La baja tasa de natalidad en Chile se ha vuelto un tema recurrente en el debate público. Antes de su trágico fallecimiento, el expresidente Sebastián Piñera no perdía ocasión de llamar la atención al respecto, especialmente por las consecuencias económicas del envejecimiento poblacional y la consiguiente depresión demográfica. Investigadoras como Alejandra Abufhele y Martina Yopo dicen que Chile tiene una de las brechas más pronunciadas a nivel mundial entre tasa de fertilidad (1,17) y tasa de reemplazo generacional (2,1).
Aunque la caída del embarazo adolescente y el incremento en la autonomía reproductiva de las mujeres por mayor educación, mejor acceso a salud y crecientes oportunidades laborales son aspectos positivos del desarrollo, se advierte un panorama complejo en varios otros frentes, especialmente en términos de productividad. Una sociedad que envejece ve disminuida su capacidad de generar riqueza. Se resiente también su potencial de innovación. Ni hablar de pensiones solidarias si la creciente carga de los jubilados se la lleva una población laboral cada vez menor.
Todo lo anterior sin mencionar que una parte del reemplazo generacional en Chile es efecto de la migración, lo que algunos sectores más nacionalistas resienten. En Europa, Houellebecq ya metió suficiente miedo con sus novelas: al ritmo actual, la futura composición demográfica del viejo continente estará dominada por la descendencia musulmana.
Lo paradójico de esta preocupación por la baja natalidad en el mundo desarrollado y en países en vías del desarrollo como Chile, es que contrasta radicalmente con las recomendaciones de los expertos en materia climática y medioambiental. En el mundo científico, existe consenso en que la sobrepoblación del planeta es uno de los problemas centrales de la crisis ecosistémica.
Aunque se pueden hacer muchos esfuerzos individuales para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y ralentizar los efectos del cambio climático, como cambiarse a un auto eléctrico, dejar de viajar en avión o hacerse vegano, no hay nada -por paliza- que contribuya más que “tener un hijo menos”. En una economía que todavía depende del uso de combustibles fósiles, cada niño que llega al mundo es una nueva fuente de emisiones.
Si la tasa de natalidad tiene un innegable impacto en la crisis climática, y nos preocupa el futuro de la humanidad en el planeta, entonces deberíamos tener menos -y no más- hijos. Esto no significa desconocer las consecuencias económicas negativas de un descenso en la fecundidad. Significa constatar la otra cara de la medalla: si tenemos más hijos, estamos contribuyendo a un daño medioambiental que podría ser catastrófico.
Este daño justificaría, según algunas filósofas, limitar el derecho a procreación. A fin de cuentas, así funciona con todos los demás derechos: ninguno es absoluto, todos admiten ciertas restricciones. Al menos en la tradición liberal, el límite es el daño a terceros. Según este argumento, el daño que producirá la crisis climática -especialmente sobre los más pobres del planeta- justificaría la regulación de una libertad que hasta entonces nos parecía tan evidente que ni siquiera la listábamos en los catálogos constitucionales.
Otra paradoja para los que crecimos abominando la política de los chinos de permitir un hijo por familia. Si el derecho de traer niños al mundo está relacionado con satisfacer el deseo o la necesidad humana de tener descendencia y ejercer la maternidad/paternidad, la filósofa Sarah Conly sostiene que basta con tener uno solo. Sobre eso, admite regulación.
Persuadidas por la evidencia científica, muchas mujeres del llamado “primer mundo” han decidido renunciar a la maternidad precisamente porque el futuro en que vivirían sus hijos les parece aterrador, como es el caso de las BirthStrikers en Reino Unido. Si hoy en día la sociedad tiene la prerrogativa de quitarle los hijos a los padres que los maltratan, piensan algunos, ¿por qué no ahorrarles el sufrimiento a los niños del futuro prohibiéndole a sus padres que los conciban?
Todos estos argumentos son controvertidos. En algunos rincones políticos, la preocupación por la crisis climática es vista como una excentricidad de países ricos, un hipsterismo verde desconectado con las necesidades de la gente común y corriente que necesita bencina para transportarse y carbón para calentarse. Que más encima quieran patrullar vientres en nombre de una catástrofe incierta les parece inaudito. Este discurso -típico de las derechas populistas- encuentra aliados en los grupos conservadores y filo-religiosos que no conciben restricciones a la procreación. Si el mandato bíblico dice “creced y multiplicaos”, ¿quiénes son estos iluminados para contradecirlo?
Pero estas respuestas no resuelven la paradoja. Desde una perspectiva consecuencialista, tanto un descenso como un aumento en la tasa de natalidad producen efectos negativos. Estamos condenados a navegar en esta dualidad. Lo importante es hacernos cargo de los dos lados del problema.
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