Ha sido un error común y reiterado por parte de las fuerzas políticas sobreinterpretar sus triunfos y fracasos.
La presidenta Bachelet, tras su arrollador éxito electoral para su segundo período (62%), pudo haberse sentido avalada para dar curso a unos cambios profundos que en su primer gobierno le quedaron atascados, pero al implementarlos, la adhesión le fue esquiva.
El presidente Piñera, después de su triunfo frente a Alejandro Guillier (54%), creyó que el país estaba reclamando retrotraer las reformas de Bachelet (especialmente las tributaria y educacional) y apurar, junto a un equipo sin filtros, un retorno al modelo ortodoxo, hasta que se topó con el 18 y 25 de octubre de 2019 y perdió el control de la agenda.
Ambos pasaron por alto que en segunda vuelta, en 2013 participó solo el 41.8% y en 2017, el 48.9% del electorado.
La izquierda frenteamplista y PC, se creyeron en 2019 al borde de una revolución y tras el resultado de la elección de los convencionales, pensaron que la derecha era una cuestión del pasado, que las puertas del camino hacia la utopía (las anchas alamedas) estaban abiertas de par en par. Es ese diagnóstico el que está detrás de las conductas desaprensivas de los convencionales y de las propuestas extraviadas de algunos, como si el país estuviera esperando ser reinventado. Es de esperar que el resultado electoral del domingo pasado los llame a concentrarse en el encargo que el pueblo chileno les dio.
Tanto los equipos de Boric como de Kast deberían aprender de estas experiencias y no volver a errar el diagnóstico sobre el significado de su eventual triunfo o fracaso. La adhesión de ambos apenas alcanzó al cuarto del electorado para cada uno, lo que significa que la mitad de los electores no votaron por ellos, y, peor aún, hay otra mitad de ciudadanos que no votaron por ningún candidato. El que gane el balotaje le deberá su triunfo a quienes no los prefirieron como primera opción. Un verdadero reto a la soberbia y una invitación a la humildad.
Esto es lo que explica el esfuerzo de ambos candidatos por moderar o francamente cambiar su discurso, lenguaje y propuestas.
José Antonio Kast ha debido desprenderse de la incómoda presencia del misógino diputado electo de su partido Johannes Kaiser, desautorizar sus dichos inaceptables y retroceder respecto de algunas de sus aspiraciones más radicales como sacar al país de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas o cerrar el ministerio de la mujer. Obligado a modificar su programa, pensado originalmente como expresión de la identidad conservadora, pero que evidentemente no sirve como plan de gobierno, menos aún con un parlamento empatado, buscará convencer a los chilenos que su idea de orden no es una amenaza frente al progreso cultural del Chile actual.
Gabriel Boric, demostrando ser un político pragmático y sensible a los cambios de las corrientes de opinión, ha debido romper bruscamente su tono generacional y agradecer el apoyo de partidos y personas a quienes -por decirlo suavemente- no ha querido mucho y asumir las demandas de seguridad y rechazo a la violencia que ciertamente no formaban parte de su discurso original. También su lenguaje ha sufrido cambios muy oportunos, saliendo de la burbuja frenteamplista para hacerse entender por los chilenos y chilenas que habitan barrios y no territorios, que disfrutan con tradiciones rurales, que no entienden cuando les hablan de niñes y amigues. Boric tendrá que convencer que los cambios que propone pueden ser mejores para todos y realizarse sin que los chilenos pierdan lo ganado en 30 años.
Son bienvenidos esos cambios discursivos porque acercan al futuro presidente al país real y permiten a los chilenos y chilenas mirar con menos ansiedad esta elección. Pero ciertamente, hasta ahora parecen más cosméticos que reales, más oportunos que convincentes, más de imagen que de contenido. Se echa de menos un reconocimiento de la nueva situación que dejaron las elecciones con un electorado fraccionado y un Congreso Nacional empatado: no es posible ni una restauración conservadora ni una revolución de los indignados. No errar el diagnóstico debiera ser la invitación a ambas candidaturas.
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