Diciembre 19, 2022

¿Cómo conmemorará Boric lo ocurrido hace 50 años? Por Ricardo Brodsky

Ex-Ante

Está muy sabido que el presidente Boric es un admirador del presidente Allende, lo ha dejado claro en muchas oportunidades. Eso es muy legítimo, pero no debería llevarlo a romantizar el período de la Unidad Popular esquivando el análisis y la autocrítica, porque finalmente, la vía chilena al socialismo fracasó por múltiples razones y errores y terminó siendo el camino a una dictadura de signo opuesto.


Con ocasión de los 50 años del golpe de estado en Chile se pondrán en juego diferentes relatos que busquen otorgar sentido a los terribles acontecimientos de esos días.

Una de las voces que ciertamente tendrá mayor impacto será el de las víctimas directas o las de los familiares de ejecutados y detenidos-desaparecidos. Hablar desde la experiencia y desde el sufrimiento vivido otorga una autoridad indesmentible ya sea por la fuerza del testimonio o por la compasión a que se obligan los interlocutores.

Entre las víctimas y sus cercanos, digamos sus comunidades, ocurre que se despliegan dos formas opuestas de memoria: una literal y otra ejemplar. El concepto pertenece a Tzvetan Todorov. La memoria ejemplar es aquella que se despliega tanto en el ámbito privado como en el público: en lo privado, intentando superar el dolor de manera que éste no condicione la vida actual y en lo público buscar aprender de la experiencia, extraer lecciones de manera que el pasado sirva a la comunidad política para construir un futuro.

La memoria literal, como la describe Elizabeth Jelin, en cambio es aquella que hace de los hechos del pasado algo insuperable de manera que el recuerdo traumático “coloniza el presente”. Surge así lo que llamamos el “deber de memoria” que significa que lo único moralmente aceptable sería perpetuar el recuerdo y aceptar que éste condicione completamente las posibilidades del presente y del futuro deseable.

Otra memoria que pondrá en juego su relato es la de quienes sienten haber cumplido un deber patriótico con el golpe de estado. Recientemente, el 5 de diciembre, el Vicealmirante Alberto Soto Valenzuela en una ceremonia de despedida de la institución señaló que “nos enorgullece nuestra marina valiente y audaz que está consciente de su altura moral y peso específico creado en 204 años y que está dispuesta a asumir riesgos si nuestro país desagarrado así lo requiere cuando ya no haya más opciones”.

Es decir, la autoproclamación de superioridad moral no se la atribuyen bajo ciertas circunstancias sólo los cercanos a las víctimas sino también los cercanos a los perpetradores. Es un juego de suma cero que no sirve para construir el futuro ni enfrentar el presente.

De allí entonces que la pregunta que habría que hacer es cuál será la perspectiva de quienes no han sido víctimas directas ni perpetradores, ni siquiera protagonistas de esta historia. Pregunta que es especialmente relevante cuando el núcleo (original) del actual gobierno -que es el que va a impulsar las principales iniciativas conmemorativas- está compuesto por generaciones nacidas o formadas en democracia, 20 años después del golpe, y que al parecer no se han detenido a pensar en desarrollar una perspectiva propia sobre la historia reciente, más allá de su solidaridad con los caídos. Asimismo, en la derecha se ha visto surgir una nueva generación distanciada del pinochetismo, proclive a los acuerdos y convencida de las bondades de la democracia.

Está muy sabido que el presidente Boric es un admirador del presidente Allende, lo ha dejado claro en muchas oportunidades. Ciertamente valora su ejemplo de consecuencia al convertirse en un mártir, pero no solo eso, también se siente parte, continuador de una posta, de una historia común. Eso es muy legítimo, pero no debería llevarlo a romantizar el período de la Unidad Popular esquivando el análisis y la autocrítica, porque finalmente, la vía chilena al socialismo fracasó por múltiples razones y errores y terminó siendo el camino a una dictadura de signo opuesto.

¿Está el presidente Boric convencido de la idea de aprovechar la fecha como una oportunidad, no para arrinconar a los adversarios ni reivindicar una superioridad política o ética, sino para  valorar los cambios culturales producidos y reponer un diálogo extraviado que pase por una valoración sin complejos de la política como campo de diálogo y cooperación, de la democracia como sistema representativo de gobierno y de los derechos humanos como consenso básico de la sociedad chilena?

Esto sería algo así como una post memoria ejemplar.

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