La reacción del Partido Socialista ante la resolución del Tribunal Constitucional de cesar en su cargo a la senadora Isabel Allende muestra a las claras el agotamiento de la alianza gobernante. Al culpar directamente al gobierno y al Frente Amplio por la génesis de la operación de venta de la casa del presidente Allende al Estado, lo que implica apuntar a la responsabilidad de Boric, e incluso interpretar políticamente el voto de los miembros del TC cercanos al FA, los dirigentes socialistas han llevado la desconfianza al extremo.
En realidad, el golpe recibido por el PS ha sido muy duro, no solo por aparecer indirectamente envuelto en un asunto que representaba una flagrante transgresión de la Constitución, en el que no es posible absolver de responsabilidad a la familia Allende, sino por el inevitable efecto de lesionar el patrimonio simbólico del partido, en cuyo centro está la figura de Salvador Allende.
El enojo del PS es un modo de cubrir su vacilante desempeño en torno al asunto, en lo que parece haber influido la creencia de sus dirigentes de que todo se iba a arreglar en La Moneda o que, al final, habría una mayoría amable en el TC. Cuando estalló el escándalo, ya estaba configurado un cuadro que obligaba al PS a adoptar una línea de riguroso apego a la legalidad, lo que habría implicado adoptar decisiones dolorosas, como aconsejar a Isabel Allende y Maya Fernández que reconocieran el error y renunciaran a sus cargos.
No fue así. Los dirigentes del PS no vieron la potencia destructiva del entramado de torpezas y negligencias asociado al intento de venta de la casa de Allende al Estado, que más tarde se supo que sería administrada por la Fundación Allende. ¿Ningún dirigente se dio cuenta del desastre que se estaba gestando? ¿Creyeron acaso que los abogados de La Moneda obrarían el milagro de volver legal lo que era ilegal? Cuesta asimilar el hecho de que el PS se declare dolido ahora. Parece fuga hacia adelante.
No se puede dejar de considerar el factor humano en este desgraciado asunto. Isabel Allende Bussi no merecería terminar su trayectoria política de este modo. Errores propios, pero sobre todo ajenos, le han hecho pagar un costo personal muy alto. Se desempeñó con gran responsabilidad como diputada y senadora durante 30 años, y merece respeto.
Tienen razón los socialistas al decir que han colaborado lealmente con Boric. También pueden decirlo los demás exconcertacionistas que se integraron al gobierno. Leales incluso al extremo de tragar sapos (como el proyecto de Constitución de la Convención), y poner la cara por las numerosas metidas de pata del mandatario.
Parece demostrado, pues, que la experiencia en este gobierno deja muchas lecciones acerca de cuán costosa es la mera asociación de intereses, que es propiamente lo que ha sido la alianza oficialista, y cuán indispensable es no sacrificar la coherencia en la acción política.
La tensión creada entre el PS y el FA acentuará las tendencias centrífugas en el gobierno. Todos los partidos asociados saben que no habrá continuidad, y tratan de hacerse una idea acerca de cómo se protegerán de las inclemencias del tiempo cuando Boric deje La Moneda. Se va desvaneciendo el incentivo de compartir el poder y todo apunta a que la alianza no sobrevivirá al fin del gobierno.
Así las cosas, cuesta imaginar una primaria presidencial oficialista, cuyo requisito es un compromiso programático que proyecte cierta respetabilidad y justifique el apoyo de los perdedores a quien pase a representarlos en la primera vuelta. Si llegara a realizarse esa primaria, adquiriría el aspecto de un mero negocio electoral, en medio de una nube de recelos entre los participantes.
De acuerdo a las encuestas, la figura del mundo oficialista que aparece con mejores posibilidades es Carolina Tohá, pero tiene por delante la tarea de subir una cuesta empinada: distanciarse de la experiencia del actual gobierno, sin dejar de reconocer su responsabilidad por el tiempo en que fue ministra del Interior.
Con todo, su intento tiene el aire de las tareas estimulantes: puede no ganar la Presidencia, pero sí poner las bases de la regeneración de una nueva centroizquierda, lo cual puede ser muy beneficioso para la estabilidad y la gobernabilidad en los próximos años.
Se ha iniciado la cuenta regresiva de la alianza oficialista. En ello, influirán hasta las exigencias de la mecánica electoral. No es posible armar una sola lista parlamentaria. No le conviene a nadie, porque reduce excesivamente el número de postulaciones de cada partido. Tal condicionamiento tendrá el efecto de mostrar un esquema de competencia. Se van separando las aguas.
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