Enero 16, 2022

Juan Luis Ossa, historiador: “Me temo que de tanto prometer lo irrealizable, la Constitución termine siendo un cúmulo de buenas (e ingenuas) intenciones”

Marcelo Soto

Doctor en Historia Moderna por St Antony’s College, Universidad de Oxford, profesor de la UAI e investigador del CEP, Juan Luis Ossa dice que a la derecha le ha faltado una reflexión profunda. “No basta con oponerse a Boric por oponérsele. Más bien, hay que presentar a la ciudadanía una propuesta concreta para salir del hoyo en el que se encuentra el país, defendiendo causas como la libertad de enseñanza y la libertad religiosa a partir de argumentos que sean, al mismo tiempo, liberales y conservadores”, afirma.

-Se han ido conociendo algunas de las primeras propuestas de la Comisión de Régimen Político de la Convención. Hay cierto consenso en transitar hacia un presidencialismo atenuado, con la figura de un jefe o ministro de gobierno, nombrado por el Presidente, quien puede removerlo, pero debe ser ratificado por el Congreso. Otra opción es la de un vicepresidente. ¿Cuál mecanismo te parece más adecuado y cómo se inscribe en la tradición constitucional chilena?

-Pareciera haber cierto consenso en cuanto a la necesidad de pasar de un régimen supuestamente hiperpresidencialista a uno en que el Congreso tenga un mayor peso específico en la toma de decisiones. Digo “supuestamente” pues, mirado histórica y comparativamente, los presidentes en Chile se han topado con diversos contrapesos que dificultan o ponen freno a su accionar. Este es un punto que los convencionales deberían considerar cuando reformen nuestro régimen político, ya que por momentos la discusión ha estado sobrecargada de voluntarismos y diagnósticos que no se condicen con la realidad.

-¿Cuáles?

-¿Es conveniente, por ejemplo, pasar a un sistema parlamentario o semipresidencial para alcanzar mayores grados de “eficacia” gubernamental? No estoy seguro; de hecho, tan importante como la relación Ejecutivo/Legislativo es contar con un buen sistema de partidos y un régimen electoral adecuado, dos cuestiones sobre las cuales los convencionales han dicho poco y nada. Entonces, depende de cuánto valor le den los convencionales a la totalidad del sistema que buscan reformar. Una cosa es clara, en todo caso: un presidencialismo cuya máxima figura dependa de la ratificación del Congreso (es decir, una suerte de semipresidencialismo encubierto) puede ser pan para hoy y hambre para mañana.

-¿En qué sentido?

-No es conveniente que los presidentes, que no son otra cosa que autoridades elegidas directamente por la ciudadanía para que lleven adelante su programa de gobierno, dependan de los vaivenes de los miembros del Congreso, muchas veces más interesados en legislar pensando en su electorado específico que en la totalidad del país.

-Respecto al Congreso, se estaría optando por un bicameralismo asimétrico, aunque también hay posiciones, sobre todo en la izquierda, a favor de un sistema unicameral. ¿Qué nos dice la experiencia histórica?

-Más allá de que la historia efectivamente enseñe que en Chile ha existido un bicameralismo simétrico, es decir, con dos cámaras cuyas funciones se parecen y contrapesan, las voces que plantean que la unicameralidad es más “democrática” están claramente confundiendo los planos del debate. Es cierto que muchas veces los proyectos de ley se entrampan en disputas inconducentes entre los diputados y senadores. Sin embargo, ello no es necesariamente responsabilidad de la cámara alta, sino del juego político y los diversos actores que juegan en él. Es más, me parece que el régimen unicameral contradice explícitamente los objetivos descentralizadores que debería tener la nueva Constitución.

-¿Por qué?

-Porque dejaría a las regiones sin representantes nacionales. Aquí es claro que las posiciones más a la izquierda se están quedando cortas en su forma de entender la representación: ¿son las mayorías circunstanciales las únicas que merecen estar debidamente representadas en el Congreso, tal y como suele ocurrir en los regímenes unicamerales? ¿Qué sucede con las minorías? ¿No son ellas también dignas de contar con representantes que velen por su bienestar? No hay que tenerle miedo al contrapeso de poderes (en este caso, entre la cámara de diputados y el senado), como si poner frenos a las mayorías fuera un pecado antidemocrático. Prefiero un sistema que nos resguarde del poder a través del correcto contrapeso de los poderes; y si eso significa tener un bicameralismo asimétrico, entonces bienvenido.

-La propuesta en materia de Congreso implicaría un cambio sustancial, con lo cual la Convención podría alterar el mandato, por ejemplo, de senadores recién elegidos por ocho años. ¿Eres partidario de modificar los períodos de autoridades elegidas?

-No, no creo que sea conveniente, pues modificaría unas reglas previamente establecidas y aceptadas por quienes conforman la comunidad política. En momentos en que la incertidumbre arrecia y que cada vez se hace más urgente llegar a acuerdos generales, dejar al electorado sin sus representantes podría ser visto como una afrenta a la voluntad popular. Este tema tiene una connotación doblemente relevante, ya que remite a la vieja cuestión sobre qué tipo de mandato tienen los convencionales: “originario” o “derivado”. Sigo creyendo que es “derivado” y que, en consecuencia, existen ciertos límites o bordes que no deben sobrepasarse. Uno de ellos dice relación con la voluntad que hemos recientemente expresado en las urnas.

-Hay cierto apoyo a la idea de un mandato presidencial de cuatro años con una sola reelección. ¿Te parece que va en la dirección correcta o pondrá incentivos a que un presidente esté más preocupado de reelegirse que de gobernar?

