El mandato de los constituyentes
Cuando la gente salió a protestar en octubre de 2019 lo hizo para tener mejores condiciones de vida. Cuando votó en masa a favor del proceso constituyente en octubre de 2020, lo hizo porque confió en que el texto futuro mejor que el actual. Hoy, son cada vez más personas de ese grupo, de personas movilizadas que votaron por el Apruebo, que están comenzando a dudar de que lo que apoyaron terminará en buen puerto.
Son varias razones las que explican el alza de la desconfianza. Pero la principal está indudablemente vinculada a la calidad y el alcance de las normas que se están aprobando en las comisiones y en el pleno. Pues, en vez de dejar lo que funcionaba, eliminar lo que fallaba, y agregar lo que faltaba, están rehaciendo todo. La sensación que queda es que el interés de los constituyentes no es hacer una mejor constitución, es quemar todo y hacerlo de nuevo.
Los constituyentes tienen un mandato para escribir una Constitución, no una carta blanca para redactar un texto incoherente que solo responde a sus intereses. Su misión es construir una estructura que le pueda servir a todos, independiente de credo, ideología, o condición social, no una que le sea funcional solo a ciertos sectores políticos. Lamentablemente, parece ser lo segundo lo que se está imponiendo.
Errores no forzados
Es cada vez más evidente que lo que va quedando en el borrador es diferente a lo que las masas pedían en octubre de 2019. Juzgando por las protestas masivas, las personas pedían oportunidades, dignidades, y libertades. Y, muy por el contrario, los constituyentes les están dando más controles, más burocracia y más restricciones. En el fondo, más regulaciones y menos posibilidades de decidir.
Basta mirar las normas que se han propuesto en las comisiones para entender la magnitud de la ambición. Por ejemplo, no fueron pocos los constituyentes que patrocinaron la idea de abolir los poderes del Estado y adoptar un sistema totalitario, como el de la Unión Soviética. Y si bien, afortunadamente, la idea eventualmente se descartó de plano, no fue por la buena voluntad de los constituyentes, fue gracias a las normas que rigen el proceso.
Cuando los constituyentes se han moderado, ha sido por los incentivos del reglamento. Sabiendo que normas que se aprueban con mayoría absoluta en las comisiones no necesariamente van a pasar con dos tercios en el pleno, han preferido descartarlas oportunamente. Eso no ha evitado, sin embargo, que colectivos completos sigan presentando ideas comprobadamente dañinas para la democracia y el bolsillo de las personas.
La cámara de eco
No son pocas las instituciones, organizaciones, autoridades, académicos y comunidades que han manifestado reparos con lo que están haciendo los constituyentes. Las criticas, mayoritariamente constructivas, no solo han apuntado a sesgos políticos, sino que también a falencias técnicas. De ser ignorados, la nueva constitución será recordada por su dificultad de ser aplicada e interpretada.
La convención se ha transformado en una cámara de eco. A pesar de tener mecanismos de participación, los constituyentes y sus ideas han sido dominantes. Los constituyentes, en gran parte, son poco autocríticos y no aceptan criticas tampoco. No todos, pero muchos, simplemente no están dispuestos a ser cuestionados por su trabajo, a pesar de que, en esencia, son funcionarios públicos.
Mientras que Patricia Politzer ha catalogado a los críticos como miembros de un “coro catastrofista”, Jaime Bassa los ha identificado como miembros de la “derecha radical”. Ninguno está en lo correcto, y solo dejan entrever el celo que los ha envuelto, en un proceso que están dispuestos a defender sin saber cuál será el resultado. Afortunadamente, hay algunos, como Andrés Cruz, que han tenido la valentía y honestidad de reconocer errores.
Camino al rechazo
Las respuestas de Politzer y Bassa a las criticas son sencillamente inaceptables. El proceso constituyente les pertenece a todos los chilenos y no solo a ellos. Y si quieren que el proceso sea exitoso, deben necesariamente involucrar a otras personas, incluso a sus críticos. Lo único que hacen cuando desacreditan a quienes legítimamente fiscalizan el proceso, es sembrar más dudas en la legitimidad del proceso.
El texto resultante será evaluado en base a su capacidad de producir bienestar. Para eso, algunos votantes, se enfocarán solo en temas de derechos sociales. Otros, mirarán exclusivamente la organización institucional. La mayoría, sin embargo, mirará el todo. Y para ese último grupo, el mensaje que puedan mandar los que votaron Apruebo en 2020, pero piensan votar Rechazo en 2022, calará hondo.
Tratar de meter a todos los que critican a la Convención en un saco, el saco del “coro catastrofista de derecha radical”, es un error amateur. Los constituyentes que han caído en ese juego serán directamente responsables de la derrota del Apruebo si es que finalmente gana el Rechazo. Podrán seguir culpando a los críticos de la derrota, pero será evidente que la gente habrá votado en contra por la deficiencia del texto.
Legitimidad futura
Hay otra consideración importante. Pues por la arquitectura del plebiscito de salida, es evidente que será más fácil votar el texto a favor que rechazarlo. Si la dicotomía es votar entre una constitución conocida, hecha en dictadura y una constitución deficiente, pero hecha en democracia, no serán pocos los que optarán por lo segundo. Sin embargo, a pesar de votar a favor, votarán con reservas.
Si la nueva Constitución se implementa en línea con lo que se ha visto hasta ahora, en una cámara de eco, al grupo del Rechazo se unirán el grupo de los con reservas, potenciando dudas legitimas sobre el texto que debutará. Ya hay señales de que se va armando un grupo ahí, que va desde senadores en ejercicio a intelectuales y académicos, y, que, para peor fortuna de los constituyentes, se identifican con la izquierda o la centroizquierda.
Los disparos de advertencia están hechos. Los constituyentes lo saben y, en buena parte, han decidido ignorarlos. Quizás piensan esperar el pleno, y después la comisión de armonización para reparar el daño. Quizás piensan que podrán justificarlo al final, en el plebiscito, diciendo que votar a favor del texto es el mal menor. Una tragedia para un proceso constitucional que partió con apoyo transversal.
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