Daniel Mansuy y su nuevo libro: “Los mitos son peligrosos, y la nueva izquierda está atrapada en el mito de Allende”

Marcelo Soto

Académico del centro Signos de la U. de los Andes e investigador asociado del IES, Daniel Mansuy acaba de publicar “Salvador Allende. La izquierda chilena y la Unidad Popular”, un notable ensayo que recorre críticamente -y no sin admiración al gesto final del mandatario socialista- los años 1970-1973. “Allende ha sido una obsesión para mí porque condensa muchas de las tensiones de nuestra vida política”, dice.


 -Los primeros meses de la UP fueron exitosos, pero en algún momento los grupos medios lo abandonan. ¿Por qué sucedió esa desafección?

-Los primeros meses de la UP fueron no sólo exitosos, sino que también eufóricos. Régis Debray dijo en alguna ocasión que quienes no vivieron esa época no han conocido “la dulzura de la vida”. Es aquello que Moulian ha llamado la dimensión de fiesta de la UP. Había, por un lado, el sentimiento de acceso al poder de un grupo históricamente excluido. Por otro lado, la UP desplegó en sus primeros meses un programa de tinte populista, con expansión del gasto y que aumentó exponencialmente el consumo de los sectores populares.

Era todo alegría, y la oposición estaba desorientada y sin reacción. Sin embargo, durante el segundo semestre de 1971 el clima varía rápidamente, pues ya se notan los efectos de la emisión de dinero, y empiezan a escasear bienes básicos. Todo esto se cristaliza con la visita de Fidel Castro a fines de año, que da lugar a la marcha de las cacerolas vacías el 1º de diciembre: ahí queda claro que los grupos medios toman distancia del gobierno. La UP nunca tuvo un diagnóstico compartido sobre esa distancia, nunca supo cómo reducirla, y eso hizo imposible la vía chilena al socialismo.

-En alguna parte del libro dices que Allende fue una obsesión para ti. 

-Allende ha sido una obsesión porque, en muchos sentidos, su figura condensa muchas de las tensiones y preguntas que han articulado nuestra vida política en las últimas décadas. Debo decir que el hombre nunca me ha producido antipatía, más bien al contrario, más allá de que creo que cometió muchos errores, algunos de ellos muy graves. En las conversaciones familiares Allende estaba muy presente, como estaba presente en general toda la historia reciente de Chile. Crecí en una familia donde siempre escuché hablar de estos temas, cuestión que agradezco.

-Un capítulo está dedicado a Boric y Allende. “Boric quería emular a su predecesor, pero ni siquiera es seguro que haya comprendido cabalmente al personaje”. ¿Boric se considera heredero de Allende, por qué dices que es peligrosa esta presunción?

-El día de su triunfo, Boric parafrasea el discurso de Allende del 4 de septiembre de 1970. Luego, el día que asume, se detiene frente a la estatua de Allende, y cierra su primera intervención aludiendo a las grandes alamedas. Gabriel Boric es un hombre culto e interesado en la historia: ninguna de esas señales es fruto de la casualidad, muy por el contrario: esa es la tradición en la que quiere inscribirse.

Todo esto suena muy bien, pero hay también un enorme peligro implícito: ¿es posible ser fiel a las exigencias morales y políticas involucradas en el último discurso de Allende? ¿No está condenado a traicionar ese legado tan exigente? Todo esto conduce a pensar que la figura de Allende ha sido mitologizada e idealizada, pues allí la nueva izquierda ha encontrado un precedente puro y no contaminado por la historia de la Concertación.

-¿El Frente Amplio mitifica a Allende?

-Hay allí una grave carencia teórico-política: Allende no es sólo el hombre de la mañana del 11, sino que también es el principal responsable de un proceso político fracasado (y no solo derrotado). Interrogar las causas de ese fracaso fue la gran tarea de la renovación socialista. Las lecciones de ese proceso han sido completamente ignoradas por la nueva generación, en una actitud cuando menos frívola. Si la nueva izquierda no es capaz de pensar ambas dimensiones a la vez, se seguirá estrellando contra una esfinge que no comprende ni puede comprender.

También tocas la relación entre Allende y Aylwin. ¿Por qué fracasó el diálogo?

-Hay una vieja discusión entre la izquierda y la DC respecto de las responsabilidades que le caben a cada cual en ese diálogo frustrado. Mi impresión es que ese debate es un poco ocioso porque, a esas alturas, el diálogo enfrentaba obstáculos estructurales que dependían poco y nada de la voluntad de los interlocutores. Aylwin concurre a conversar (aunque Frei hubiera preferido que no fuera) con un presidente debilitado, que no cuenta con autonomía alguna para darle a la DC las garantías que ésta exige.