-Soy partidario de que los presidentes puedan reelegirse de forma inmediata y por una sola vez, vale decir, de un mecanismo 4+4. Existe, por supuesto, el incentivo de que al tercer año de su mandato los incumbentes dejen de lado sus labores gubernamentales para dedicarse a su reelección. Pero también es cierto que cuatro años es muy poco tiempo para realizar un programa de gobierno, en especial en países que, como Chile, tienden a confundir las labores de Estado con las de gobierno. Por lo demás, los ciudadanos premian o castigan a quien busca la reelección. Ahora bien, cualquier modificación constitucional que se haga sobre la materia deberá, creo, esperar hasta 2026 para implementar dicho cambio.

-Esta Convención es inédita por varias razones: elegida democráticamente, paritaria, con pueblos originarios y una mayoría de independientes. ¿Cómo evalúas sus primeros seis meses y cuáles son tus expectativas?

-Sí, estamos frente una Convención con una conformación histórica: nunca había existido en Chile un órgano constituyente que intentara replicar la diversidad y complejidad de nuestra sociedad. Eso es, sin duda, una característica que merece ser aplaudida. Respecto a las polémicas y traspiés, son parte del quehacer de cualquier cuerpo representativo.

-¿Qué es lo problemático entonces?

-Lo verdaderamente problemático son las muy altas expectativas que se han generado en la ciudadanía, no sólo por la necesidad de introducir reformas profundas en la convivencia política, sino porque hay muchos convencionales que parecen haber perdido de vista para qué existen y cuál es el papel de las constituciones. No hay que olvidarlo: son las políticas públicas las que se encargan de implementar las constituciones, no el articulado constitucional por sí mismo. Y ello puede tardar muchos años, con las expectativas consiguientemente subiendo día tras día. Me temo que de tanto prometer lo irrealizable, la Constitución termine siendo un cúmulo de buenas (e ingenuas) intenciones más que una lista de preceptos practicables en un período relativamente corto de tiempo.

-En la Comisión de Forma de Estado tiene respaldo la idea de un “Estado regional plurinacional e intercultural, descentralizado y con autonomías territoriales e indígenas”. ¿Sería un cambio radical al estado unitario de 200 años?

-Todavía falta definir bien qué se entiende por plurinacionalidad y cuáles son sus efectos prácticos. Más allá del reconocimiento y la representación (dos demandas que me parecen correctas), ¿significa la plurinacionalidad que los pueblos originarios podrán autogobernarse y regirse según parámetros y leyes propias? ¿Qué ocurre con la soberanía? ¿Dejará ella de residir esencialmente en “la nación”, como lo han señalado nuestras constituciones desde hace casi doscientos años? Dar a las regiones más y mejores recursos es una labor primordial de la Comisión de Forma de Estado. Pero eso no quiere decir necesariamente que el país deba dejar de ser unitario. Uno de los grandes problemas del sistema político chileno es que confunde Estado unitario con centralismo, cuando en realidad la división territorial unitaria no excluye forzosamente una mayor y mejor descentralización.

-El discurso de Gabriel Boric fue aplaudido en Enade por su moderación, destacó el valor de la gradualidad y el aprendizaje de experiencias anteriores. ¿Crees que si no maneja bien las expectativas la llamada luna de miel puede durar poco?

-Es una buena noticia que el presidente electo comience a insistir en la relevancia de introducir cambios gradualmente e inspirándose en el aprendizaje acumulado durante las últimas décadas. Obviamente, “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Pero al menos podemos pensar/desear que el reformismo imperará por sobre los impulsos revolucionarios o refundacionales. No la tiene nada de fácil, en todo caso: Boric habrá de cuadrar un círculo muy diverso entre las distintas izquierdas, partiendo por el PC y sus devaneos soberanistas. Espero sinceramente que los comunistas no sean a Boric lo que los miristas fueron a Salvador Allende.

-¿Cuál debe ser el estilo de oposición de la centroderecha? ¿Es importante que mantenga un discurso claramente diferenciado? Y, al mismo tiempo, ¿debe empezar un cambio generacional y una reflexión sobre la derrota?

-A la centroderecha le ha faltado, bien lo sabemos, una reflexión intelectual profunda. Anclados muchos de sus militantes en una retórica tipo Guerra Fría o en una lectura noventera de la realidad, sus cultores han perdido la oportunidad de plantear un diagnóstico certero y convincente de la crisis. Decir que el estallido social es un invento de la izquierda o un ataque artero del “comunismo internacional” es muy cómodo, pero claramente simplista. Cierto, los indicadores muestran que la desigualdad ha disminuido significativamente en los últimos treinta años. Sin embargo, el endeudamiento de las clases medias y la sensación de abuso ha ido progresivamente en aumento, al igual como lo ha hecho la incertidumbre entre asalariados y pequeños empresarios.

-¿Y la relación con Boric?

-Aquí es donde la centroderecha tiene algo que decir, congeniando el valor del mercado con un Estado moderno y despersonalizado que esté al servicio de las comunidades. No basta con oponerse a Boric por oponérsele. Más bien, hay que presentar a la ciudadanía una propuesta concreta para salir del hoyo en el que se encuentra el país, defendiendo causas como la libertad de enseñanza y la libertad religiosa a partir de argumentos que sean, al mismo tiempo, liberales y conservadores. La pregunta es si las cúpulas de Chile Vamos están realmente interesadas en construir un proyecto mayoritario en base a ese tipo de luchas culturales o si, por el contrario, seguirán obstruyéndose las unas a las otras. En los próximos meses lo sabremos.

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