El reciente Informe de Habilidades de Adultos 2023 de la OCDE ofrece un diagnóstico preocupante sobre nuestras habilidades funcionales. Alfabetización, numeración y resolución de problemas en entornos digitales —básicas pero cruciales— son áreas donde Chile está rezagado respecto de otros países de la OCDE. Sumemos a esto la advertencia de Thomas Sargent, quien durante su reciente visita a la UNAB señaló que el futuro de la inteligencia artificial (IA), y de las economías que la adoptan, se basa en la física, la biología, la estadística y la economía. ¿Qué tan preparados estamos para esto?
Spoiler: no mucho.
Más de la mitad de los adultos chilenos tiene habilidades limitadas en numeración y alfabetización, y el dominio de herramientas digitales—la llave maestra de la economía moderna—es prácticamente inexistente para muchos.
¿Por qué importa esto? Porque una economía no puede prosperar solo con recursos naturales. Necesitamos mentes preparadas para innovar, analizar datos y tomar decisiones estratégicas. En un mundo donde la IA está transformando industrias enteras, nuestras deficiencias en habilidades fundamentales nos condenan a quedarnos atrás.
Esto no solo se trata de competitividad; también es una cuestión de equidad. Las habilidades están distribuidas de manera desigual en Chile, con los jóvenes mostrando mejores resultados que las generaciones mayores. Pero incluso dentro de los jóvenes, las brechas por nivel educativo y acceso a recursos son alarmantes.
El resultado es predecible: un país dividido entre una élite educada que puede acceder a empleos bien remunerados en sectores tecnológicos y una mayoría atrapada en empleos de baja calificación o sin empleo. Esto no solo frena nuestra economía, sino que también erosiona el tejido social. La IA está redefiniendo la economía global, y las disciplinas que la sustentan—física, biología, estadística y economía—son las áreas donde deberíamos concentrar esfuerzos educativos. Sin embargo, nuestras deficiencias en habilidades básicas dificultan el acceso a estas disciplinas.
Sin invertir en estas áreas, Chile no solo perderá competitividad, sino que condenará a sus ciudadanos a una economía que ya no existe.
Podemos aprender de ejemplos exitosos: Singapur, que rediseñó su sistema educativo para centrarse en ciencias y matemáticas desde edades tempranas, con un enfoque práctico y orientado al mercado; Alemania, con su sistema de formación dual que combina educación técnica con experiencia laboral directa, y Finlandia, que fomenta el pensamiento crítico y la resolución de problemas como pilares centrales de su currículo.
Frente a esto se necesita voluntad política, recursos bien asignados y, lo más importante, una visión clara de que las habilidades no son un lujo, sino una necesidad.
Y este no es solo un problema educativo, es un problema económico, político y social. Sin habilidades, no hay productividad. Sin productividad, no hay crecimiento. Y sin crecimiento, el sueño chileno de una economía próspera y equitativa seguirá siendo un sueño.
La solución, como advierte Sargent, requiere priorizar lo que realmente importa. Física, biología, estadística y economía no son solo materias escolares; son el futuro de nuestra economía.
Las estadísticas no mienten. Pero lo que hagamos con ellas marcará la diferencia. ¿Escuchará Chile este llamado a la acción? Solo el tiempo lo dirá.
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