Es más, en los recuerdos de Aylwin y del Cardenal Silva Henríquez (no contamos, lamentablemente, con la versión del propio Allende) se aprecia un mandatario un poco ido, con escasa conciencia de lo que está en juego, incluso jactancioso. Su actitud no persuade en nada a Aylwin. En rigor, en julio y agosto de 1973 la DC exige ciertas condiciones (ingreso masivo de uniformados al gobierno, aquello que Prats llamaba golpe blanco) que el ala izquierda de la UP no está dispuesta a conceder. Dado que Allende no quería romper con una parte de la UP, el diálogo no podía sino ser estéril.

-¿Por qué dices que Allende tuvo “nula conducción política”?

-Porque no fue el líder efectivo de su coalición y, en consecuencia, no tuvo ni la convicción suficiente ni las herramientas para imponer sus puntos de vista. Un proceso como el de la UP requería, necesariamente, de un liderazgo nítido e indiscutido. Frente a cada decisión, la UP se dividía, se llenaban páginas y páginas de disquisiciones teóricas, cada jefe de bando difundía las diferencias por la prensa, se dividían también los propios funcionarios de gobierno, y así. Allende era impotente frente a ese fenómeno.

En esas condiciones, el proceso no tenía cómo llegar a buen puerto. Allende, un político experimentado, es uno de los responsables de esa situación. Mi impresión es que sobreestimó su capacidad de negociación (su famosa muñeca) y no comprendió que las diferencias eran más profundas, que no remitían a la política de pasillo tradicional. Ese fue su error y su tragedia, que lo dejaron encajonado y, sobre todo, solo. Su actitud la mañana del 11 da cuenta de esos errores: es su modo de asumirlos.

-En tu libro además describes toda la problemática de los militares en el gabinete. ¿Qué concluyes de la figura de Prats?

-A diferencia de lo que piensa cierta izquierda, Prats no fue un militar prescindente desde el punto de vista político, ni nada parecido. Prats intervino mucho: negoció, conversó, articuló y fue mandatado por Allende para tratar de llegar a acuerdos. Es una función rara para un comandante en jefe, pero en fin, todo era raro en esos tiempos. Sin embargo, en esos esfuerzos fue perdiendo el respaldo de sus subordinados sin que él le tomara el peso a la situación.

En su defensa, cabe decir que Prats cumplió esa función teniendo en mente un objetivo que se convirtió en una obsesión: evitar la división del ejército, que sería muy sangrienta. Eso explica todos sus movimientos, y eso explica que —a pesar de todo su afecto por Allende— no haya estado dispuesto a mover un dedo una vez renunciado para evitar el golpe.

-Y recomendó a Pinochet como su sucesor.

-Pinochet es un hombre muy reservado, nadie sabe muy bien qué piensa, y es nombrado por Allende a sugerencia del mismo Prats. En verdad, es simplemente lo que tiene a mano: el alto mando está plagado de generales golpistas, y nombrar a cualquier otro habría precipitado (aún más) la intervención militar. Pero, al nombrar a Pinochet, Allende expone toda su debilidad: ya no depende de sí, sino de la buena voluntad de un desconocido. Pinochet, por su parte, no podía sino tomar nota de la pérdida de respaldo de Prats, y sacar las consecuencias. No quería terminar como él, y eso lo conduce a tomar la decisión de sumarse al golpe orquestado por otros: es una gran paradoja de nuestra historia.

 -Ahora se cumplen 50 años del golpe. La pregunta es ¿si era evitable? 

-La pregunta tiene varios momentos, por decirlo así. En un sentido, desde luego que el golpe era evitable, no estaba determinado por leyes causales. Con todo, para evitarlo, Allende habría tenido que romper con el polo radical, y no estuvo dispuesto a hacerlo. Es una decisión que puede tener valor moral, pero que políticamente tiene sus dificultades.

Dicho esto, me parece que a partir del 29 de junio, fecha del Tanquetazo, el golpe se impone día a día con más evidencia, y el mismo Allende lo sabe perfectamente. Sus últimos movimientos son propios de alguien desesperado, porque ya no está en condiciones de mover ningún eje relevante del escenario.

-¿Cuál es el legado de Allende a cinco décadas de su suicidio?

-Su legado es ambivalente, porque incluye tanto un gobierno fallido, plagado de errores y de problemas internos, como su gesto del 11 de septiembre. Mi impresión es que comprender a Salvador Allende exige pensar al mismo tiempo ambas dimensiones, pero concedo que la tarea no es fácil: su actitud del 11 tiende a oscurecer su gobierno. De allí al mito hay un solo paso. Pero en política los mitos son muy peligrosos, sobre todo si se les toma demasiado en serio. Allí, creo, está atrapada la nueva izquierda.

Lea también: El Allende de Daniel Mansuy. Por Ricardo Brodsky (ex-ante.cl)

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