Agosto 26, 2022

El caso Jeanette Vega y los problemas pendientes de un gabinete que no da para más. Por Kenneth Bunker

Ex-Ante
Crédito: Agencia Uno.

Lo que ocurrió con la ministra de Desarrollo Social esta semana permite examinar en mayor profundidad la relación causal, y explicar por qué exactamente las personas se han ido desilusionando de quienes dicen portar las banderas de cambio.


La temperatura ambiente está cambiando. La esperanza que envolvió las históricas elecciones de Gabriel Boric y los miembros de la Convención Constitucional se está evaporando. Las cifras de las elecciones pasaron a la irrelevancia: no importa ni que Boric haya sido elegido con el mayor número de votos de la historia, o de que las fuerzas “progresistas y transformadoras” hayan obtenido un número masivo de escaños en la elección de convencionales. Hoy, lo único que importa, son los resultados. Y, por lo visto, los resultados han sido bastante peores de lo que se pensó podrían ser.

En cualquier caso, se debe constatar que el Apruebo aún puede ganar el plebiscito y que Boric aún puede remontar. Pero incluso si lo hicieran, si lo dieran todo vuelta, nadie les devolverá el tiempo perdido ni las consecuencias de aquello. Quienes cruzaron el puente gracias a la inoperancia de sus representantes difícilmente volverán a confiar en ellos o endosarlos políticamente. A la larga, esto le habrá traído al gobierno y a los constituyentes una oposición adicional a la que ya había. Una oposición, que al estar compuesta por “conversos”, será incluso más peligrosa que la otrora.

Sobre cómo y por qué las personas han pasado de un bando a otro, del Apruebo al Rechazo y de aprobar a desaprobar al presidente, se ha escrito bastante. Pero lo que ocurrió con la ministra de Desarrollo Social esta semana permite examinar en mayor profundidad la relación causal, y explicar por qué exactamente las personas se han ido desilusionando de quienes dicen portar las banderas de cambio. De partida, lo que ocurrió con la ministra Jeanette Vega demuestra que el problema no es uno de interpretación política ni de lectura analítica, es, expresamente, uno de gestión. Que no queden dudas: la ministra cayó por su propio peso.

Primero, cayó porque no respetó los deberes ni derechos de su investidura. Segundo, cayó porque contactó, sin la autorización del presidente, a un criminal confeso que ha sido vinculado al terrorismo que ocurre cotidianamente en la macrozona sur. Y tercero, cayó por su poca prudencia, habiendo expuesto a su cartera, y a los funcionarios de su cartera, a una peligrosa red de delincuencia que no escatima para conseguir sus objetivos. En breve, la ministra cayó por exceder sus limitaciones, tratando de hacer más de lo que debía hacer, a nombre de nadie más que ella misma, y con consecuencias potencialmente irreversibles.

Esa arrogancia es el hilo conductor del éxodo de apoyo a las fuerzas del cambio. Tanto la ministra, representante del gobierno, como los convencionales, representantes del proceso constitucional, se dieron atribuciones que simplemente no tenían. Y qué mejor ejemplo que la liviandad con que ambos se refirieron a procesados y condenados por la justicia como “presos políticos”. Haber ganado sus elecciones no les da ni el derecho ni el deber de pasar por encima del poder Judicial para darse pequeños gustos ideológicos. Afortunadamente, viene con un costo: hoy los chilenos desaprueban fuertemente a ambos.

Con la idea de que el proceso constituyente sigue adelante, sin importar el resultado del plebiscito, el verdadero enjambre está en el gobierno, el cual parece avanzar a la deriva, improvisando para mantenerse a flote. Lo cierto es que pareciera que no hubiera una intención de aceptar culpas viejas para tomar responsabilidades nuevas. Como un adicto (a sí mismo) en la etapa de la negación, el gobierno no quiere avanzar si aquello conlleva dejar su esencia atrás. El problema es que mientras no de el paso de echarlo todo abajo para reconstruirlo de nuevo, no podrá reivindicarse y avanzar.

Lo anterior evidentemente va más allá de un cambio de actitud. Pues, las palabras se la lleva el viento. El cambio verdadero parte, a lo menos, de un recambio fundamental de las personas que sostienen al gobierno. Si el problema es el exceso de arrogancia, habría que traer a personas más modestas. Si el problema es la falta de oficio, habría que traer a personas con mayor experiencia. Si el problema es la radicalización de ideas, habría que traer a representantes más centrados. En definitiva, la única solución pareciera ser retroceder, moderarse, y ampliar la base de apoyo antes de seguir adelante.

En corto, es volver a la segunda vuelta. Boric ganó la elección porque cedió. Ganó la elección porque escuchó el mensaje del pueblo en la primera vuelta. Supo, oportunamente, dejar de lado ideas obtusas de política chica y abrirse camino hacia el centro. Si hace lo mismo ahora, mediante una intervención profunda a su gabinete, podrá salir adelante en el mediano plazo. La Convención tuvo la oportunidad de hacerlo en febrero de este año, cuando se le advirtió, desde todos los sectores políticos que iba por mal camino, y no lo hizo. Hoy, se acerca al plebiscito tambaleando y ad-portas de una de las palizas electorales más vergonzosas de la historia.

Es entendible que Boric quiera esperar el plebiscito para hacer el cambio, pero eso no lo puede disuadir de tomar la decisión desde ya. Debe definir ahora las características que tendrá su nuevo gabinete. Por lo pronto, por las deficiencias de los actuales ministros, y los desafíos que se vienen, debe ser un gabinete compuesto por personas con más trayectoria y llegada en el Congreso, y dispuestas a dialogar con todos los sectores sociales representados en la política, sin excepciones y sin condiciones. Por cierto, también debe ser también un gabinete dispuesto a admitir que buena parte de lo que se hecho hasta ahora ha sido un fracaso.

El cambio de gabinete debe ser profundo y extenso. Y no puede depender de lo que pase en el plebiscito. Si gana el Apruebo, no significa que haya mérito del gabinete. En ese caso, la pregunta será: ¿por qué el Apruebo ganó por tan poco? El cambio de gabinete debe hacerse en base a los elementos que le faltan al gobierno: más social democracia, más altura de miras, y más conexión con los chilenos de a pie (y no solo con los que votan por un determinado sector político). No hacer un cambio profundo y extenso será leído como un intento de maquillaje y una oportunidad pérdida.

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