cuenta pública ante el Congreso dentro de dos semanas. Será, en la práctica, el comienzo de la despedida. Aunque permanecerá en La Moneda hasta marzo de 2026, en lo que resta de este año la gravitación de su gobierno se irá apagando y los ciudadanos estarán pendientes de la elección de quién lo sucederá en la Presidencia y, por ende, de las discusiones sobre la difícil situación en que se encuentra el país y las pesadas tareas que le esperan al próximo gobierno.

No sabemos si a Boric se le han hecho largos estos años, pero podemos suponer que, en no pocos momentos, se ha sentido abrumado por el cargo. Cuando era diputado, en septiembre de 2020, dijo en una entrevista de TV: “Descarto de plano ser candidato presidencial porque me falta experiencia”. Agregó que le quedaba mucho por aprender para asumir ese reto. Seis meses después, fue proclamado candidato presidencial por su partido, Convergencia Social.

En julio de 2021, ganó la primaria del pacto Apruebo Dignidad, con 60,43% de los votos, frente a Daniel Jadue, del PC, que obtuvo 39,7%. Votaron aquella vez 1.750.889 electores y, como todo el mundo sabe, muchas personas sin partido fueron a votar con el único objetivo de evitar que Jadue fuera elegido. Hace pocos días, este dijo desde su reclusión domiciliaria que no le gustaban las primarias abiertas, y que, si este año llegaran a votar unos dos millones de personas, querría decir que la derecha se metió de nuevo.

En la segunda vuelta de 2021, le ayudaron a Boric los recelos que despertó José Antonio Kast. Así, casi por una suma de circunstancias azarosas, se convirtió en jefe del Estado. Desde los primeros días de su mandato, dejó en evidencia que venían tiempos inciertos para el país. Pudo haberse propuesto el objetivo modesto de hacer un buen gobierno, que mejorara ciertas cosas y, sobre todo, que evitara que el país se descarrilara, pero eso era poco emocionante para la nueva izquierda universitaria de la que formaba parte. El espíritu mesiánico les indicaba que había que ir más lejos. ¿Hacia dónde? Hacia el radiante porvenir de la refundación de Chile.

A la postre, Boric resultó ser un hombre afortunado. Se salvó de su propia desmesura, de sus enormes dificultades para diferenciar la realidad y la ficción. El 4 de septiembre de 2022, la realidad le dio primero una fuerte bofetada, pero luego le tendió la mano para que, pese a todo, se mantuviera en el cargo. En un régimen parlamentario, él tendría que haber renunciado para que se efectuaran nuevas elecciones, pero no se sintió obligado a ello. Lo protegió la Constitución que él quería borrar. El país (nunca será excesivo recordarlo) se salvó de un desastre gigantesco.

Después del Rechazo, Boric incluso recibió un regalo. Los partidos de Chile Vamos, preocupados de no parecer conservadores y de que él no se deprimiera, le ofrecieron un nuevo experimento constituyente. Quién lo hubiera imaginado. Un revolucionario (como él se ve a sí mismo) auxiliado por la derecha para que superara el mal rato y disfrutara de una nueva fantasía. Debería estar agradecido.

En 2023, con motivo del Cincuentenario del golpe, Boric buscó convencer al país y al mundo que él era el heredero de Allende, convencido de que eso le ayudaba. En el fondo, problemas de individuación. Lo que menos le servía era buscar inspiración en la Unidad Popular, o creer, como insistía el PC, que aquel proceso había quedado inconcluso y había que darle continuidad. La historia demostró que puede ser no solo veleidosa, sino también cruel: el episodio de la compra/venta de la casa de Allende proyectó una pesada sombra sobre la leyenda.

El actual gobierno fue un híbrido y, quizás, eso sea lo único que haya que agradecer. Podemos imaginar el descalabro que habría representado un gobierno nítidamente frenteamplista-comunista. Mal que mal, la incorporación de ciertas figuras experimentadas del PS y el PPD, conocedoras del Estado, aportó sentido de realidad. La otra cara del experimento fueron los tironeos, las ambivalencias, el equilibrismo, y como consecuencia de todo ello, una gestión errática y mediocre. En los hechos, este gobierno le trancó el paso al país, le impidió desplegar su capacidad de crecimiento, innovación y progreso.

La última etapa de Boric no será precisamente épica. La investigación del Ministerio Público sobre la fundación Procultura, en la que se pesquisan los delitos de fraude al fisco, lavado de activos, tráfico de influencias y financiamiento ilegal de campañas políticas, está completando la descripción del “modelo de negocios” asociado al oficialismo, en particular al FA, consistente en drenar recursos públicos hacia fundaciones que servían a “la causa”.

A la desesperada, los dirigentes frenteamplistas llegaron a decir que la investigación de la fiscalía era una forma de “espionaje político”, que buscaba desacreditar al presidente. Sin embargo, Gonzalo Winter, candidato presidencial del FA, opinó distinto: “Yo creo que en el caso Procultura sin lugar a dudas hay corrupción”.

En realidad, no es posible tapar la podredumbre de los numerosos casos de emprendimientos privados a costillas del Estado. ¡Qué tremenda derrota de quienes llegaron al poder con ínfulas de superioridad moral!

Visto el espectáculo que está en desarrollo, los actuales aspirantes a la Presidencia deberían considerar este punto: la cuestión no consiste solo en cómo se entra a La Moneda, sino en cómo se sale de allí.

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