Septiembre 23, 2022

El debut de Boric en Nueva York bajo el karma de la derrota. Por Jorge Schaulsohn

Ex-Ante
Crédito: Agencia Uno.

Gabriel Boric llegó a la ONU con una derrota bajo el brazo, disminuido, al frente de un gobierno dividido y paralizado. Con apenas seis meses de gobierno, la abrumadora mayoría de los ciudadanos rechazaron su proyecto político refundacional, dejando al presidente sin discurso. No tengo recuerdos de que algo similar le haya acontecido a ningún otro líder.


La Asamblea General de Naciones Unidas es la oportunidad para que algunos líderes mundiales puedan destacarse hablándole al mundo. Digo algunos porque no todos concitan el mismo interés de los medios o pesan lo mismo. En esa categoría especial debió haber estado nuestro presidente, el más joven del mundo, que alcanzó el poder al frente de una coalición de izquierda dura con la pretensión de dejar atrás el modelo neoliberal mediante una nueva constitución elaborada por una Asamblea elegida democráticamente.

Cuando Boric ganó las elecciones sorprendió al mundo y sobre todo a aquellos que hasta ese momento veían a Chile como un ejemplo de estabilidad, éxito económico y progreso social. Un país con el ingreso per cápita más alto de Latinoamérica que avanzaba hacia el desarrollo.

Su figura había sido destacada en las portadas de las revistas y periódicos más importantes del mundo.

La pregunta en boca de todos era ¿cómo es posible que la nación más estable y próspera de Latinoamérica votara por una izquierda estatista?

En circunstancias normales Boric debería exponer ante la comunidad internacional su visión transformadora de la sociedad, el nuevo modelo económico y social que propone para superar las enormes desigualdades, injusticias, abusos y humillaciones que, según él, ha sufrido el pueblo chileno a manos del neoliberalismo de los últimos treinta años.

Lamentablemente, Gabriel Boric llegó a la ONU cargando con un fracaso, herido en el ala, con una derrota bajo el brazo, disminuido, al frente de un gobierno dividido y paralizado; habiendo transcurrido apenas seis meses de su administración la abrumadora mayoría de los ciudadanos rechazaron su proyecto político refundacional en un plebiscito donde votó el 82% del padrón. El 62% lo hizo en contra de la propuesta de nueva constitución que él y su coalición promovieron activamente, dejando al presidente sin discurso.

Yo no tengo recuerdos de que algo similar le haya acontecido a ningún otro líder.

Para Boric se hizo difícil hablar del futuro y optó por hablar del pasado. El presidente intentó posicionarse como una especie de “alter ego” de Salvador Allende que en los años 70 ocupó la misma tribuna para explicar la denominada vía chilena al socialismo, con democracia, empanadas y vino tinto. Llegando incluso a organizar un homenaje a los 50 años transcurridos desde ese famoso discurso.

En su intervención, repitió la descripción “provinciana” del Chile de 1972 ignorando que el país de hoy no tiene nada que ver con el Chile pobre, subdesarrollado y miserable que conoció Allende, dependiente de la exportación de materias primas subvaloradas. No sé hasta qué punto la identificación con el expresidente Allende cuyo gobierno terminó con un golpe de estado, sea útil para avanzar en la construcción de un mejor país en el siglo XXI

Cuando Allende habló en la asamblea general estaba en su apogeo gozando de gran respaldo ciudadano e internacional. En las elecciones municipales del 1971 la UP alcanzó casi el 50% de los votos. Allende fue a las Naciones Unidas siendo un gran líder, desafiante y con un proyecto político claro y definido, lo que difiere enormemente de la situación actual del presidente Boric.

El karma de la derrota que atormenta al Presidente desde el 4 de septiembre del 2022 (juicio de valor personal) se vio reflejado en una intervención que a ratos parecía un poco esquizofrénica. Osciló entre una crítica implacable a la situación del país y el reconocimiento de los éxitos de la Concertación. Fue, claro está, un mensaje diseñado para dejar contentas a las dos almas que conviven en un estado de guerra no declarada dentro del gobierno, pero que resulta muy confuso para una audiencia internacional que no está familiarizada con los intersticios de la política local.

En su discurso nos dijo que en los “últimos 30 años se redujo notablemente la pobreza y hubo importantes avances en materia social”, reconociendo que la gente “quiere cambios “sin poner en riesgo sus logros presentes”.

Pero acto seguido arremete con todo contra el modelo económico que ha hecho posible esos logros al que culpa de llevarnos “a ser uno de los países más desiguales del mundo”.

Lo que desde luego no es efectivo ya que Brasil, Panamá, Colombia, Honduras, Paraguay, Costa Rica, México, Guatemala, Nicaragua y República Dominicana son mas desiguales aplicando el índice de Gini. La desigualdad no solo no aumentó en los últimos treinta años, sino que disminuyó sensiblemente, por lo menos hasta el estallido social.

El presidente también estimó necesario referirse a las violaciones a los derechos humanos durante el mandato de su antecesor en el contexto de un estallido social extraordinariamente violento, lo que él mismo reconoce. Lamentablemente entregó cifras incorrectas ante la comunidad internacional. Según los datos del Instituto Nacional de Derechos Humanos son 173 las personas que habrían sufrido trauma ocular y no más de 400 como dijo. Tampoco dijo que las denuncias están siendo procesadas por la justicia como corresponde en una democracia.

El presidente Boric optó por hablar de política interna. Su mensaje estaba dirigido principalmente a los chilenos usando la tribuna de Naciones Unidas como una especie de cadena nacional, lo que solo puso de manifiesto las dificultades que enfrenta y la inestable situación política, social y económica complicándole la vida al ministro de Hacienda que busca incentivar la inversión extranjera.

El difícil momento por el que atraviesa el presidente y su gobierno tras la derrota en el plebiscito, las divisiones en el seno de la coalición sobre el TPP11 -al que Apruebo Dignidad califica de “política internacional imperialista”-, un proceso constitucional incierto y el impasse diplomático con Israel -que nos sitúa en la vereda opuesta a la de nuestros aliados tradicionales de occidente como Estados Unidos y la Unión Europea- le restaron prestancia y peso a su participación en la Asamblea General.

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