Febrero 27, 2022

De la calle a la Moneda: la travesía del Frente Amplio (II). Por Noam Titelman

Ex-Ante

En 2018, en el foro empresarial ICARE, el entonces ministro del Interior, Andrés Chadwick, explicaba de la siguiente manera poner fin al impulso reformador, incluido el intento de generar una nueva constitución, del gobierno de la Nueva Mayoría: “Tenemos una clase media amplia, sólida y estable, que es clave para construir un proyecto futuro… es una clase media moderada que cree en sí misma”.

Este discurso, que marcaría el sello de los primeros dos años del gobierno de Piñera, mostraba el convencimiento de la coalición de centroderecha de que la contundente victoria electoral era resultado de fuerzas estructurales en la sociedad chilena, impulsadas por una clase media moderada. Tan seguro se estaba de esta caracterización de la clase media que hasta se permitían aventurar estar en el poder no menos de 8 años.

Menos de dos años después vendría el estallido social de 2019, seguido por el derrumbe electoral de la centroderecha en las elecciones municipales, convencionales y de gobernadores de 2020. Es más, las clases medias, a las que la centroderecha le había asignado un fuerte impulso moderador, jugaron un rol protagónico en el surgimiento y consolidación electoral de una fuerza que pujaba por transformaciones profundas: el Frente Amplio (FA).

¿Quiénes son estas clases media que le dieron un segundo aire a un Frente Amplio que varios daban por muerto?

En esta segunda columna sobre el Frente Amplio me referiré al proceso de “depuración” que tuvo la coalición, luego de haberse consolidado como una fuerza parlamentaria en las elecciones de 2017.

Lo que propongo es que en este proceso el Frente Amplio se volvió menos “amplio” en términos de la diversidad de posiciones políticas que lo conformaban. En lugar de esta diversidad se asienta la posición del núcleo que emerge en torno a las movilizaciones del 2011. Una posición que logró resonar en las emergentes clases medias nacionales, desplazando a la derecha en su capacidad de convocar a este grupo social.

El Frente Amplio se hace menos Amplio

En noviembre de 2019 concurrieron a la firma para el acuerdo de nueva constitución los partidos y movimientos que provenían del núcleo estudiantil del FA: Revolución Democrática (RD), Comunes y Gabriel Boric (sin apoyo de su partido, Convergencia Social), además del partido Liberal.

Los demás colectivos y partidos no solo no dieron su firma, sino que terminaron por salirse de la alianza. Posteriormente, luego de que se confirmara una nueva alianza con el Partido Comunista (PC), el partido Liberal y dos diputados de RD, también abandonaron la coalición.

Varios se apresuraron en declarar la muerte del FA, asegurando que lo que quedaba de él sería absorbido por la identidad PC. Entre la propia militancia del FA empezó a instalarse la pregunta de si su destino sería ser la primera coalición del nuevo orden político que comenzaba a nacer con el estallido social, o la última de un orden en declive.

Este fue el telón de fondo de las elecciones municipales de 2021, en las que se eligieron los integrantes de la Convención Constitucional, alcaldes y gobernadores y en las que el FA, nuevamente, dio otra “sorpresa”. En particular, fue llamativo el éxito alcanzado por el FA en las elecciones de alcaldes.

El FA logró arrebatarle populosas e icónicas municipalidades a la derecha. En comunas que incluían icónicos puestos alcaldicios de la derecha, como el de la comuna de Maipú, el triunfo fue innegable. Así fue también en San Miguel, Estación Central, Viña del MarValdivia y otras localidades.

Aunque es difícil englobar todas estas comunas, es posible asociarlas con las clases medias que crecieron explosivamente a lo largo de los últimos 30 años y que, hasta ese momento, parecían haber tenido algún nivel de sintonía con la derecha.

¿Qué es lo que ofrecía el FA en su versión post acuerdo de nueva Constitución que resonaba en estas capas medias?

La relación entre el Frente Amplio y las nuevas clases medias

El discurso de Chadwick en ICARE, en el que el gobierno de Piñera desecho, entre otras cosas, la propuesta constitucional de Bachelet, ejemplifica la visión que dominaba (y en alguna medida lo sigue haciendo) desde la derecha sobre esta clase media.

En esta visión, la clase media se movería ante todo por el temor a perder lo alcanzado, con una fuerte dosis de escepticismo por las posibilidad de la política de mejorar su calidad de vida.

Esta visión que, por cierto, refleja algunos elementos de las nuevas subjetividades de este sector social está lejos de explicar por completo a la clase media. No entender eso fue uno de los errores de diagnóstico en la base del estallido social de 2019, de los resultados desastrosos del “rechazo” en el plebiscito de 2020 y de los partidos de derecha en las municipales y convencionales de 2021.

Como explica Bizet, las clases medias chilenas no pueden entenderse solamente mirando sus miedos, como suele pretender la elite nacional. Más bien, lo que define las subjetividades de este sector es: “la combinación en forma de binomio, y no oposición mutua, de rabia y miedo, por un lado, y la amplia percepción de maltrato, por otro” (Bizet, 2021).

Efectivamente, el miedo los une con los sectores altos, pero la rabia frente al orden establecido los conecta con los sectores más desposeídos. Por ejemplo, el costo de la vida genera una rabia de intensidades similares en clases medias y bajas, con 53%. Al mismo tiempo estas clases medias presentan similares niveles de desconfianza a las que presentan las clases altas respecto a sindicatos y partidos políticos.

Si las sorpresas electorales del FA descritas en la columna anterior se explican por la incomprensión del “centro” político, la “sorpresa” electoral de 2021 habría provenido de una lectura insuficiente de las nuevas clases medias.

El FA pudo encarnar la rabia frente al malestar que persistía en estas clases medias. La fragilidad de su situación económica y su cercanía con los sectores de menores ingresos no se traducía solamente en miedo al cambio, como pretendió demostrar el piñerismo, también se tradujo en una rabia contra las elites.

Por otro lado, el hecho de que el nuevo FA estuviera compuesto exclusivamente por fuerzas políticas que apoyaron el acuerdo de noviembre de 2019 (incluso el partido de Boric, que terminó dando sus votos en el congreso para sacar la reforma constitucional que dio inicio al proceso Constituyente) le entregó una identidad mucho más nítida al conglomerado.

Este logró consolidarse en su posición crítica, de renovación, claramente posicionada en la izquierda, pero anclada en un sentido republicano de democracia y diálogo. Una garantía que fue crucial para sobreponerse a los naturales miedos de las clases medias ante las apuestas de cambio.

Esta identidad era claramente diferente a la de 2017, que era políticamente más difusa y que se definía en oposición a los bloques tradicionales. En este sentido, el “nuevo” FA tenía menos amplitud política, pero más profundidad social.

En aquel momento, este nuevo FA se veía más consistente ideológicamente y sus principales liderazgos parecían haber madurado al calor de las crisis y derrotas de los años anteriores. Gracias al apoyo de las clases medias, el FA se había ganado la oportunidad de ser parte del nuevo capítulo de la política chilena.

El siguiente desafío que se le presentaba al conglomerado era expandirse más allá de su nicho anclado en el movimiento estudiantil y las clases medias, era convertirse en un verdadero proyecto de mayorías nacionales. De este proceso, que culminó con la llegada a la Moneda, se tratará la próxima columna. La última de la serie.

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