Las guerras no ocurren solo en el frente militar. También perturban el comercio, elevan costos, encarecen el financiamiento y debilitan la confianza con que empresas y familias toman decisiones.
Los organismos internacionales proyectan crecimiento, inflación y tasas de interés suponiendo un entorno relativamente estable. Cuando esa base se rompe, se desordena el conjunto y la conducción económica se vuelve más difícil. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán marca un quiebre relevante para la economía global.
El primer canal es el energético. Irán no domina por sí solo la producción mundial de petróleo, pero está en una zona crítica: el estrecho de Ormuz, por donde pasa 20% del crudo que consume el mundo. No hace falta una interrupción efectiva del suministro para que suba el precio del petróleo y aumente su volatilidad; basta con que aumente el riesgo. De hecho, en las primeras semanas del conflicto, su precio pasó de 65 dólares el barril a 120, para luego retroceder a 80. La consecuencia es clara: más presión inflacionaria y menos espacio para que los bancos centrales bajen sus tasas.
El segundo canal es el financiero. En episodios de tensión geopolítica, los inversionistas buscan refugio en activos más seguros y reducen su exposición a economías emergentes. El patrón se repite: dólar fortalecido, monedas emergentes debilitadas y crédito más caro.
El tercer canal es el comercial. Los conflictos en zonas estratégicas elevan las primas de seguro, encarecen los fletes y vuelven más frágiles las cadenas de suministro. Las empresas reaccionan como pueden: acumulan inventarios, diversifican proveedores y postergan decisiones. Eso no paraliza de inmediato la economía mundial, pero sí la vuelve más lenta e ineficiente.
El cuarto canal es el fiscal. Las guerras obligan a gastar más. Incluso países que no participan directamente tienden a elevar su presupuesto en defensa y seguridad. Si eso ocurre en economías ya altamente endeudadas, la presión sobre las tasas de interés globales puede aumentar. Y si suben las tasas largas en los países avanzados, el costo termina repartiéndose por todo el mundo.
El quinto canal es menos visible, pero importante: la incertidumbre. Cuando el horizonte se vuelve menos predecible, empresas y familias optan por esperar. La guerra empieza así a dañar la actividad incluso antes de destruir infraestructura o interrumpir flujos físicos.
China ha expresado su preocupación por la escalada y ha llamado a un cese del fuego. Esa posición hace improbable que respalde una profundización del conflicto liderado por Washington.
Para Chile, eso agrega una complejidad adicional. Nuestro principal socio comercial es China -que representa cerca de 35% de nuestras exportaciones-, pero la potencia financiera, tecnológica y militar decisiva sigue siendo Estados Unidos. Dependemos de ambos y no podemos desacoplarnos de ninguno. De modo que, aunque estemos apartados geográficamente, seguimos muy expuestos cuando se endurece el entorno geopolítico.
Esa exposición vuelve más costoso cualquier error de lectura. En ese contexto, la experiencia reciente deja una señal que convendría corregir. En vez de administrar con prudencia una inserción internacional compleja, el gobierno que acaba de terminar tendió a privilegiar definiciones enfáticas. Para un país como Chile, la política exterior no debiera ser un espacio de autoexpresión, sino un instrumento de resguardo estratégico.
Si este conflicto empuja al mundo hacia una mayor fragmentación y rivalidad estratégica, y consolida el proteccionismo y la politización del comercio, países como Chile podrían enfrentar condiciones más adversas que aquellas en las que prosperaron durante las últimas tres décadas. Y si, además, China se desacelera por el shock energético o por un deterioro más profundo del entorno global, el impacto sobre nuestras exportaciones será directo. Basta considerar que, durante 2025, 51% del cobre que exportamos se dirigió a ese mercado.
En medio de esta economía de guerra, la primera obligación de Chile no es convertir la política exterior en un ejercicio de proclamación, sino afirmar lo propio: estabilidad macroeconómica, instituciones confiables, capacidad de adaptación y una lectura sobria del mundo que viene. Las guerras pueden ocurrir lejos. Pero sus costos, para países como el nuestro, llegan rápido y se pagan caro.
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Emergencias naturales, resiliencia y sostenibilidad fiscal. Por Marcelo Mosso. https://t.co/6sJ5AWyXaw
— Ex-Ante (@exantecl) March 10, 2026
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