Julio 22, 2021

Cristián Warnken y debate sobre el lenguaje por el caso “Negrita”: “Hay una pulsión totalitaria en ciertos ambientes culturales”

Jorge Poblete
Cristián Warnken.

El escritor, columnista y profesor de literatura marca su posición sobre el debate surgido tras el anuncio de la compañía Nestlé de cambiar el nombre de la galleta Negrita para evitar, dijeron, caer en estereotipos y representaciones culturales prejuiciosas. Afirma que lo ocurrido es un caso particular de guerra cultural que ha llegado a la Convención Constituyente y al Poder Judicial. “Es parte de la cultura de la cancelación”, dice.

“Esto nos lleva a situaciones casi de absurdo”. Cristián Warnken, 60, poeta, columnista, profesor de literatura y conductor de televisión, aborda el debate surgido sobre el denominado lenguaje inclusivo tras el anuncio de Nestlé de cambiar el nombre a una popular galleta.

Nestlé anunció esta semana el cambio de nombre de su galleta Negrita. ¿Qué ve detrás de esta decisión? ¿Una eficaz estrategia de marketing, un intento por evitar discriminaciones, una búsqueda de lo políticamente correcto, una guerra cultural?

Evidentemente que la decisión está dentro de lo que se llama una guerra cultural, en el sentido de que se ha trasladado un poco a nivel del uso cotidiano del lenguaje y a nivel del intercambio político —en el lenguaje de la Convención Constitucional y en otros espacios públicos—, lo que yo llamaría una suerte de neo lengua, para usar la expresión que usa (George) Orwell en su novela 1984.

En ese caso la neo lengua es una lengua que se crea para producir cambios en el pensamiento y controlar el pensamiento desde una mirada autoritaria. Evidentemente que aquí no hay un estado totalitario, pero sí siento que hay una pulsión totalitaria latiendo en ciertos ambientes culturales, particularmente universitarios y que diría que son bien de élite y que han logrado salir un poco de la academia y entrar en la política, y en Chile han logrado espacios importantes de expresión, de presencia y de poder.

En su declaración pública, Nestlé argumentó que buscaba evitar estereotipos o representaciones culturales…

La sensación que tengo es que estas transnacionales o grandes empresas, que parece que arrastran muchas culpas, y probablemente están llenos de asesores, probablemente contratados desde la academia, toman decisiones que rozan el ridículo y que no evalúan el efecto que pueden tener en el lugar donde se consume esa galleta, que yo consumía cuando niño (…). La marca Negrita y la expresión ‘negrita’ no tienen asociado, como connotación, algo despectivo, sino que es algo afectuoso, cariñoso, como cuando uno le dice a alguien: ‘mi negrita’ o ‘mi negro’ (…). La Negrita tiene ese valor, nunca ha sido algo que alguien haya usado como discriminación o con desdén o como un acto de racismo, entonces, es una medida absurda. Lo que quiero decir es que todas estas batallas, que vienen desde un sector muy de élite y muy académico y muy teórico, violentan la realidad cotidiana, violentan el sentido común, y nos llevan a situaciones casi de absurdo, y ahí es donde el humor es la única arma que yo veo de resistencia potente contra eso.

Este jueves un grupo de convencionales de Chile Vamos llegó comiendo Negritas a la sesión. ¿Qué le pareció?

Creo que es un gesto de humor, pero pienso que más que los convencionales, los usuarios, los consumidores debieran hacer actos así, de resistencia ante estos intentos de tratar de llegar a una cierta pureza… porque si aplicas este criterio de pureza, de que nada que se diga, ninguna expresión, ninguna palabra, tenga por lejos otra connotación o racista o sexista, tendrías que ser consecuente y habría que higienizar el lenguaje, depurar el lenguaje, limpiarlo y no sé con qué nos quedaríamos.

Usted mencionaba la Convención Constitucional. ¿La guerra cultural está presente en esta instancia?

Estamos hablando de la marca Negrita, pero esto está asociado con otros temas. Hay una convencional que sale hablando de los cuerpos y las cuerpas, que son intentos voluntaristas de, a través del lenguaje, querer imponer ciertas agendas, cuando el lenguaje tiene otro ritmo, otros tiempos. En el fondo es un intento de control. Pero el lenguaje nos pertenece a todos, pertenece a una comunidad. La historia del lenguaje no se decide entre cuatro paredes; no es lo que decide la Real Academia de la Lengua ni es lo que decide tampoco un grupo de intelectuales que quiere forzar e imponer ciertas expresiones que no tienen que ver con el uso (…). Por eso molesta que el vicepresidente de la Convención (Jaime Bassa) hable de nosotras, que no se respete una historia de un idioma, de una lengua y de un uso de un idioma; no solamente que no se respete el tema de la RAE sino que también el uso en el país, el uso de la gente y se intente poner en documentos oficiales estos cambios que además producen al oído molestia.

