A la hora de establecer o aprobar la compensación de los ejecutivos principales de su empresa, el directorio se enfrenta a la opción de fijar parámetros fijos (esencialmente un sueldo) o también agregar variables alineadas con el logro de resultados importantes para la empresa, los accionistas y/o las partes interesadas. Esas variables pueden depender de múltiples factores, con variadas métricas y períodos de cálculo y las mejores prácticas les han agregado una serie de restricciones, plazos y formas de pago.
A nivel internacional, las empresas de mayor tamaño ofrecen típicamente componentes variables con objetivos que se reparten 40% a corto plazo (anuales) y 60% a largo plazo (3 a 5 años). Las principales métricas para medir el cumplimiento de los objetivos son financieras (ingresos, ganancias, flujo de caja, rendimiento relativo del precio de las acciones, por ejemplo), pero van ganando fuerza también algunas no financieras (innovación, satisfacción de empleados o clientes, seguridad, objetivos ESG y otros). A ese esquema base se han ido agregando buenas prácticas y reglas que obligan a devolver la remuneración variable si luego se establece que el ejecutivo cumplió sus objetivos haciendo trampa (claw-backs), restricciones de cobertura del riesgo (que impiden que el ejecutivo transfiera el riesgo a un tercero) y de garantía (que limitan que el ejecutivo se endeude hoy con cargo a compensación que aún no ha ganado).
El resultado de todo esto es que la compensación ejecutiva en las grandes empresas se ha vuelto compleja y llena de variables que se mueven en todos sentidos, generando incentivos que pueden ser contradictorios o movimientos inesperados, por causas a veces ajenas al ejecutivo y su desempeño. Ello ha motivado una segunda lectura sobre su uso.
Sabemos que un ejecutivo averso al riesgo preferirá recibir un monto fijo debido a la certeza que ofrece, pero tendrá menos incentivos para alcanzar las metas que si parte de su remuneración depende de variables vinculadas a su desempeño. Sabemos que un ejecutivo con alto apetito al riesgo preferirá un elevado componente variable, que pueda generar una compensación incierta pero mayor que el monto fijo, y también que algunos de ellos estarán dispuestos a todo, incluso a saltarse las normas, por ganar el premio. Lo que no sabemos es el real impacto que estos incentivos tienen en el gobierno corporativo y el desempeño, como lo recuerda un reciente artículo de la Universidad de Stanford.
Y es que los expertos están preguntándose si estos esquemas de compensación tan complejos fortalecen en la práctica la alineación entre ejecutivos y los accionistas y otros grupos de interés, y cuánto impacto tienen en mejorar el desempeño realmente. Los resultados no son concluyentes, salvo en cuanto a que un esquema de remuneraciones mal diseñado puede tener un impacto destructivo en una organización (causando pérdida de talento, desmotivación, objetivos desalineados, propensión al fraude, o rendimientos deficientes). Enron es el típico ejemplo de incentivos mal diseñados, ya que los ejecutivos terminaron arruinando la empresa para ganarse sus bonos.
Recientes análisis han también mostrado las consecuencias no deseadas de los sistemas variables cada vez más sofisticados, incluyendo que los reguladores han debido elevar los requisitos de reporte para que puedan explicarse a los inversionistas y otros grupos de interés. Ello, a su vez, ha facilitado el acceso público a la información de niveles de remuneración, permitiendo que los ejecutivos se comparen con sus pares y empujen hacia el alza las compensaciones (cada empresa trata de estar siempre un poco por sobre la competencia, elevando el promedio cada año).
Por ello, se recomienda que los directorios se involucren seriamente en el diseño de la remuneración del gerente general y en la supervisión del esquema que éste ofrecerá a su equipo gerencial. El objetivo de los directores debiese ser alinear el comportamiento de los ejecutivos con la estrategia de la empresa para lograr un mejor desempeño, sin que la complejidad del diseño termine siendo un obstáculo o un distractor.
_____
Héctor Lehuedé, socio de RAZOR Consulting, es abogado de la Universidad de Chile, magíster de la Universidad de Stanford, director de empresas certificado por del IoD de Reino Unido, y está especializado en gobierno corporativo, integridad, sostenibilidad y asuntos financieros.
Publicaciones relacionadas
La deuda de Codelco es alta y exige disciplina financiera, mejor ejecución de proyectos y mayor reinversión. Pero también sería injusto mirar esa deuda sin reconocer que, durante décadas, Codelco ha contribuido al Estado chileno en una magnitud que ninguna otra empresa del país ha hecho, muchas veces a costa de su propia capacidad de […]
La crisis demográfica que enfrenta Chile obliga a ampliar el foco del debate previsional. Las pensiones no son únicamente el resultado de las cotizaciones individuales o de las reglas del sistema. También dependen de la evolución del mercado laboral, de la productividad y de la capacidad de una economía para sostener a una población cada […]
Las indicaciones no inventan un costo: toman uno que ya existía (concentrado, invisible y con sesgo de género) y lo vuelven visible y compartido. Al derogar el artículo 203 y reemplazarlo por un aporte parejo de todos los empleadores, se desacopla el costo del cuidado de la decisión de contratar a una mujer.
El éxito estructural de este nuevo marco normativo no dependerá de la ley escrita, sino de la capacidad del regulador para blindar el diseño de los nuevos incentivos financieros frente a distorsiones de corto plazo o capturas del mercado.
El Banco Central publicará el 17 de junio su segundo IPoM del año, tras una Reunión de Política Monetaria en que el mercado espera que mantenga la Tasa de Política Monetaria. Economistas de LarrainVial, Fintual, Itaú, Santander y Bci anticipan un informe con menor proyección de crecimiento, una lectura más benigna de la inflación subyacente […]