Julio 30, 2022

Auge y caída de la República Concertacionista. Por Bernardo Solís

Ex-Ante

El historiador estadounidense William Sater describe los primeros 30 años de democracia -años que han sido manoseados y tildados de lo peor- y junto con enumerar sus logros y limitaciones, describe lo que para él fue el punto de inflexión: las elecciones del 2005, cuando un 13% de los chilenos dejó de votar. En seis años, esa tasa subiría a 40% y después volvería la violencia a las calles. Hasta llegar a Boric, que para Sater “su proceder algo infantil en cuestiones que causan dificultades indican una cierta tendencia nihilista”.


El chilenista Sater. William F. Sater es un chilenista: un intelectual que ha dedicado buena parte de su vida a estudiar la historia de este país desde que viajó a Chile en 1965 y se dedicó a la figura de Arturo Prat. Años más tarde, publicó Tragedia Andina. La lucha en la Guerra del Pacífico, una extraordinaria historia del conflicto con Perú y Bolivia.

  • El 2018 publicó la última versión de Historia de Chile 1808-2017 (Akal, 592 páginas), una reedición del libro que antes escribiera con el británico Simon Collier, fallecido en 2003, y a quien dedica el texto. La última versión tiene dos nuevos capítulos finales, que se refieren a lo ocurrido en el país a partir de 1990 y que ofrecen la mirada de dos intelectuales extranjeros de los demonizados últimos 30 años.
  • Desfilan, entonces, el boinazo, el Informe Rettig, el davilazo, condorito, las piñericosas y los avances sociales y económicos de todos esos años. Leer la mirada de Sater –pese a los errores, erratas y horrores que saltan a veces a la vista–, le agrega complejidad a la narración de unos años que aunque han sido manoseados y tildados de lo peor, se defienden solos conforme la nueva elite se sincera, o lee, y se despega del terraplanismo de redes sociales.
  • “Los gobiernos de la Concertación, que trabajan dentro de los límites de la Constitución de 1980, recuerdan a alguien que calza unos zapatos demasiado pequeños: protegen los pies, pero restringen los movimientos”, escribe Sater mirando de lejos esos años.

La democracia y los violentos. Patricio Aylwin está presente en todo el libro: la narración de los treinta años siempre está remitiendo al día en que retornó la democracia al país. “Resulta tentador compararle, a pesar de las inequívocas diferencias de actitud, con el conciliador presidente del siglo XIX José Joaquín Pérez. Su tarea fue en algunos aspectos similar, más sobrecogedora en otros. La cabeza clara de Aylwin, su paciencia, su talento para la negociación, su sonrisa irónica fueron recursos inestimables mientras el país retrocedía para mirar con perspectiva”, dice Sater.

  • No es solo Aylwin: es la figura presidencial, especialmente en los casos de éste y de Ricardo Lagos, que consiguen instalarse por encima de los debates y opinar desde esa altura. Si el primero recuerda la importancia de las formas en la antigua república, el segundo las actualiza para l nueva democracia. Ambos, alejados de los discursos simplones y las prepotencias usuales.
  • Porque el trabajo –y mucho trabajaron– era triple en ese entonces: reforzar el consenso democrático; manejar las consecuencias de los crímenes ocurridos en la dictadura y mantener el crecimiento económico al mismo tiempo que se ocupaba de la deuda social. Tres cosas que hoy se pueden decir a la rápida pero que en esos años podían significar que el país se desarmara.
  • Sater, en ese sentido, apunta algo que es el otro ángulo de la política de los consensos, uno que no suele mencionarse: “la voluntad de la Concertación de consultar con la oposición procedía, en parte, de la necesidad de garantizar la reintegración de la derecha (todavía fuertemente inclinada a defender los logros del régimen militar) en la corriente política mayoritaria, para reforzar así el consenso democrático”.
  • Un consenso democrático que trascendía a la derecha. Luego de contar el asesinato de Jaime Guzmán y la caída del Lautaro, Sater consigna cómo el repudio a los violentos era entonces de todos los sectores de la opinión política, “incluso lo que quedada de la izquierda, centrado en el Partido Comunista, que permanecía al margen de la Concertación”. Quizá ese mismo eje, el del respaldo a la violencia, pueda convertirse alguna vez en uno de los que expliquen en el futuro lo que ocurrió en Chile en los últimos tres años.

