Qué mirar. Entre los árboles del Parque aparece una casona derruida, construida en 1875, que recuerda tiempos mejores. Todas las paredes están repletas de grafitis. Se observan sectores quemados por fogatas de indigentes. Aún están las estructuras de la gran casa donde vivió el precursor de la observación astronómica en Chile. En un patio hay un centenar de pequeñas sillas de aula para niños. Imposible no pensar en las mentes pequeñas que aquí expandieron sus horizontes. En un rincón aún se ve un letrero que dice “Museo Infantil”.
La mansión por dentro. En un rincón se encuentran sillas usadas por los niños que venían al Museo. “Sillas diminutas cubiertas de polvo pero todavía alineadas, como si alguien las hubiera dejado listas para usarse. Y ahí te das cuenta el contraste entre el espacio que alguna vez estuvo lleno de niños, de risas, de familias, hoy convertido en un lugar frío, silencioso, completamente abandonado. Mientras avanzábamos, cada habitación revelaba algo distinto. Muros con historia, objetos olvidados y esa sensación de que el tiempo aquí simplemente dejó de avanzar”.
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