Está hablando de un tema estético…

La lengua también tiene algo estético, hay cosas que nos agradan y cosas que nos molestan. Esto produce molestia, produce rechazo y además es imposible de sostener coherentemente, porque a la cuarta o quinta frase te empiezas a tropezar y no vas a poder sostener por donde partiste.

Las palabras de Bassa tienen que ver con el feminismo. ¿Qué opina de la afirmación de Mario Vargas Llosa de que “el llamado lenguaje inclusivo es una especie de aberración que no va a resolver el problema de la discriminación de la mujer”?

Es una aberración desde un punto de vista estilístico, desde un punto de vista lingüístico, desde un punto de vista estético, porque la lengua también tiene una dimensión estética: es feo, suena feo, y para la mayoría de la gente a la que le preguntes, esto le va a sonar feo, le va a molestar. Y si somos tan democráticos, si eres una persona de vocación democrática, respetas a la mayoría. Y bueno, a la mayoría en el uso le molesta, le choca esto. Entonces termina una minoría muy particularizada tratando de imponer a la mayoría una forma de comunicación que les es incómoda y que les es molesta, y no soluciona el problema de fondo (…). Me imagino perfectamente a un hombre, y en las universidades hemos visto casos así, que termine hablando de ‘les’, y después esté agrediendo a la mujer en privado.

El 15 de julio, el juez Daniel Urrutia redactó una resolución en favor de un recurso de amparo presentado por 2 integrantes de la Convención Constitucional, diciendo que “lxs constituyentes fueron detenidxs”. ¿Qué opina de que se usen estos términos en resoluciones judiciales?

No estoy de acuerdo con lo que hace ese juez y creo que mientras esto no haya sido primero sancionado por el uso durante años o más, mucho tiempo en que los hablantes reconozcan y sientan que les es natural, como respirar y caminar, decir ‘les’ y ‘las’, estos no deben ser usados a nivel de comunicaciones oficiales.

Imagínate, es un juez de la República que hace cumplir la ley. Del mismo modo, la lengua tiene su ley, tiene su orden, tiene sus límites y una cosa es que uses el ‘les’ y ‘las’ en forma muy acotada, a lo mejor en un grupo, en una asamblea, me imagino feminista, o tal vez en una reunión donde haya una particular sensibilidad entre gente más joven por este tema; lo puedes usar tal vez como un gesto de aprecio o reconocimiento, pero eso es distinto.

En mayo se presentó un proyecto parlamentario de reforma constitucional para prohibir el uso de estas alteraciones gramaticales y fonéticas en los colegios, y sus autores luego criticaron el habla en la Convención. ¿Le parece que la vía legal es la solución?

Esa medida puede ser un poco extrema y lo que puede provocar es una polarización y exacerbar los ánimos; alentar a estos grupos… no, yo creo que aquí debiera primar el sentido común (…). Aquí estamos cruzando una línea del exceso, de la desmesura. Lo que parte como el intento legítimo de legitimización de las minorías, el reconocimiento de los pueblos originarios, o los derechos a la reivindicación de la mujer, etcétera, cuando empiezas a sentirlo como excesivo, es porque algo se ha cruzado, algo se ha roto, que tiene que ver con una cierta armonía, porque la lengua también tiene su armonía y la coexistencia social tiene su armonía también.

¿Qué camino de solución propone?

Me parece que lo que debiera castigar a esta desmesura es la comunidad misma; pienso que la batalla hay que darla en los lugares donde uno esté, que la misma gente no sienta miedo, porque el problema también, y eso es parte de la cultura de la cancelación, es que algunos de estos grupos que defienden estas cosas se vuelven extremadamente totalitarios en ciertas formas de actuar: usan la funa, usan el aislamiento de sujetos, sobre todo en el ámbito académico en que me ha tocado ver varios casos, entonces creo que hay que dar una batalla en las universidades, en la Convención, en los medios de comunicación, y que haya columnas que se escriban, que salgan voces como la de Vargas Llosa y otros intelectuales a poner un poquito de sentido común de nuevo, de sentido de medida.

Otro debate lingüístico que surgió en la Convención es sobre el uso del mapuzugun. ¿Cuál es su posición?

Que se hable en mapuzugun y que después se traduzca al español, como una forma de hacer presente esa lengua, no me violenta, no me complica. Entiendo que después de muchos años en que el idioma fue castigado o los hablantes fueron ridiculizados, como he conocido casos cuando eran niños, es un intento de legitimarlo simbólicamente, de darle una relevancia… No tendría yo mayor problema con que también se hablara mapuzugun.


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