El vacío de la alternativa: Las izquierdas ante el espejo. Por Ignacio Imas

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Las izquierdas tienen hoy la responsabilidad ineludible de evitar el camino del populismo y, lo que es aún más crucial, de no convertirse en los facilitadores involuntarios de la llegada de un liderazgo como el de Parisi a La Moneda.


Se han cumplido ya los primeros cincuenta días desde que la Administración de José Antonio Kast asumiera, un hito que, aunque breve en la cronología del poder, funciona como un umbral simbólico para analizar la reconfiguración del tablero. La opinión pública ha sido testigo de un fenómeno ambivalente: mientras la aprobación del presidente y su Gabinete muestra signos de erosión temprana, la oposición de izquierdas parece atrapada en una parálisis que desconcierta.

Lo que ocurre hoy en Chile no es fruto de la pericia táctica de los sectores progresistas, sino que sucede, paradójicamente, a pesar de ellos. Esta constatación deja un sabor amargo, pues revela una crisis de identidad y propósito que trasciende la mera derrota en las urnas; estamos ante una orfandad de proyecto que debería encender todas las alarmas.

Si volvemos la mirada a Dieter Nohlen, el politólogo alemán nos relata que el objetivo de todo partido político no es solo la búsqueda del poder por el poder mismo. Desde el “deber ser”, las organizaciones políticas tienen la misión fundamental de canalizar, interpretar y representar a la sociedad a partir de una visión programática propia y coherente. Es ahí donde reside la sustancia de la política: en la capacidad de ofrecer un horizonte de sentido.

Sin embargo, en estos primeros cincuenta días, lo que observamos en los sectores de oposición es una ausencia alarmante de voluntad articuladora. El Gobierno, en una maniobra que ha resultado inesperadamente exitosa, ha logrado desnudar la falta de coordinación y la fragmentación de un bloque que hoy parece una suma de individualidades dispersas antes que una alternativa de gobierno real. Esta desarticulación no es un accidente, sino el síntoma de una incapacidad de lectura sobre del nuevo ciclo político.

¿Cuáles son las lecciones que esta oposición debe extraer de su naufragio? La respuesta puede sonar a contrasentido en el ejercicio de la política, pero es de una urgencia vital: se requiere una cuota de sencillez y generosidad.

Hoy vivimos bajo lo que podríamos denominar la “dictadura del segundo”. En la era de las redes sociales, la atención del público se ha transformado en una moneda escasa que solo parece obtenerse mediante la estridencia y la palabra dura. Esta dinámica ha empujado a las izquierdas a una proliferación de vocerías inconexas que impiden cualquier grado de homogeneidad.

En medio de ese ruido ensordecedor de los algoritmos y los videos virales, no se logra distinguir una propuesta que hable al país profundo; en su lugar, gana el desparpajo y el personalismo desenfrenado. Es una política de superficie que olvida que la construcción de mayorías requiere densidad y tiempo.

El problema de fondo es que esta “dictadura del segundo” nos está sumergiendo en un vacío ideológico peligroso. Se ha privilegiado la frase efectista, por sobre la idea futura. Aunque estemos a muchos meses de enfrentar nuevos procesos electorales, la relevancia de las ideas es la columna vertebral de la actividad política. Sin ideas, la política se reduce a una coreografía de sombras donde el marketing reemplaza a la convicción.

Un ejemplo sintomático de esta deriva es el rol que ha asumido el Partido de la Gente. Más allá de sus posturas recientes respecto al Proyecto de Reconstrucción Nacional, lo cierto es que el desorden de las izquierdas termina jugando a favor del liderazgo de Franco Parisi. Parisi se proyecta hoy, ante el vacío de alternativas sólidas, como una opción viable hacia el 2030, capitalizando el desencanto con las estructuras tradicionales, incluso de las derechas.

Mientras tanto, las izquierdas no poseen figuras que la ciudadanía identifique como líderes legitimados o interlocutores válidos a quienes valga la pena escuchar. Se ha caído en la tentación de repetir la fórmula de “negar la sal y el agua”, esa estrategia de obstruccionismo ciego que el Frente Amplio y el PC aplicaron a Sebastián Piñera, y que el propio Kast utilizó contra la gestión anterior.

Si bien es cierto que esta táctica suele rendir dividendos electorales a corto plazo, cabe preguntarse si no es esta la oportunidad para elevar el nivel del debate público y salir de la trinchera.

Esta reflexión no pretende, bajo ningún concepto, aliviar la pesada carga de responsabilidad que recae sobre el presidente Kast y su gestión.

La crítica hacia una oposición dialogante no es una concesión al oficialismo, sino una exigencia hacia la calidad de nuestra convivencia democrática. El país que las izquierdas aspirarán a gobernar en unos años merece gobernantes de una estatura superior al que vemos en diferentes ejemplos, salvo algunos casos. Por ello, tienen hoy la responsabilidad ineludible de evitar el camino del populismo y, lo que es aún más crucial, de no convertirse en los facilitadores involuntarios de la llegada de un liderazgo como el de Parisi a La Moneda.

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