Abril 27, 2021

Opinión: Una crisis política de dimensiones históricas. Por Kenneth Bunker

Kenneth Bunker
Agencia Uno

Mientras que haber perdido el apoyo de la gente, y caído en las encuestas a niveles históricamente bajos, puede ser explicado por la coyuntura y múltiples variables, haber perdido el apoyo de su propia coalición es un factor que puede y debe ser explicado netamente por el carácter obtuso del presidente. Las consecuencias de eso serán muy drástricas para su sector.

La magnitud de la crisis.  La crisis política acaba de llegar a niveles históricos. Hay que volver décadas atrás para encontrar a un presidente con tan poco poder operando en un escenario político y social tan crispado como el de hoy. Aun así, hay algunos elementos en juego que incluso en los peores escenarios del pasado no estaban, como la preocupante pugna que se está dando entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo.

  • El gobierno de Piñera ha llegado tarde, mal y nunca a todos los cruces importantes. Es, en ese sentido, una crisis autoinfligida. Mientras que haber perdido el apoyo de la gente, y caído en las encuestas a niveles históricamente bajos, puede ser explicado por la coyuntura y múltiples variables, haber perdido el apoyo de su propia coalición es un factor que puede y debe ser explicado netamente por el carácter obtuso del presidente.
  • Las consecuencias son nítidas. Por lo pronto, se acabó el gobierno. Difícilmente Piñera podrá volver a tener el poder y empuje que tenía hace tan solo un par de años. Pero ese es el “desde”. Pues, por la erosión de las instituciones y la pugna entre los poderes del Estado que cada vez cobra más intensidad, el “hasta” es más drástico. Cada vez toma más fuerza la idea de que el presidente podría no terminar su mandato.

Todo menos sorpresa. Es importante destacar que la crisis se pudo haber evitado. Hubo varios momentos en los últimos meses donde el gobierno pudo haber actuado y no lo hizo. En cambio, avanzó como si fuese un año normal, común y corriente. En retrospectiva, es claro que, ante cada bifurcación en el camino, el presidente siempre optó por la ruta equivocada. Quizás sin darse cuenta, siempre actuó en contra de sus propios intereses.

  • Piñera nunca entendió, o no quiso entender, ni la fuerza de Pamela Jiles ni la fuerza de los retiros de fondos de pensiones. Tampoco logró entender la fuerza del ciclo político ni las razones que hicieron que más de dos tercios del poder legislativo apoyaran tres mociones tan técnicamente malas como la de los retiros. Piñera no estaría en la situación en que está hoy (con un 9% de aprobación y sin apoyo político) si entendiera algo de esto.
  • Otros personeros de la coalición de gobierno, conscientes de su desconexión, le ofrecieron varios salvavidas. El más reciente, y quizás el más lucido, fue el de Joaquín Lavín, que le propuso usar los fondos de cesantía en vez de los de pensiones. De haberlo tomado a tiempo, Piñera hubiese evitado el Tribunal Constitucional, alineado a su coalición, potenciado a los candidatos presidenciales de su sector y dejado fuera de juego a la oposición. Pero no, no lo hizo.

La culpa. La responsabilidad de que el país se encuentre en este entuerto es principalmente de Piñera. Su visión excesivamente obtusa y desconectada con la sociedad lo llevó a no solo perder el apoyo de la gente, sino que también a perder el apoyo de su propia coalición. En un hecho que no había ocurrido en más de setenta años, perdió hasta el apoyo de sus propios parlamentarios, y con eso el poder de gobernar.

  • Algunos apuntan al comité político como el culpable. Pero no es cierto, no puede serlo. Pues, como bien se sabe, los cuatro ministros con más poder del gobierno llegaron divididos a la coyuntura. Pero, dado que ninguno de ellos tuvo el poder suficiente para disentir, poco se pudo hacer. Al final del día, se impuso la sombra presidencial, logrando forzosamente alinearlos con la visión de Piñera.
  • Y si bien algunos apuntan al segundo piso como el culpable, también es erróneo. Pues, a pesar de que efectivamente Cristián Larroulet juega un rol central en el diseño de la agenda de La Moneda, es solo un funcionario más. A final de cuentas es Piñera el que toma la última decisión. Y por lo mismo, la decisión de actuar, de no actuar, o de actuar tarde, es de su exclusiva responsabilidad.

Salida a la crisis A esta altura es evidente que el gobierno tiene poco que hacer en lo que queda del cuatrienio. El presidente no tiene ni el apoyo de la gente, ni el apoyo de su coalición. En una especie de “Pato Cojo” permanente, es poco y nada lo que va a poder hacer para empujar su agenda hacia adelante. Sobre todo, considerando la batería de elecciones que viene. No habrá nada menos relevante que el gobierno.

  • Con mucho paño electoral que cortar, es difícil imaginar una vuelta al balance institucional normal. Es probable que el congreso seguirá dominando todas las decisiones importantes que se tomen de aquí al próximo marzo. Mientras que los parlamentarios de oposición seguirán obstruyendo al gobierno para mostrar la debilidad de la derecha, los parlamentarios oficialistas evadirán a Piñera a todo costo para evitar hundirse con el barco.
  • Sin el presidente firme en el timón, se pasará a una especie de cogobierno, donde los resultados relevantes se forjarán mediante acuerdos. Pero no acuerdos negociados que buscan justicia en el balance de poder, sino que acuerdos mañosos que le dan al gobierno lo mínimo que exige para poner de su parte. El Senado, bajo el control de Yasna Provoste, y la Cámara, bajo el encanto de Pamela Jiles, se asegurarán de que Piñera no vuelva a mandar.

Efectos inmediatos. Si bien es evidente que el principal impacto de la mala gestión del gobierno lo sufrirá el propio gobierno, es importante preguntarse cuál será el efecto sobre la coalición en términos electorales. Hasta ahora, todo apuntaba a que en la elección de constituyentes de mayo la derecha iba obtener más de un tercio de los escaños, y a que en la elección presidencial de noviembre contaría con la primera posibilidad de ganar. Desde hoy, nada de eso es cierto.

  • El fuerte cambio en el balance de poder, desde el ejecutivo al legislativo y de la alianza de derecha a la oposición dividida, necesariamente tendrá un efecto negativo para el sector del gobierno. Si bien la magnitud de ese efecto es imposible de medir a esta altura, es seguro decir que ya no se puede garantizar que la derecha podrá bloquear a la oposición en la Convención Constitucional, ni que se podrá detener el auge presidencial de Daniel Jadue y Pamela Jiles.
  • El error del gobierno, de llegar tarde a todos los cruces, se pagará caro. El recuerdo en el inconsciente colectivo de un presidente, y quizás de todo un sector político, incapaz de resolver problemas urgentes para las personas pesará en las urnas. Un día se mirará hacia atrás solo para observar la secuencia de oportunidades desperdiciadas que tuvo el presidente para enmendar el rumbo, corregir errores y evitar la derrota de corto y largo plazo.

 

 


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