No hay que ser un incondicional de la pintura de Matta, no hay que tener un grabado suyo (verdadero o falso) en el living de la casa y ni siquiera es necesario simpatizar mucho con el personaje, para apreciar el último libro de Rafael Gumucio, El vértigo de Eros, una vibrante crónica de los años de Roberto Matta en Nueva York. La obra cubre los diez años que van de 1939 a 1948, aunque en realidad se proyecta desde mucho antes y alcanza hasta mucho después.
En cualquier caso, el caudal de información que hay en estas páginas, en la forma de datos, de personajes, de referencias, de situaciones, de cruces, de líneas paralelas y de líneas tangenciales, es tan densa que muchas veces cuesta retenerla en la cabeza. Pero habla de un trabajo que se prolongó, en el más impaciente de nuestros escritores, en el más atarantado de nuestros cronistas, por siete largos años. Eso en sí ya es admirable.
Lo es mucho más, sin embargo, haber conseguido construir un eje narrativo coherente para entender una obra artística y un personaje que parecieran no tener ninguna otra constante que la contradicción, la fuga en muy distintas direcciones, la arbitrariedad y el caos.
Acierte o se equivoque, para Gumucio Matta fue siempre un artista que se estuvo yendo. Y su libro es una laboriosa acumulación de pruebas al respecto. Se fue de Chile, que era su país y que en realidad nunca sintió muy suyo. Se fue de la arquitectura, que había sido su profesión. Se fue de Europa, cuando la guerra llevó al exilio norteamericano a la flor y nata del mundo artístico y cultural del Viejo Mundo, en un momento en que él ciertamente era más nata que flor. Se fue de la familia que había formado con Anne Clark y de la cual habían salieron dos hijos, Batán y Gordon, muertos ambos prematuramente: Batán porque se quitó la vida, Gordon porque un cáncer al páncreas lo devoró en lo mejor de su inspiración artística.
Se fue asimismo del surrealismo, posiblemente cuando el movimiento, a pesar del magisterio de André Breton, o mejor dicho precisamente por culpa del magisterio de Bretón, ya no daba para más. Se fue también, a fines de esa década movida y definitiva para él, de Nueva York, la ciudad que había odiado, porque un lío afectivo se salió de control y terminó con un amigo suyo, que estaba enfermo y al que le había puesto los cuernos, terminó suicidándose. La tesis de Gumucio, entonces, es más que eso. Es un mecanismo que funciona como reloj.
Entre medio, el libro es también una puerta de acceso a la evolución de Matta, del principiante que fue, el arquitecto que iba dejando tras sí papeles y dibujos que él no tomaba muy en serio pero su entorno sí, hasta perfilar al artista consagrado, cenital, exitoso y millonario que tiempo después llegó a ser. Cuando se embarcó de vuelta a Europa ya tenía un nombre, ya tenía algo parecido a un proyecto creativo, si es que alguna vez tuvo algo como eso, pero todavía no era ni mucho menos el magnate o el rockstar de la plástica contemporánea que terminaría siendo a partir de los años 60.
Más allá de todo esto, y de la mirada de Gumucio a la trágica figura del hijo del pintor, Gordon Matta Clark, el libro también tiene emoción. Emoción por el lado de Matta, no obstante lo difícil que es penetrar al mundo de sus sentimientos, y emoción por el lado del autor, porque buena parte de la escritura de esa crónica lo pilla en Nueva York, ciudad que no le gusta, lo pilla en los encierros de la pandemia y lo pilla para más remate accidentado, luego que una mala maniobra en bicicleta, en los Hampton, donde estuvo recluido con su familia y la familia de su mujer, le significa la fractura de las dos manos. Ambulancia, hospitales, quirófanos, cuentas médicas, depresión. Es más: las últimas páginas del libro tienen un innegable dejo de tristeza.
Quizás a Matta no le gustarían porque si bien él no salió por la puerta ancha de Nueva York el 48, y se vino por unos meses a Chile a recuperarse, a la vuelta de poco tiempo volvió a Europa con ganas de volver a comerse el mundo, ahora con mayor voracidad que en cualquier otro momento de su vida.
Qué duda cabe que es un buen libro. Gumucio no solo tiene prosa y ritmo narrativo. No hay escritor chileno que maneje mejor que él la paradoja, como lo probó en la biografía de su abuela, Marta Rivas, y en la que escribió de Nicanor Parra, ambas publicadas por Ediciones UDP. Además, tiene humor y por ahí también conectó con Matta, que por cierto lo tenía, aunque seguramente más en lo que pintaba que en lo que decía.
Me cuesta creer que haya sido un tipo agradable, no obstante fue un gran seductor. Admiro, sí, aunque muchas veces me pareció un carretón con piedras, que nunca se haya victimizado como artista ni se haya sentido ninguneado por Chile, cosa rara en el gremio. Con Arrau, Huidobro y Neruda, Matta es con toda seguridad de los artistas más universales que han salido de nuestro país.
El vértigo de Eros
Roberto Matta en Nueva York, 1939-1948
Rafael Gumucio
Ediciones UDP, 2025, 306 pp.
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El largo brazo del espionaje en la Guerra del Pacífico: la inteligencia de Patricio Lynch. Por Héctor Soto.
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