Lagos y la consolidación. Los logros que cuenta Sater de la República Concertacionista son tan profundos que la crítica destemplada al periodo se ve como parte de un nuevo tipo de lujo. Dos millones de personas que salieron de la pobreza en diez años son un argumento claro de esa idea. O el acceso al agua potable, alcantarillado y luz. Crearon las condiciones y administraron lo que fue la década de mayor rendimiento económico del siglo XX y después, con Lagos, supieron proyectar sus beneficios hacia la población.

  • Hay un dato muy notable de cuando asume Lagos: los 15 millones de chilenos que se calcula había entonces no se explican porque hayan nacido más como porque en los años anteriores hubo un descenso en las tasas de mortalidad con programas que venían desde 1960 (que bajaron la tasa de mortalidad infantil de 115 por cada mil a 8,9 en 2001) y otros que se registraron en los noventa: los programas de purificación de agua, que redujeron los casos de hepatitis. O pasar de los 12  mil casos de fiebres tifoideas de 1982 a los 1.112 de 1998. O pensar que los 380 mil casos de sífilis de 1930 (“¡un 8 por 100 de la población!”, se sorprende Sater) descendió a 4.705 en 2000.
  • El libro tiene también otra marca: la mirada regional. Y era que no, si una de las especialidades de Sater es la guerra del Pacífico y sus consecuencias. La historia de los treinta años, especialmente el periodo de Lagos, visto con el agregado de las relaciones de Chile con la Venezuela de Chávez y la Bolivia de Evo Morales aporta la perspectiva de proyectos que trascendían la disputa histórica (mar, por ejemplo) para convertirse en luchas y diferencias ideológicas. La más clara, las que se han profundizado respecto a las dictaduras militares caribeñas en los últimos 20 años.

La decadencia y el fin. La elección de 2005 es, para Sater, el punto de inflexión. Y por un punto objetivo, una cifra que salió de esos comicios. Escribe: “la alta tasa de abstención, superior al 13 por 100, señalaba un giro más agorero: el inicio de la decadencia de la democracia chilena. En el plazo de seis años, solo un 40 por 100 de los chilenos se identificaban con un partido político; menos de la mitad tenía alguna confianza en los partidos”.

  • Es el retorno de la violencia a las calles, también. Y de la corrupción (Sater rescata una crítica demoledora a la izquierda hecha por Boeninger: “Desde el comienzo, en la Concertación se pensó que, así como el dinero privado favorecía fundamentalmente a los partidos de derecha, no sería ilegítimo recibir financiamiento público a través de los recursos estatales para los programas sociales. Es una percepción profundamente equivocada y que facilitó conductas reprochables”).
  • El terremoto y tsunami de 2010 marca otro punto de la decadencia, pero de la que le tocó administrar a Michelle Bachelet. “Su administración no marchaba tan bien políticamente: era difícil reconciliar la igualdad de género, la participación ciudadana y la realpolitik. Además, se agudizaron las luchas internas: perdido su centro de gravedad –el odio por el general Pinochet– los partidos de la Concertación se volvieron los unos contra los otros. Por una vez la derecha nos regodeó en su tendencia al conflicto entre partidos, lo que le permitió su ascenso en 2010”.
  • El ascenso de Piñera –periodo que concentra buena parte de los errores en la narración– es el definitivo comienzo del fin de la república concertacionista y del fin de la figura presidencial anterior. Piñericosas, desastres naturales, manejo responsable de las finanzas siguen en la narración, que incluye una evaluación muy lúcida de las artes del periodo Bachelet-Piñera-Bachelet-Piñera, reflexionando sobre Lemebel, Zambra y otros y la obra de los poetas mapuches (“es irónico que los algunos de los chilenos más antiguos, indios mapuches como Elicura Chihuailaf, Millahueique y David Aniñar, se hayan convertido en los autores más novedosos”).
  • En marzo, para el cambio de mando, Sater fue entrevistado por La Tercera. Esa vez describió lo que alcanzaba a ver de Boric: “Su objetivo principal, me ha llegado a parecer, es burlarse del establishment (…) Su negativa a vestirse adecuadamente y su proceder algo infantil en cuestiones que causan dificultades indican una cierta tendencia nihilista. Ahora que estará en el poder, descubrirá que es más fácil quejarse que resolver los problemas, sobre todo cuando algunos de ellos se originan fuera de Chile y, por lo tanto, están fuera de su control”.

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