A diferencia de Bonnie y Clyde, con quien ya han sido comparados, esta pareja no asalta bancos. Su negocio es robar cámara, ese arte tan nuestro de pararse siempre al lado correcto del lente, con la frase lista, el gesto ensayado y el ángulo que más favorece.
Bonnie era mecanógrafa; Clyde, un ratero con delirios de grandeza. Esta dupla, en cambio, llegó con otro currículum: ella, bióloga marina, hija del alcalde vitalicio de Copiapó; él, abogado, sobrino de alcaldesa, hermano de alcalde.
Partieron siendo la anécdota incómoda de la reunión de partido. Hoy son el punto uno, dos y tres de la tabla. Porque detrás de sus numeritos hay un cálculo: empujar al PS hacia la izquierda del establishment socialista, coquetear abiertamente con el FA y el PC, y afanar el relato a la vieja guardia socialista. Después se verá si conviene cambiar de estrategia para seguir avanzando.
Un columnista los bautizó Tweedledee y Tweedledum. Otro, de sepultureros de las izquierdas. Ninguno de ese tipo de motes los hacen perder el sueño. Cada etiqueta nueva es prensa gratis, y la prensa gratis, para la pareja, es más rentable que cualquier programa de gobierno.
En un país que rinde un culto enervante al diminutivo —el “pancito”, el “tecito”, “la guatita” — ellos emprendieron el camino opuesto, un poco menos enervante: todo termina en “azo”. Bencinazo. Turbazo. Tablazo. Cualquier alza de precio o papelón ajeno sale de sus manos convertido en sustantivo con nombre de reguetón, listo para el titular de las nueve. Talento no les falta, hay que reconocerlo con la misma picardía con la que ellos operan.
Su fórmula para legislar es simple. Se les ocurre eliminar la UF, por ejemplo. Si la frase suena bien, y cabe en un titular, para esta dupla ya es una política pública terminada.
Otra propuesta es instaurar un feriado nacional por muerte de mascotas, que garantiza un aplauso instantáneo de cierto tipo de electorado, y es el tipo de video que se comparte solo. Ese el género que mejor dominan: la medida-titular, diseñada no para gobernar sino para viralizar.
La performance de manual, sin embargo, sigue siendo la del Senado. Una noche de marzo, pasadas las nueve. Cicardini toma la palabra, mira al ministro de Hacienda Jorge Quiroz y le exige que “tenga un mínimo de decencia” y renuncie. Vodanovic, presidenta del partido, la desautoriza ahí mismo: esa opinión no representa a la bancada.
Cicardini, satisfecha con su desempeño, sacó el teléfono y contestó en redes que era la senadora socialista con más respaldo ciudadano, y que lo iba a repetir las veces que fuera necesario.
Esta semana repitieron el exitoso guión. Manouchehri salió a acusar a Vodanovic de haber negociado en la misma mesa que ella decía repudiar, mientras Cicardini y la presidenta del PS protagonizaban otro cara a cara tenso en el plenario del Senado.
Da lo mismo si el enemigo de turno es Kast, un ministro o la mismísima presidenta del PS: el libreto no cambia. La acusación siempre sube de tono —del estilo “este gobierno solo quiere enriquecer más a los ricos y empobrecer a los pobres”, esa clase de frase de brocha ancha que no necesita cifras porque ya viene con la indignación incluida— y la cámara siempre prendida.
Las redes sociales son, claro, su arma favorita. Cuando se publicaron cifras que desmentían el relato oficial sobre las arcas fiscales, Manouchehri fue derecho a X, sin confirmar ni analizar, a disparar contra el Gobierno acusándolo de buscar excusas para golpear a las familias chilenas.
Cicardini, en paralelo, publicó las mismas cifras y preguntó, con su tono de fiscal de guardia permanente, qué tenía que decir ahora el ministro Quiroz. Dos publicaciones, la misma tarde, el mismo objetivo: instalar el titular antes de que otro lo hiciera.
Hasta cuando no son protagonistas, aparecen. Cuando le gritaron “mentiroso” al Presidente Kast en plena Cuenta Pública, la cámara que registró el escándalo los encontró sentados ahí, testigos de lujo de un lío ajeno que, por supuesto, celebraron en sus redes minutos después.
¿Bonnie y Clyde, entonces? Con el botín correcto, eso sí. Nadie los acusa de asaltar nada. Lo único que roban, con método y disciplina de relojero suizo, es el encuadre: ese segundo exacto en que la cámara decide a quién mirar. Otra diferencia es que no les disgusta ser perseguidos. Al revés, lo que más les gusta es que la prensa los persiga.
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