Febrero 25, 2023

El verano de Boric: La fórmula Copano. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista
Agencia Uno.

La oposición a Piñera en el estallido y la pandemia jugó literalmente con fuego. Y es fuego es lo que ha recibido de vuelta. Lo dijo muy bien en un chiste Fabrizio Copano: parece a veces que Boric se vistiera con las chaquetas que dejó botadas Sebastián Piñera. A Piñera las chaquetas le quedaban chicas, a Boric grande. Aunque dependiendo de la chaqueta, a veces las que le quedaban grande a Piñera les quedan chicas a Boric. Los dos se sienten incómodos en el traje que intentan por todos lados sobrepasar.


Fabrizio Copano cambió el tono del humor en el Festival de Viña, estrenando una rutina perfectamente fresca, nueva y, al mismo tiempo, cuidadosamente profesional. Entre tantas cosas improbables que consiguió, logró la más difícil de todas: hacer humor político en un país cansado de la política, y todos los políticos.

Lo hizo usando justamente la figura más problemática de la política chilena y menos consensual: la del Presidente Boric. Sin disimular en nada su simpatía por el personaje, al que apoyó en la campaña, logró crear justamente a partir de él, eso mismo: un personaje.

El Presidente “cariñosito”, mal vestido, muy peinado, el cierre abajo, pero con las mejores intenciones siempre. Un Presidente que, como esos papás adolescentes, por culpa de un condón roto o de un exceso de pasión sin condón, aprenden a ser padres al mismo tiempo que a ser adultos.

Tengo la impresión que Copano le estaba regalando en su show al Presidente una vía de salida a la que es quizás la paradoja del momento: ¿Por qué después de abrazar a toda suerte de personas en los incendios forestales, después de hacer en ello todo lo que había que hacer, es el gobierno y no el Presidente el que sube de apreciación en las encuestas? ¿Cómo y cuándo esas dos figuras, la del Presidente y la de un gobierno que le es leal y afín hasta la obsecuencia, se separaron de esa manera en la percepción de la ciudadanía?

El sistema presidencialista extremo en que vivimos espera exactamente que ocurra lo contrario de lo que está ocurriendo con el Presidente Boric en este ardiente verano de todos los descontentos. Se supone que nuestro orden constitucional quiere preservar al Presidente de los errores del gobierno y conseguir que este sea un monarca que se relaciona de tú a tú con el pueblo.

Es lo que sucedía naturalmente con presidentes tan distintos como Pinochet, Aylwin, Frei Ruiz-Tagle, Lagos y Bachelet. Dispuestos todos a quemar los fusibles de sus ministros y reemplazarlos por otros, para seguir ellos en ese diálogo subterráneo y muchas veces inconsciente con la ciudadanía.

Algo de eso se rompió con Piñera. Este insistió en ser también el gobierno y todos sus ministros al mismo tiempo, y decirlo todo y no callarse nunca. No pudo o quizás no quiso ganarse el respeto de la ciudadanía, pero sí consiguió, gracias a las “Piñericosas”, granjearse algo de su simpatía. Nadie lo pudo nunca tomar en serio porque él mismo parecía complacerse en ser la caricatura de sí mismo.

Cuando hubo plata, y futuro y algo de ganas, nada de eso parecía demasiado grave. Cuando, en el segundo gobierno, empezó a faltar todo esto, esa ausencia de solemnidad y contención presidencial fue fatal para todos. Todo lo que hizo mal Piñera, le fue cobrado, pero también se le cobró por todo lo que hizo bien. La gestión de la pandemia y las vacunas le fue atribuido a sus ministros sin que el Presidente gozara más que incidentalmente de la sonrisa de sus ciudadanos.

La tradición republicana que llevaba a cualquier oposición a unirse con el gobierno ante catástrofes naturales o sanitarias incontrolables se rompió para siempre. La pandemia se convirtió para la oposición en un botín de guerra que explotaron con una irresponsabilidad por la que está pagando los costos hoy. Porque a la hora de los incendios de este ardiente verano, la solidaridad, el sentido de urgencia y colaboración que eran esperables, llegaron mal, tarde o nunca.

Vimos a una ministra del Interior eficiente, trabajadora, pero de cada vez con más mal humor y un Presidente que no sabía cómo conseguir estar en todas partes al mismo tiempo. El espíritu de colaboración desinteresada no llegó porque por demasiado tiempo, y el gobierno contribuyó fatalmente a ello, se buscaron culpables entre las mismas víctimas, antes de dedicarse, como finalmente todos se dedicaron, a calmar el fuego o al menos aplacar sus efectos.

La oposición a Piñera, en el estallido y la pandemia, jugó literalmente con fuego. Y ese fuego es lo que ha recibido de vuelta. Lo dijo en un chiste muy bien Fabrizio Copano: parece a veces que Boric se vistiera con las chaquetas que dejó botadas Sebastián Piñera. A Piñera las chaquetas le quedaban chicas, a Boric grandes. Aunque dependiendo de la chaqueta, a veces las que le quedaban grandes a Piñera le quedan chicas a Boric.

Los dos se sienten incómodos en el traje que intentan por todos lados sobrepasar. Sus intentos de ser solemnes, serios y presidenciales chocan contra su naturaleza, pachanguera y paternalista en Piñera, zorrona y estudiantil en Boric. Sus intentos de ser informales y simpáticos chocan con el hecho de que su humor no se parece demasiado al de la mayoría de su pueblo.

Son seres excepcionales, solitarios llenos de amigos, hijos de infancias heridas, hombre apegados a mañas y ritos que les permiten parecer normales sin serlo casi en nada. Inteligentes que pasan por tontos, o merluzos, en el caso de Boric. Personas que no han tenido o han tenido pocos jefes, patrones, maestros o padres severos y que por eso han conseguido un tipo de libertad, de “patudez”, o de audacia, que les ha permitido llegar a donde están, lejos, muy lejos de donde se esperaba que llegaran.

Ante ese nido de contradicciones la única solución es el humor. Porque la mayoría de las cosas que creemos intolerables en serio, son perfectamente vivibles y agradables en broma. Y los raros, los distintos, los inesperados, solo consiguen su lugar en el curso cuando se encuentra un sobrenombre y un par de tallas con que hacer calzar su personalidad única con la del resto del curso.

Por eso Copano le regaló al Presidente una salida que debería saber ampliar si quiere salvarse del fuego. Nunca será un Presidente de corbata y frases cortantes, pero puede ser el joven agradable y sensible en que podemos ver nuestra propia juventud y sus desengaños.

Como Copano que juega a ser el niño que es, pero tiene su show milimétricamente medido y ensayado, el Presidente debe aprender que solo queremos a los que nos hacen gozar, y que el poder entrega en la risa la única forma de gozo a los que no lo tienen.

No tiene el Presidente que hacer chistes, porque no le salen bien, pero saber reírse de sí mismo y procurar que lo hagan de la mejor manera posible. Menos abrazos, menos emoción, y más complicidad, más risas, más conversación.

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