En su entrevista con Sin Filtros, la exministra vocera Mara Sedini reveló que “una de las tres personas más poderosas” del gobierno le dijo alguna vez que el gobierno de Kast era “el gobierno de los fomes, nos vestimos fome, hablamos fome, respondemos fome”.
Consultado por la prensa desde Senapred, donde participaba de una mesa técnica por el sistema frontal, el biministro Claudio Alvarado optó por no comentar la entrevista, pero al ser presionado respondió confirmando lo que la exministra había dicho. “Si mi respuesta es fome, lo lamento, pero es la realidad”.
La escena vale por lo que ilustra. Sedini denunció como abuso lo que Alvarado terminó reivindicando como método. Lo interesante, en este caso, no es lo que está en disputa, sino lo que está en acuerdo. Cuando el biministro le dio la razón a Sedini, no solo puso fin a lo que podría haber sido una sabrosa disputa mediática, sino que dejó entrever algo más profundo del gobierno.
Pues, ahora la pregunta relevante no es si el gobierno es fome, sino desde cuándo lo fome pasó a ser un atributo negativo.
Hasta hace no tanto, ese era exactamente el perfil de los gobiernos que se buscaba. Era, por ejemplo, la Concertación de los noventa. Aylwin, Frei y Lagos gobernaron con gabinetes tecnócratas y anuncios carentes de épica, sin ceremonias administrativas grandilocuentes, y con ministros corbateados y vestidos de gris que preferían dar entrevistas en el diario del domingo que debatir sin filtros por televisión.
Y si bien la correlación no es causalidad, cabe preguntarse cuánto de ese estilo produjo la racha de progreso más importante que ha tenido el país desde, quizás, su fundación. En el lapso de esos tres gobiernos de fomedad, Chile produjo la trayectoria más consistente de desarrollo económico y consolidación institucional de su historia. Aún se destaca en el mundo la velocidad en la reducción de pobreza, el crecimiento promedio anual sostenido sobre 6%, todo con una inflación controlada, y una infraestructura creciente.
Claro, no se puede decir que un estilo de vestimenta produce bienestar, pero ciertamente es posible destacar la ausencia de drama como un factor que ayudó a alinear a la clase política. Sin circo, los políticos estuvieron necesariamente preocupados por el pan. La convicción compartida por políticos de esos años no era destruir al de al frente, sino darle arranque al país, incluso si eso significaba sacrificar beneficios propios. Claro, lo fome no es sinónimo de estabilidad ni de largo plazo, pero ciertamente lo favorece, sobre todo si lo que produce resultados de corto plazo es exactamente lo opuesto.
Dicho eso, y volviendo a la pregunta inicial, lo relevante es entender cuándo se empezó a morir la idea de lo fome como eje conductor de la política chilena. Pues bien, habría que remontarse al segundo gobierno de Bachelet, cuando el espectáculo empezó a entrar con fuerza a la política nacional. Pues fue en su gobierno que las ideas políticas comenzaron a venderse como imperativos éticos. La reforma educacional, por ejemplo, se vendió como epopeya moral. La tributaria como acto de justicia, y el recambio constitucional como deber civil.
Y de ahí en adelante, nunca se logró avanzar con totalidad. El estallido social fue en sí un gran espectáculo. Los retiros se presentaron como liberación popular, los bailes en las calles como obligación nacional, y el rechazo al orden como guiño moral. Todo ciertamente desembocó en el gobierno de Boric, que no solo actuó como continuidad del desmantelamiento del Estado vía show, sino que además, por lo mismo, no logró nunca traer resultados materiales que hayan justificado el paso de la fomedad a la política del espectáculo. La educación no mejoró, la reforma tributaria nunca trajo los beneficios que la justificaron, y los procesos constituyentes que resultaron del corto plazo fracasaron estrepitosamente, convirtiendo la experiencia chilena en un ejemplo a no seguir.
Este gobierno, el gobierno de los fomes, llegó para revertir la degradación. Si algo lo demuestra es precisamente la forma en que se negoció la megarreforma. Pues, gracias a la forma en que se negoció, logró aprobarse. Lejos de las cámaras, negociando punto a punto, cediendo y avanzando, los políticos de las corbatas lograron empujar lo que su oposición combatió, y sigue combatiendo contra viento y marea.
Lo que Quiroz negoció con los senadores del PPD, a pesar de haberse caído por presiones de la izquierda, no fue más que una versión actualizada de lo que Foxley, Aninat y Eyzaguirre habrían firmado sin demasiadas objeciones. Que la izquierda lo denuncie como un proyecto “a la medida de los superricos” no solo demuestra lo lejos que está de lo que una vez fue, sino que además sigue atrapada en la política del espectáculo.
Volviendo a lo de Sedini, si lo que denuncia es verdad, lo que revela es que el gobierno tuvo desde el comienzo una definición estratégica sobre su propio estilo, y que el verdadero error fue haber elegido a una vocera cuya vocación era exactamente la opuesta al estilo del gobierno. Que la exministra vocera ahora se sienta desplazada por la fomedad del gobierno no es un problema. Es solo una indicación de que las cosas están volviendo a funcionar.
Con todo, el desafío del gobierno no es sostener el estilo, es lograr que la ciudadanía vuelva a leerlo como virtud. Pues durante una década el mercado político chileno se acostumbró a premiar el espectáculo y a castigar la sobriedad, y ese hábito no se revierte solo por decreto ministerial. Se revierte con resultados, y esos resultados todavía están en trámite. La megarreforma es el primer paso concreto, pero mientras la boleta de la luz, el arriendo y la tasa de desempleo no acompañen, la fomedad va a seguir leyéndose como debilidad y no como método.
Kast todavía puede fracasar. Puede no entregar los resultados económicos que su método necesita para validarse, y puede quedar entrampado en los ciclos externos que su gobierno no controla. Pero si fracasa, va a ser por lo que no logre, no por haber elegido gobernar como Chile ya sabe, desde antes de haberlo olvidado, que se gobierna bien.
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