El diagnóstico estaba claro. Se dijo una y otra vez en diversas columnas y foros de opinión. También con números, como le gusta al sector. Advertimos que sumarse a un proyecto de derecha extrema, conservadora y con el halo pinochetista que le imprimía José Antonio Kast iba contra las subjetividades predominantes en la población y, también, de las propias del segmento de votantes que suele optar por candidaturas cercanas a este polo ideológico.
Mediante un ejercicio de segmentación, en junio de este año mostrábamos que, de las cuatro identidades que se perfilaban dentro de los votantes potenciales de la centroderecha, la gran mayoría de ellos (54%) pertenecían al segmento que denominamos como “derecha inclusiva”.
Es un segmento de orientación valórica liberal, que prefiere un gobierno de centroderecha moderada, dialogante y comprometido con acotar las brechas de desigualdad. Votantes que además creen que el desarrollo económico debe ser compatible con la protección del medioambiente. Vale decir, gran parte de lo que no representaba la candidatura de José Antonio Kast.
A pesar de la evidencia, ante las primeras señales que mostraban a Sichel como una carta menos ganadora de lo que se perfiló en las primarias, Chile Vamos soltó esa liana para colgarse de una que, anómala y circunstancialmente, aparecía como mejor opción para enfrentar el duro escenario presidencial.
Con ello, Chile Vamos, el mismo conglomerado que pocos meses antes había enfrentado una primaria presidencial sólo con aspirantes que abrazaban la idea de tener una nueva constitución y que debatieron sobre la intensidad de las transformaciones que necesitaba el país, se alineaba tras “el candidato del rechazo”.
Forzadamente, quienes antes confrontaron valores desde una mirada liberal, conscientes del país diverso que habitaban y donde ni el Ministerio de la Mujer ni los avances en los derechos de ellas estuvieron en discusión, se ordenaban tras un liderazgo fundado en la resistencia a estos cambios.
Ese mismo Chile Vamos, Evópoli incluido, terminó optando por el candidato cuyo programa habían declarado abiertamente no compartir en lo central, en una voltereta de dimensiones tan grandes que impide cualquier crítica a los giros inevitables que tuvo que hacer Gabriel Boric entre la primera y segunda vuelta.
De golpe y porrazo, una vez más atenazados por el miedo, los partidos de la centroderecha política se negaron a la renovación y abandonaron su espacio, entregándose al pinochetismo en un error histórico que le pasará una costosa y larga cuenta.
Los resultados están a la vista: perdieron por paliza. “Apoyar a Kast fue una derrota a nuestro propio proyecto” señaló al día siguiente a Ex Ante el diputado Francisco Undurraga, sin esperar lavar la ropa en casa. Pero el problema no es Kast -que siempre fue Kast- es la centroderecha que rehuyó a su inevitable proceso de renovación.
Y ahora, aún tras abandonar rápido ese bote, no cicatrizarán en corto plazo las heridas que se auto infligieron. La casualidad y excepcionalidad del contexto le dieron a Kast muchos votos al mismo tiempo que dejaron a la centroderecha asociada una vez más al pinochetismo que tanto les había costado sacudirse, confundidos con una identidad machista y conservadora salpicada de los Kaiser y de la Carrera, las Cordero y Maldonados.
El pinochetismo pasará y Kaiser devendrá en paria. Sin embargo, la señal de desconexión de la centroderecha con los valores emergentes en estas elecciones los distanció peligrosamente de las nuevas generaciones, aquellas que hoy no se definen principalmente como izquierdas o derechas, pero sí profundamente inclusivas, diversas, feministas y particularmente atentas al cambio climático y sus consecuencias.
Son los votantes que irrumpieron electoralmente a pesar del voto voluntario y el escepticismo adulto, y que de aquí en más serán incidentes en la toma de decisiones con sus papeletas. Los mismos que durante este 2021 se encontraron con una oferta presidencial de derecha en las antípodas del mundo al que aspiran.
La culpa no es de Kast. La responsable es esa centroderecha que se desentendió
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